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Tras los atentados, una Francia irreconocible

Un himno nacional cantado con la mano sobre el corazón, militares armados por las calles, un presidente impopular ovacionado con frecuencia, un semanario en declive que lanza tirajes millonarios: golpeada por tres días de atentados, Francia se metamorfoseó en apenas una semana.

Antes de los atentados yihadistas que provocaron 17 muertos la semana pasada, entre ellos 12 en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, una policía municipal y cuatro judíos en un supermercado kósher, la población se dividía en cuanto a los medios de luchar contra la crisis económica, polemizando sobre la obra de un conocido polemista, “El suicidio francés”, que acusa a la inmigración de todos los males.

El 31 de diciembre, en su saludo de Año Nuevo a la nación, el presidente socialista François Hollande intentó recuperar una imagen calamitosa ante los franceses, que ha dado al partido de extrema derecha Front National durante las últimas elecciones todas las chances para poner en dificultades a los partidos tradicionales en las presidenciales de 2017.

Pero después, llegó el ‘shock'.

Tocados en lo más hondo de su espíritu por los peores atentados en el último medio siglo contra tres objetivos muy simbólicos - la libertad de expresión con Charlie Hebdo, el Estado de Derecho con los policías y la comunidad judía -, los franceses se lanzaron en masa a las calles para defender los valores de un país abigarrado aunque, no obstante, campeón del automenosprecio.

“Je suis Charlie” (Soy Charlie), “Je suis juif” (Soy judío), “Je suis policier” (Soy policía): casi cuatro millones de franceses -un récord desde la Liberación en 1944- marcharon en París y en el resto del país en un ambiente de recogimiento inédito, que sólo se quebró con canciones de Edith Piaf (“La vie en rose”), Charles Aznavour (“Emmenez-moi”), John Lennon (“Imagine”) y el himno nacional.

En tanto en octubre las fuerzas del orden sufrían el oprobio público tras la muerte en una manifestación de un ecologista opositor a la construcción de una represa, el domingo los policías fueron saludados, aplaudidos, abrazados. Algo jamás visto en un país marcado por la contestación.

Incrédulos, algunos policías inmortalizaron estos momentos sacando fotos con sus smartphone.

“Somos un pueblo”, resumía con orgullo el lunes en su portada el diario de izquierda Libération, mientras que el de derecha le Figaro títulaba “Francia de pie”.

Ante el “11 de setiembre francés”, el mundo político se puso a tono para encarnar una unión nacional, incluso sorprendido por el giro de los acontecimientos.

El martes, en la Asamblea Nacional, el vibrante discurso del primer ministro Manuel Valls, anunciando “medidas excepcionales” para detectar mejor a potenciales yihadistas, fue acogido por una “standing ovation”, desde los comunistas hasta el Frente Nacional.

Mejor aún: los diputados de todos los sectores observaron enseguida un minuto de silencio para entonar La Marsellesa en un hemiciclo repleto. Esto no ocurría desde el 11 de noviembre de 1918, para el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial.

François Hollande, que había decretado una jornada de duelo nacional al día siguiente del atentado del 7 de enero contra Charlie Hebdo (hecho rarísimo en Francia), se convirtió de presidente criticado por su blandura en “Padre de la Nación” para numerosos comentaristas.

Rodeado de un espectacular y heteróclito grupo de 50 mandatarios extranjeros -desde el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu al presidente palestino Mahmud Abas, pasando por los cancilleres ruso y ucraniano- el jefe del Estado hizo de París “la capital del mundo” durante un día.

Olvidados, al menos de momento, los sondeos negativos, Hollande fue ovacionado en cada uno de sus discursos, en cada aparición pública, incluso el miércoles en la inauguración de una nueva sala de música clásica en París, la Filarmónica.

“La onda de choque provocada por estos acontecimientos dramáticos cambiará muchas cosas, aunque la política retome su camino”, profetizó alguien del entorno presidencial.

El miércoles, los sobrevivientes de Charlie Hebdo, con un Mahoma al que le saltaba una lágrima de un ojo en portada, volaba en los quioscos, obligando al distribuidor a un tiraje de hasta cinco millones de ejemplares, un récord en la historia de la prensa francesa. ¡Algunos clientes pusieron sus despertadores para que sonaran a las 03H00 de la mañana para hacer cola ante los quioscos! Antes de los atentados, Charlie, a la deriva y casi en quiebra, tenía una tirada de 60,000 ejemplares.

En este periodo particular en un país que entró en “guerra contra el terrorismo”, Francia ofrece también un nuevo rostro en materia de seguridad: legionarios, paracaidistas y artilleros patrullan frente a las escuelas judías y la Tour Eiffel, mientras la policía protege a los medios de prensa.

Pero aunque la sociedad civil llama a hacer perdurar “el espíritu del 11 de enero”, voces disonantes se hacen escuchar cada vez más tras el “tsunami”: críticas contra “la unanimidad emocional” y testimonios de quienes “no son Charlie” ganan terreno.

Medio centenar de procesos judiciales por “apología del terrorismo” han sido abiertos ya con sus primeras sentencias anunciadas, se reportaron unos 200 incidentes en escuelas donde algunos alumnos se congratulaban en voz alta por los atentados, y los actos vandálicos contra lugares de culto musulmán se han multiplicado.

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