Inmigración

Emigrantes atrapados en la frontera comparten sus historias y por qué huyeron de su tierra

La mayoría de los migrantes subsiste gracias a la caridad de voluntarios

El último puesto fronterizo entre México y Estados Unidos vive desde hace semanas una crisis migratoria sin precedentes, con cientos de inmigrantes que pernoctan en sus calles y colapsan las endebles estructuras gubernamentales.
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El último puesto fronterizo entre México y Estados Unidos vive desde hace semanas una crisis migratoria sin precedentes, con cientos de inmigrantes que pernoctan en sus calles y colapsan las endebles estructuras gubernamentales.

Su historia de siglos hizo a Matamoros “heroica, invicta y leal”, pero el acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos, firmado en junio bajo la amenaza de aranceles a todos los productos mexicanos, la ha convertido en el refugio obligado para miles de inmigrantes que esperan —durante meses— una audiencia para pedir asilo en EEUU.

El último puesto al este de la frontera entre México y Estados Unidos vive desde hace semanas una crisis migratoria sin precedentes, con cientos de inmigrantes que pernoctan en sus calles y colapsan las endebles estructuras gubernamentales.

“México no está preparado para una cantidad muy fuerte de solicitantes de asilo regresados desde Estados Unidos”, dice Mario Alberto López Hernández, presidente municipal, desde su despacho en el centro de esta ciudad decimonónica.

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Un niño peruano bebe leche bajo la sombra de un árbol en el campamento ubicado en un pequeño parque junto a la entrada del Puente Internacional de Matamoros, México. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Según el acuerdo, Protocolos de Protección de Migrantes, firmado entre ambos países, México se comprometía a recibir a migrantes que solicitaran asilo en la frontera sur norteamericana. Además de respetar sus derechos humanos, el Estado mexicano proporciona permisos de trabajo, salud y educación a los migrantes durante los meses que demora el proceso de asilo en Estados Unidos.

En realidad, aunque la ciudad ha colocado cinco baños portátiles, la mayoría de los migrantes subsiste gracias a la caridad de las iglesias y deambulan por las calles buscando empleo, alimentos o renta.

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Los niños migrantes hacen fila para comer en un campamento ubicado en la entrada del Puente Internacional que conecta a Matamoros con Brownsville, en Texas. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Junto al paso fronterizo varios carteles pegados en un cristal enumeran los nombres de miles de migrantes que esperan su turno para solicitar asilo del lado estadounidense. El ritmo de entradas lo determina la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. A veces piden 10 personas, otras veces menos. Ha habido semanas donde no permitieron pasar a nadie. La fila está dividida por categorías: hombres, mujeres y familias. El Grupo Beta, un equipo especial del Instituto Nacional de Migración de México, organiza la fila y controla los listados.

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Una línea de migrantes se dirige hacia el Instituto Nacional de Migración de México, donde serán procesados una vez que sean enviados de regreso a México desde Estados Unidos. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Estos son los rostros de algunos de los miles de migrantes que acuden a la frontera en busca de asilo. A cada uno se le ha asignado un número de acuerdo a su llegada, para que sus casos sean escuchados por los funcionarios de inmigración de Estados Unidos.

Yasmany, cubano

Tiene el número 1781. “Este asunto de la lista ha sido una tensión total”, dice Yasmany, un cubano que como la mayoría de los inmigrantes teme revelar su identidad por miedo a grupos de crimen organizado local o a posteriores repercusiones en su proceso de asilo.

“Aquí nadie sabe explicar con claridad cómo es el proceso. Vivimos con miedo a que después de meses de hacer una cola, cambien las leyes y no nos dejen pedir asilo. Todo el mundo cuenta una historia diferente sobre los acuerdos entre Estados Unidos, México y Guatemala. Tenemos miedo”, dice.

