Inmigración

La justicia de Dios, no la nuestra, es inexorable...

Tengo una vecina que llegó de Cuba hace 2 años como visitante para visitar a un hijo residente aquí en Estados Unidos. Esta mujer permaneció aquí por un año y un día y, al cabo de ese tiempo solicitó la residencia permanente, la cual le fue otorgada a pesar de que en Cuba su esposo es militar, sus hijos ostentan puestos administrativos en el gobierno cubano y han tenido y tienen actualmente vínculos con personas de las altas esferas de ese gobierno. Aparentemente, ella obtuvo el permiso de visitante mintiendo en la solicitud de permiso para inmigrar como visitante y dando información falsa.

Después de obtener la residencia permanente, ella solicitó ayuda económica y atención médica gratuíta, las cuales le fueron otorgadas. Al mes de haber obtenido la residencia, se fue a Cuba a visitar sus familiares, amigos y vecinos. Con el dinero obtenido de la ayuda económica que le otorgó el gobierno de Estados Unidos, ella cubrió los gastos del viaje. Encima de todo esto, tuvo la habilidad y la astucia de dar direcciones de amistades aquí en este país para que le siguieran mandando el dinero de la ayuda económica a casa de esas amistades, las cuales a su vez le remitían ese dinero a su casa en Cuba. Estuvo en la isla por 5 meses y al cabo de ese tiempo regresó sin ningún problema ni contratiempo.  Ahora planea volver a Cuba de nuevo, estar allá otros 5 meses, y regresar.

Mi pregunta es, ¿cómo es posible que en estos tiempos donde la tecnología está tan avanzada, donde hay computadoras que llevan naves espaciales a remotos lugares del universo, no han podido detectar la burla y las estafas de esta señora? ¿Es que los agentes de Inmigración son tan burros y estúpidos que no pueden detectar estos engaños y estafas?

Disculpe los insultos, pero soy cubano y me molesta y me humilla que haya otros cubanos que no tengan escrúpulos, abusen de la bondad de este país, y arrastren nuestro nombre por el suelo. Cuando esta señora regrese de nuevo, ¿no hay posibilidad de llevarla al zoológico y meterla en la jaula de los leones para que estos se encarguen de ella?

Obviamente, no puedo dar mi verdadero nombre por temor a que mis familiares en Cuba sufran persecuciones en venganza por yo haber denunciado públicamente este caso. Atentamente,

“Un Gato Enojado” (vía correo electrónico).

¡Mordecai! Mi bíblica exclamación de sorpresa y espanto (prestada de mi autor predilecto, León de Greiff), cuando me topo con un ser más peligroso que el aguacate en ayunas y suelto de la pluma como lo es su estimada persona... ¿En qué barrio vive usted, para yo tener el máximo cuidado de no pasar por allí ni de cerca?!

¡Entendámonos! No he dicho ni una sola palabra para desmentir su razón de sentirse tan agraviado y furibundo. Que miles de mis lectores cubanos compartan su reacción y fusilen colectivamente a la habilidosa señora, no me permite a (no es mi papel) sumarme a la multitud enardecida como la que rodeaba la guillotina cuando el infortunado Luis XVI subió sus últimos pasos al cadalso. Mi función periodística es la de ilustrar, no la de fusilar a nadie en los millares de víctimas de procesos inmigratorios para poder reasentarse bajo techos de libertad, cada vez más escasos en este mundo cada día más infernal.

El caso que usted relata, que con tanta furia lo estremece, seguramente no es único. ¿Qué más se puede esperar de un conjunto de gentes que de moralidad no conocen más que primera letra seguida de otras cinco, tan... maloliente como sus propias personas?! Así y todo, la función de esta columna es la de examinar, valorar, y hasta corregir los aspectos legales del tránsito inmigratorio de los que me honran pidiéndome consejo profesional, no la de impostar sus extremos políticamente inmorales y hasta detestables, como los que relata su carta.

La señora de su cuento caerá en algún momento, no lo dude. Ni usted, ni yo, nos toca intervenir para que así suceda. En términos generales, la justicia humana es bastante para ello, pero aun si ésta se quedara corta, la independiente y grandiosa justicia de Dios es inexorable. ¡Amén!

MANFRED ROSENOW es un

abogado y periodista de Miami

especializado en temas de inmigración.

Escríbale a El Nuevo Herald,

3511 NW 91 Avenue, Doral FL 33172 o al correo electrónico rosenowesq@aol.com

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de octubre de 2014, 7:13 p. m. with the headline "La justicia de Dios, no la nuestra, es inexorable...."

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