El Observatorio del Vaticano sigue buscando pruebas científicas
Hace unos 2000 años, se cree que un fenómeno celestial iluminó el cielo. Guiando a los tres sabios del Nuevo Testamento al lugar del nacimiento de Jesús, desde entonces la estrella de Belén se ha convertido en un cuento planetario y navideño favorito.
Qué pudo haber sido esa estrella –un cometa, una supernova, o la conjunción de planetas, para no mencionar si de hecho existió– es una de las preguntas recurrentes que se pide al Hermano Guy Consolmagno que responda aunque, como señaló amargamente, “no tiene nada que ver con nuestro trabajo como científicos en el Observatorio del Vaticano”.
“¡Demasiado a menudo la gente se distrae con la Estrella y se olvida de mirar al Niño! Aún así, debo admitir que yo también encuentro alegría en la historia, y alegría de que esta haya sido tan popular entre tanta gente a lo largo de los siglos”, dijo Consolmagno, director desde el 2015 de La Specola Vaticana (que significa el Observatorio del Vaticano). “Por supuesto, no tenemos idea de a qué se refería Mateo. ¡Pero no importa!”
El observatorio es la única institución del Vaticano que lleva a cabo investigación científica, y Consolmagno, anterior profesor de física y jesuita tardío, es el rostro público de una institución cuyo trabajo “es mostrar al mundo que la iglesia apoya la ciencia”.
La considera una tarea multifacética: convencer al mundo de que la fe y la ciencia coexisten y se complementan; disipar la idea de que la iglesia ha buscado amordazar el avance científico, perpetuada por alguno casos históricos famosos, como el calvario de Galileo y el Giordano Bruno a manos de la Inquisición; y ser parte de la conversación con la comunidad científica mundial.
“Tenemos que hacer ciencia, de otra manera no tiene caso”, dijo Consolmagno. “Si no hacemos ciencia entonces todo el trabajo de RP que hacemos no tendría sentido; estaría vacío”.
En cuanto a la ciencia, el Vaticano –dicen quienes lo respaldan– es una víctima de noticias falsas históricas.
¿Cuántas personas saben que el Vaticano construyó su primer observatorio en el siglo XVI para estudiar astronomía con el fin de llevar a cabo la reforma del calendario gregoriano? ¿O que un sacerdote jesuita del siglo XIX, Angelo Secchi, se considera un pionero de la espectroscopia astronómica, “el comienzo de la astrofísica”, según dice Consolmagno? ¿O que hace 90 años un sacerdote belga, Georges Lemaître, propuso una teoría sobre el universo en expansión que se convirtió en lo que hoy se conoce como la teoría del Big Bang?
El observatorio tiene una ventaja singular. El apoyo incondicional del Vaticano al instituto significa que es capaz de participar en investigación astronómica a largo plazo, libre de las restricciones de las becas y el financiamiento orientado a metas.
“El trabajo que hacemos aquí puede tomarnos 10 o hasta 20 años antes de dar frutos, y el Vaticano lo acepta con gusto”, dijo Consolmagno. “Esto significa que podemos hacer el tipo de trabajo útil pero no tan glamoroso que el resto del campo necesita pero nadie puede darse el lujo de hacer”. Por ejemplo, medir las propiedades físicas de los meteoros, datos que se usan ampliamente, “pero nunca serán acreedores a un premio Nobel”, dijo.
Nacido en Detroit, primero pensó seguir los pasos de su padre y estudiar periodismo. Así que sus estudios universitarios principales fueron en historia en el Boston College, antes de pasar al Massachusetts Institute of Technology para buscar el camino de la ciencia. “Originalmente, tenía la idea de ser periodista científico, pero la ciencia era demasiado divertida para no decidirme por ella”, dijo.
Cuando terminó sus estudios de doctorado en ciencias planetarias en la Universidad de Arizona, dijo que tuvo una “crisis de fe, no en cuanto a la religión sino a la ciencia”, y añadió: “Pensé: ‘¿para qué estoy haciendo ciencia, escribiendo artículos que solo leerán cinco personas, cuando hay gente muriendo de hambre por todo el mundo?’”
Dejó la academia y se unió a Peace Corps; se mudó a Kenia en 1983 para enseñar primero en preparatorias en áreas rurales y luego en la universidad. Regresó “lleno de la pasión para enseñar astronomía” y comenzó a trabajar en el Lafayette College en Easton, Pensilvania. “Nunca me sentí tan feliz como cuando estuve allí, enseñando en una pequeña universidad, y me di cuenta de que eso era a lo que me quería dedicar el resto de mi vida”, recuerda.
En ese entonces, casi de 40 años, decidió unirse a los jesuitas. “Siempre he estado enamorado de mis creencias; disfruto ser católico, así que pensé en convertirme en monje y vivir con los jesuitas en comunidad”, dijo. Finalmente lo llamaron del observatorio.
El Vaticano tuvo observatorios internos hasta la década de los treinta, cuando la contaminación lumínica en la capital italiana comenzó a interferir con la observación celeste, así que transfirieron el instituto al palacio papal y los jardines de Castel Gandolfo, donde los papas han veraneado durante siglos. En 2009, el observatorio se mudó a nuevas instalaciones en un monasterio remodelado en el lado Albano Laziale de los jardines papales, justo al lado de una granja en funciones que provee al papa verduras y lácteos.
“Hay tres votos que toman incluso los hermanos jesuitas: pobreza, castidad y obediencia”, dijo Consolmagno. “Así que la broma es: si esto es pobreza, ¿cómo será la castidad?”, y rio.
Los nuevos aposentos han facilitado la recepción de estudiosos invitados, así como de los estudiantes que cada dos años participan en una escuela de verano de un mes en la que dan clases luminarias de la astronomía. Sus egresados encuentran fácilmente acomodo en una decena de universidades e institutos.
En términos de investigación real, sin embargo, ninguno de los telescopios italianos del observatorio son adecuados, así que durante las tres décadas pasadas el observatorio también ha funcionado con un telescopio moderno en sociedad con la Universidad de Arizona en monte Graham, con una sede logística en Tucson. El personal del observatorio viaja de una a otra sede, a menudo recopilando datos en Arizona y analizando los resultados y planeando nuevas observaciones en Lazio. “Somos aves migratorias”, dijo Consolmagno.
Él pasa cerca de un tercio de año en viajes. “Salgo barato y cuento historias divertidas”, bromeó.
“He estado en todos los continentes y he conocido a gente de todas las culturas que aman observar el cielo”, agregó. “Eso te recuerda que todos vivimos bajo el mismo cielo y todos tenemos historias sobre él para compartir”.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2018, 0:26 p. m. with the headline "El Observatorio del Vaticano sigue buscando pruebas científicas."