El migrante, que llegó a la frontera sur desde Nicaragua, contaba con hacer su proceso de asilo detenido en Estados Unidos. Un subterfugio para acogerse a la Ley de Ajuste Cubano y obtener la residencia permanente al año de haber ingresado legalmente a territorio norteamericano. El acuerdo con México ha cambiado eso y ahora deberá esperar, como el resto de latinoamericanos y emigrantes extracontinentales, a ser llamado por su número en el listado de solicitantes, que por momentos parece infinito.

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Un padre emigrante y su hija reciben comida en un campamento ubicado en Matamoros, México, a la entrada del Puente Internacional Gateway que conecta la ciudad de Matamoros con Brownsville, en Texas. La iglesia y organizaciones voluntarias en Brownsville llevan agua y alimentos para los migrantes en el lado mexicano de la frontera mientras esperan que se procesen sus solicitudes de asilo. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Brandon Alexander, venezolano

Tiene el número 2601. Brandon Alexander es uno de los más de cuatro millones de venezolanos que han huído de su país tras la deriva autoritaria del chavismo. Tiene 22 años y ha recorrido toda latinoamérica caminando y pidiendo aventones en busca de trabajo y protección. Durante meses trabajó en condiciones de semiesclavitud en Sayapullo, un pueblo minero de Perú donde algunos venezolanos se han convertido en la mano de obra barata para el pesado trabajo de la minería ilegal.

“No tenía prácticamente comida ni agua potable. Trabajábamos 12 horas seguidas por unos pocos dólares. Le enviaba ese dinero a mi madre y mi abuela que quedaron en Venezuela. Apenas podía cargar los sacos de mineral, agotado del hambre y el cansancio. Lloraba, pero me seguía esforzando pensando que sin eso mi familia moriría de hambre”, cuenta.

Brandon Alexander desea que el presidente Donald Trump “tienda la mano” a los venezolanos. “Debería hacer una intervención militar ya. Tenemos un gobierno narcotraficante y a los venezolanos no nos queda otra opción que huir. En Venezuela gobiernan los colectivos armados”, dice. Su sueño es llegar a Doral, en el sur de la Florida, una ciudad que los venezolanos han convertido en la capital de su diáspora y donde vive su padre.

En Matamoros teme al crimen organizado y en varias ocasiones ha tenido que huir por miedo a ser secuestrado para pedir una recompensa.

“Lo único que quiero es trabajar duro, echarle bola para poder ayudar a mi madre y mi abuela. En algún momento quisiera crear una organización para tender una mano a otros venezolanos que estén viviendo lo que yo viví”, agrega.

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Ronald Sicilia Espinosa (derecha), un emigrante cubano, da el visto bueno a sus simpatizantes después de ser el primer número llamado para cruzar a Estados Unidos a pedir asilo. Sicilia esperó más de dos meses para que llamaran su número y estaba feliz de que finalmente llegara su turno. Normalmente, quince números son llamados diariamente por funcionarios de inmigración mexicanos. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Ronald, cubano

Tiene el número 1733. Ronald Sicilia Espinosa es un cubano “emprendedor” que decidió salir de Las Tunas, en el oriente del país porque, según denuncia, “en Cuba no se puede vivir decentemente”.

“Tenía dos negocios, uno de vender maíz molido y otro de viandas. Además era dueño de una carretilla y tenía alguien que me la trabajaba”, cuenta. Sicilia relata que los inspectores del gobierno lo acosaban con multas y decomisos. “En Cuba nadie puede ser rico y ellos consideran que la riqueza es ganar unos pocos dólares al día. Yo vivía en un barrio ilegal y querían demolerme la casa. Me tuve que ir del país y dejar a mis tres niños pequeños allá”, relata.

De Cuba viajó a Guyana, uno de los pocos países que no le exigen visado a los cubanos. Desde allí emprendió la ruta de miles de inmigrantes a Uruguay, cruzando las selvas amazónicas de Brasil. “En Uruguay pensé hacer una vida, pero es un país comunista igualito que Cuba. Les pedí refugio político y no me lo dieron. Para ellos Cuba es un país normal”, añade.

