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Hoy dieron comienzo los Sanfermines con el tradicional 'chupinazo'

Los mozos corren frente a los toros que se dirigen a la Plaza.
Los mozos corren frente a los toros que se dirigen a la Plaza. AP Photo

Pamplona es así. Un poco salvaje, sudorosa, excitada, capital mundial de tradición y fiesta, que concita a ciudadanos de todas partes del orbe y que inspiró a Ernest Hemingway como nadie. Cada seis de julio, inicio de las Fiestas de san Fermín, la capital navarra es un estruendo de pañuelos rojos, gritos y cantos, mezcla de sangre y arena, misterios de la fiesta española más universal de todas, la de los toros. También la más polémica, la que enfrenta al hombre con el astado, desafía a la muerte y explota en colorido, drama y alegría. El simbolismo de los Sanfermines es enorme, algo más que una fiesta que hace correr, cada año, ríos de tinta.

Es éste encuentro festivo el verdadero anuncio del verano en España. Se da cada año, cuando arrancan las fiestas de san Fermín. El famoso “chupinazo” es el toque de salida de siete días sin orden, en los que casi todo vale. Los cuerpos se desploman; se bañan en litros de vino, cerveza o cava; las gentes corren delante de las bestias, comerán, beberán, darán rienda suelta a sentimientos y pasiones, y acabarán, agotadas, cantando el “Pobre de mí”, como si fuera la entonación de un “mea culpa”. Una repetición ritual que se consuma todos los años.

Europeos, americanos, asiáticos, africanos, gentes de todos los continentes acuden a Pamplona a los Sanfermines en bloque. Efervescentes, se tiran a las calles, corren delante de los toros por la mítica calle de La Estafeta; pasean y duermen en la plaza de Navarrería, en la calle del Curia, frente a la catedral, toman vino en el bar que inmortalizó Hemingway, Casa Marceliano, presencian los encierros, todo el bendecido por el famoso “riau, riuau”, el canto que rodea Pamplona desde el “chupinazo” en el balcón del ayuntamiento.

Desde la víspera de la festividad del santo- el 6 de julio- bullicio y alegría inundan la ciudad, en la sintonía del pasen, beban, coman, se besen, observen, corran, piensen, olviden y, también, reflexionen. Porque los Sanfermines encierran un peculiar simbolismo. Ese olor especial que embriagó a escritores, artistas y cineastas, locura de sudor, risas, lágrimas, sangre, toros.

Porque las fiestas tienen un origen religioso, se celebran en honor de San Fermín, quien predicó la religión por estos lares. Miles de pamploneses acompañan al santo durante la procesión dedicada a él. Se lleva su imagen entre aplausos, música y flores hasta la iglesia de San Lorenzo, en la que se celebra la ceremonia religiosa.

Pero la fiesta pasa vigorosa a lo profano. Desde el momento en que arrancan las fiestas en honor de San Fermín, Pamplona es centro neurálgico de la existencia y da igual a reir, llorar o saludar a un turista venido de tierras lejanas, a quien no se conoce de nada y a quien nunca volverás a ver. Todo está permitido.

Pamplona es como un planeta aparte. Personal e inimitable; donde todo adquiere un relativismo grande. El día se mezcla con las calurosas noches, abarrotados los bares y tabernas, donde el color rojo inunda las calles, los templos de buen yantar como San Nicolás, San Gregorio, Jarauta, Calderería, y los fosos de la vuelta al castillo albergan masas de mozos que corean el “riau, riau”, sin cesar. Las horas no existen, y muchos duermen a la intemperie cuando el cuerpo ya no aguanta y la mente necesita algo de respiro.

Muchas ciudades tienen un torero como monumento. Pamplona tiene sus encierros y todas las glorias del toreo en su historia. En pocas Plazas de toros se vive la Fiesta con tal grado de complicidad entre el matador, el toro y el público. Nada es sosegado en los Sanfermines, desde los encierros matinales hasta las corridas vespertinas.

Hay cosas que nunca cambian. Y una de ellas son los Sanfermines, la fiesta más universal de España, que unos adoran con una adicción que imprime carácter, y otros no entienden en absoluto. Porque esa es la grandeza de esta fiesta: su polémica; no dejar a nadie indiferente. Una fiesta de estruendo y bullicio, que congrega cada año a miles de turistas venidos de todas las partes del mundo. Siete días y siete noches únicos, donde juegan la vida y la muerte. Donde el tiempo se detiene, en un mundo a ritmo de vértigo. Pero San Fermín, año tras año, es intocable, admirable, excepcional. Una ventana abierta al mundo.

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