Siempre que regrese, su correcta opción es el pasaporte gringo
Estimado Dr. Rosenow, Esq. He escuchado en la televisión que algunos cubanos dicen “estar regresando a sus raíces”, volviendo a vivir en tiempo parcial en la isla, cuyo gobierno, después de pedirle algunos documentos, y previa notarización, devuelve la ciudadanía cubana, habilitando al cubano del famoso Carnet de Identidad y devolviéndole todos sus derechos, tales como poder votar en las importantes elecciones cubanas, y/o adquirir propiedades. Por otra parte, muchos de estos señores son ciudadanos americanos, ciudadanía que, según ellos, no es necesario renunciar para lograr la cubana.
Mi pregunta es la siguiente, cuándo juramos nuestra fidelidad a Estados Unidos que nos acogió y nos brindó todo derecho, no renunciamos a las ciudadanías anteriores (hay quien tiene la americana, la española y la cubana) para recibir la americana? ¿Acaso Cuba alguna vez ha acordado mantener la doble ciudadanía a sus nacionales que somos ciudadanos americanos? ¿Cuál sería el castigo si Estados Unidos detecta que hemos recibido la ciudadanía cubana sin renunciar a la americana? Muchas gracias por anticipado.
Mario Marrero, Miami
Respuesta: ¡Ninguno!
La respuesta más corta y concreta (!) que le he dado a un consultante en los laaaaargos 34 años que llevo diariamente escribiendo esta columna... Contesto, obviamente, su último interrogante: (“... [qué] castigo... por parte de Estados Unidos.”)
Regresemos ahora, apreciado don Triple M. (!), a su amable e interesante cartita. El cerebro humano está lleno de asociaciones, por lo que inmediatamente saltan a mi memoria los pregones de los vendedores de artículos de ropa y telas en las calles de Barranquilla, Colombia, cuando yo era niño. “¡Bueno, bonito, y barato!”, anunciaban a voz en cuello y de puerta en puerta aquellos hábiles pregoneros mediante el pintoresco remoquete que hoy usted me hace rememorar...
“Ninguno” es el castigo actual – una simple consecuencia de lo preguntado por usted a la luz de las actuales leyes de inmigración y nacionalidad. No siempre fue así. Hasta dos tercios del Siglo XX (1967), era todo lo contrario. Hasta esa precursora época, Washington, D.C. celosamente protegía la exclusividad de la identidad del estadounidense. Muchos países han levantado las restricciones de la doble nacionalidad, por ejemplo, la Ley de Nacionalidad Británica (1948), que removió las restricciones de doble ciudadanía en el Reino Unido. Nuestra Corte Suprema, en su decisión Afroyim v. Rusk (1967) prohibió al gobierno federal desposeer el usufructo de la ciudadanía original a los naturalizados cuando estos salieran de los confines estadounidenses.
Ampliando un poco la perspectiva histórica, nosotros mismos, los judíos alemanes, sufrimos la afrenta de perder nuestra ciudadanía alemana (Mendelssohn, Einstein, etc.) cuando Adolfo Hitler, el peor y más sanguinario asesino de la humanidad, nos volvió apátridas por decreto desde 1933 en adelante. Por más de una década, mis padres, mis abuelos, mis tíos, etc., no éramos ciudadanos de país alguno, preaviso del holocausto, el salvaje exterminio de 6 millones de judíos y por lo menos de 200,000 cristianos mas a manos del nazismo asesino. Los pocos de nosotros (un 5 por ciento) que no estaban espiritual o sicológicamente amarrados a sus posiciones (más bien, sus posesiones...), huimos hacia donde fuéramos recibidos, y fue así que mi lengua y mi escritura – ¡el español – se convirtieron en la cotidiana crónica de mi vida. Salvando así la vida, nosotros, los judíos, nos desbandamos por todo el resto asequible del planeta, y de esa manera, mi papá, mi mamá, y quien hoy esto escribe llegamos a la salvadora Colombia (nadie sabía, a ciencia cierta, ¡dónde quedaba ese lejano Timbuctú!), y fue por ello que hoy, 80 años más tarde, me encuentro sentado frente a esta modesta computadora, escribiendo las memorias de aquellos tiempos..
Así que, ¡tranquilo! Viaje usted por todo el mundo, usando para ello el pasaporte de la nacionalidad que más le convenga, que nadie lo va a molestar, pero cuando entre de regreso a Estados Unidos, hágalo siempre con su pasaporte azul de las barras y las estrellas. De otra suerte, se buscará fuertes y desagradables consecuencias. Welcome back!
MANFRED ROSENOW es un
abogado y periodista de Miami
especializado en temas de inmigración.
Escríbale a El Nuevo Herald,
3511 NW 91 Avenue, Doral FL 33172 o al correo electrónico rosenowesq@aol.com
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de marzo de 2016, 7:50 p. m. with the headline "Siempre que regrese, su correcta opción es el pasaporte gringo."