Lo suyo es honesto y transparente. ¡No pierda sueño ni tiempo!
Estimado doctor Manfred Rosenow. Soy una esposa en espera de un sabio consejo de usted. Mi esposo como todo inmigrante con deseo de querer regularizar su situación legal. Después de la situación económica del 2007 y 2008 se quedó sin trabajo. En aquella época era casado. Al quedarse sin el apoyo económico su esposa se fue. Cuando llegó la cita de inmigración a la cual ella en tres ocasiones no se presentó, el caso quedó como conclusión con un retiro voluntario. Dada la situación que vive Venezuela, no regresó... Pasado el tiempo de la salida voluntaria contrajo matrimonio conmigo, ciudadana americana.
Nos da temor presentar sus documentos para regularizarlo por motivos que lo regresen a su país de origen.
Cada vez que consultamos su caso muchos nos ilusionan con ayudarnos, les damos el dinero y después nos dicen que nada se puede hacer por nosotros; tenemos todos los papeles del caso y confiamos en su sabio consejo, leemos su columna que da luz a muchas personas y esta vez estamos seguros que nos dará la luz que necesitamos.
Atentamente, (anónima)
Como su atenta carta una vez más lo comprueba, cada caso de inmigración es como una vida: un cúmulo de ilusiones, expectativas, y decepciones que ponen en jaque la templanza más firme de quien los vive y los sufre. Lo más triste es que los casos más difíciles de solucionar suelen acaecer a las personas y las parejas más honestas y meritorias, que solamente han naufragado por malos pasos que no supieron a tiempo medir y despejar.
Pero, ¡tranquilícese! Aunque su esposo, falto de ayuda idónea en una etapa crucial de su vida inmigratoria, no hizo a tiempo las acciones que le habrían ahorrado las noches sin sueño que la carta de usted deja entrever. No es tarde (!) para que un conductor avezado enderece el vehículo descarrilado y la existencia (¡y el sueño!) de una pareja tan bonita como su grito de ayuda lo deja entrever. Delenda Cartago est! (“¡Perezca el enemigo!”, trad. libre), como exclamaba Cato el Mayor (Cato the Elder) al final de todos sus discursos en el Senado romano, 22 siglos atrás... Perdóneme lo distante de la alegoría, estimada señora – será que, cual nuevo Don Quijote, estallo a veces en un giro declamatorio que me substrae una vez más de las tristezas de este mundo moderno que, siete siglos después del ilustre manchego, lucha a diario por combatir los embates de esos modernos molinos de viento – las agencias del gobierno – como lo hace aquella contra la cual he luchado empecinadamente por 40 años de mi propia vida profesional...
Basta ya de ensoñaciones remotas y vayamos directamente al grano, como diría cualquier gallina razonable que supiera hablar...
Lo que usted relata, es una secuencia lógica de una serie de circunstancias en las cuales su esposo carece de toda culpa, de modo que descarto todo obstáculo que pudiera dificultarle soluciones surgidas de alguna falla de good moral character (buena conducta moral). Por lo tanto, su situación actual, fruto de los malos pasos de la “ex” de su esposo, hace necesaria una explicación pormenorizada, y el resultado que deberá surgir de ese análisis, teniendo, como valor incuestionable, la realidad de un matrimonio actual purísimo con usted, ciudadana estadounidense, libre esta ecuación de cualquier factor negativo en manos de un buen (¡y auténtico!) abogado de inmigración. De todos modos, no nos engañemos, será un desafío, pero de un resultado, a mi modo de ver y sentir, decididamente positivo.
Usted escribe “tenemos todos los papeles del caso”. ¡Magnífico punto de partida! Aunque todavía no existen leyes especiales para venezolanos (¡como sí las hay para cubanos!), no preveo una actitud obcecada de parte de las autoridades de inmigración en un caso tan limpio como el suyo.
En el terreno de las cartas de inmigración, las hay frías, otras tibias, y unas cuantas calientes, preñadas de simpatía de invitación a ayudar. La suya la siento entre esas últimas y celebraré cuando los oiga a los dos volver a reír – sea yo el abogado que ustedes escojan, u otro que a su juicio les merezca confianza.
Mi esposa Teresa comparte esa sensación de magnetismo, y será ella la primera que les responda, si ustedes nos escogen. Última recomendación gratuita: ¡hay que actuar, y pronto! Ustedes tienen la última palabra...
MANFRED ROSENOW es un abogado y periodista especializado en temas de inmigración. Su columna se publica los sábados y domingos. Envíe sus preguntas a su nombre a El Nuevo Herald, 3511 NW 91 Avenue, Doral FL 33172, o directamente por correo electrónico a rosenowesq@aol.com
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de mayo de 2016, 0:07 p. m. with the headline "Lo suyo es honesto y transparente. ¡No pierda sueño ni tiempo!."