En Matamoros, dice, “estamos viviendo aquí en el puente en condiciones denigrantes. Nosotros no escogimos emigrar. Hoy mi niño cumple dos años y desde los cuatro meses no lo veo. Lo primero que quiero hacer en Estados Unidos es trabajar para sacar a toda mi familia de Cuba. Para quedarse a vivir en Cuba hay que estar loco”, asegura.

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Una familia migrante espera en el lado de Matamoros, a la entrada del Puente Internacional. Muchos migrantes que no pueden pagar el alquiler de habitaciones se quedan en este campamento improvisado mientras esperan pedir asilo en Estados Unidos. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Jeison, hondureño

Tiene el número 1305. Jeison salió de la Lempira hondureña acompañado de su hijo de dos años y medio en busca de trabajo en Estados Unidos. Había escuchado a otros compatriotas decir que “en el norte” estaban recibiendo a quienes desearan trabajar. Nunca había salido de Honduras, un país secuestrado por el crimen organizado y los narcotraficantes, donde sobre el propio presidente, Juan Orlando Hernández, pesan acusaciones de recibir dinero del narco.

“En mi país no hay trabajo”, dice. “Me entró gran decepción en ver de que había restricción para llegar (a Estados Unidos). No hubo chance de nada”, comenta.

Jeison es alto, de manos fuertes, curtidas en la agricultura. No le gusta hablar mucho. Su figura desgarbada aparenta muchos años, más de los treinta que tiene. Su sueño era “construir una casita” y darle “una mejor vida” a su hijo, para que no acabara en las pandillas que asolan a su país.

“No se pudo”, dice con lágrimas en los ojos, su cuerpo encorvado. Las autoridades norteamericanas le negaron el asilo en la frontera. Ahora debe regresar a su país o podría quedarse en México, pero le aterra esta idea. No tiene dinero para pagarse el pasaje de regreso.

Junto a su hijo y varias decenas de migrantes centroamericanos y africanos vive en un refugio de la iglesia Católica. “Voy a regresar a Honduras y nunca jamás volveré a salir de allí”.

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Una niña descansa junto a su madre en un pequeño campamento para migrantes justo a la entrada del Puente Internacional Gateway, en Matamoros, México. Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Brian, nicaragüense

Tiene el número 2159. Brian no olvida el 22 de marzo de 2019, el día en que por fin salió de Costa Rica con destino a la frontera sur de Estados Unidos. Había participado en las protestas en Nicaragua contra “el dictador” Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo que se cobraron centenares de vidas de jóvenes descontentos por el autoritarismo de la pareja presidencial.

“Había sido policía antes de las protestas y lo dejé. El régimen me buscaba para reclutarme y obligarme a reprimir a mis hermanos”, relata.

“Yo juré ante la bandera defender al pueblo de Nicaragua y no reprimir a la gente. Hay oficiales cubanos en Nicaragua. Ellos son los responsables de la represión en mi país y me amenazaron con matarme si no me unía a los escuadrones de la muerte, los encapuchados que Ortega ha usado para matar a los manifestantes”, cuenta.

Después de huir a Costa Rica decidió buscar la frontera estadounidense, pero en Matamoros tiene sus propios problemas. “Ya me asaltaron una vez y me quitaron el teléfono y el dinero. Una amiga me envió dinero desde Nicaragua para que pudiera seguir aquí”, dice. “Si regreso a Nicaragua me van a mandar directo a El Chipotle [una cárcel de máxima seguridad famosa por las torturas]. Ya tengo varios meses de estar aquí”, agrega.

Días después de ser entrevistado por el Nuevo Herald, Brian fue salvajemente golpeado por una pandilla de ladrones que lo asaltó tras salir de la cafetería en la que trabajaba como ayudante de cocina. Desde entonces se desconoce su paradero.

Sus amigos temen que haya decidido regresar a Costa Rica o Nicaragua.

Este artículo forma parte de un proyecto realizada por el Nuevo Herald/Miami Herald, el diario 14ymedio y Radio Ambulante con el auspicio del Pulitzer Center on Crisis Reporting.

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