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Opinión

Septiembre 11, una fecha inolvidable

Hay fechas que nunca se olvidan, como un cumpleaños, un aniversario, el nacimiento o la muerte de un ser querido, pero hay ocasiones en que el día representa mucho más y no por ser algo personal sino todo lo contrario.

Hace 46 años, en un día soleado y caluroso, un 19 de diciembre de 1969 nos llegó el telegrama para salir de Cuba hacia Estados Unidos, algo que en aquel entonces para una niña de 10 años significó alegría y dolor, pues fue el principio de una odisea para toda la familia. Mientras que la mayoría de los cubanos se tenían que presentar para abandonar el país en unos días, a nosotros nos demoraron la salida 10 días más. Recuerdo el tumulto de personas que vino frente a la casa con la curiosidad de aquellos que se quedan y que al menos se alegraban por nosotros. El 27 de diciembre, Miche y Maritza nos fueron a despedir a la terminal de ómnibus de Santa Clara, donde abordamos la guagua que nos llevó a Varadero. Nunca olvidaré sus caras bañadas por el sol con sus ojos llenos de lágrimas mientras nos decían adiós.

El 29 de diciembre abandonamos Cuba y aterrizamos en Miami cerca de las 2:00 p.m. Desde el refugio en el aeropuerto de Miami llamaron a mi tía Flora para darle la noticia de nuestra llegada y preguntarle si quería recibirnos, a lo cual ella respondió: “Me los pone a los siete en el primer avión” y el 30 de diciembre a las 12:45 a.m. aterrizamos en Nueva York. La noche fría como nunca había sentido, con el hilo en las calles de una nevada el día anterior cubría las aceras entre el carro y la puerta del edificio. Recuerdo que Delma, una de las muchas amistades de tía Flora que nos fue a recoger al aeropuerto, al salir del carro me dijo: “Cuidado, que el cubano que se cae en el hielo no vuelve a Cuba”. Con todo el júbilo que el encuentro familiar luego de diez años sin vernos nos provocó esa noche, también fue una de las más tristes, pues atrás quedó el resto de la familia, a la cual no veríamos en muchos años o tal vez nunca más.

El 17 de diciembre de 1970 mi madre nos despertó a mi hermano y a mí para decirnos que mi abuela, la cual había estado enferma, había fallecido. Nunca antes había sentido un vacío tan grande en el pecho ni la ausencia de Dios. No podía comprender cómo Él había permitido algo tan brutal después de tanto tiempo esperando para llegar a este país en solo unos meses junto a su hija nos la había arrancado después de una larga lucha contra el cáncer. Fueron muchos los años que pasé sin rezar, sin ir a la iglesia.

Son muchas las fechas en el recuerdo en los 20 años que pasé en Nueva York, graduaciones de escuelas, cumpleaños, vacaciones, navidades, donde siempre se llenaba la casa con toda la familia y las amistades. Siempre fuimos muy unidos y vivimos en varios apartamentos del mismo edificio. Mi tío Gilberto y mi primo Bobby en uno, mi tía Flora y mi prima Mercedes en el de al lado, y nosotros éramos los superintendentes del edificio y vivíamos abajo en el sótano, papi, mami, mi hermano Mayito, el perro y yo.

Con el tiempo y las circunstancias nos fuimos separando. Mi hermano vino para Miami, mi tío Gilberto y mi primo se mudaron, mi tía Flora se casó y se fue a Long Island, y aunque todos volvieron al barrio eventualmente, nunca fue igual.

En junio de 1979 mami volvió a Cuba por los viajes de la comunidad. Vino a Miami y desde aquí fue con mi tía Alida y su familia a ver a sus padres y demás familiares. Yo no fui pues esa semana coincidía con mi graduación de la universidad y siempre pensé ir después. Al tiempo mi abuela falleció en Cuba y mi abuelo vino de visita a Miami, nosotros vinimos de Nueva York a verlo.

En la noche del 4 de julio de 1988 mi papa falleció cuando todos aún celebraban el final del día más glorioso de esta gran nación. La ambulancia nunca vino a tiempo aun después de varias llamadas al 911. Fue sepultado junto a su madre. Con una fecha como el 4 de Julio es difícil olvidar el día de su muerte y al mismo tiempo difícil de celebrar un día tan importante para todos.

Dos años después, en enero de 1990, mami y yo nos mudamos a Miami. El 3 de marzo de 1999 ella falleció, a solo unos días de mi cumpleaños y el de ella. Es difícil no pensar en ella todos los días pero más aun cuando se acerca mi cumpleaños.

El 11 de septiembre del 2001 el teléfono sonó para despertarme. Era Sharon que me llamaba del trabajo y con urgencia me decía: corre, corre, prende la televisión, que un avión se estrelló contra una de las torres en Nueva York. Lo primero que dije fue: Dios mío, pues pensé en la gente no solo en el avión sino en el edificio y los trenes que pasaban por abajo. Recordé que Nilda, la esposa de mi primo, trabajaba en la óptica del primer piso de una de las torres y corrí al televisor y llame a Nueva York enseguida. Por suerte ella no había ido al trabajo ese día.

El derrumbe de las torres fue algo que lloré toda la mañana frente al televisor, pues para mí fue algo muy personal ver como destruían algo que durante tantos años fue un gran orgullo para todos. Allí llevaba a mis familiares y amigos cuando nos visitaban en Nueva York; allí trabajaban miles y allí perecieron miles de inocentes.

La mañana del 9/11 fue algo que me dejó sin fuerzas y peor aún llegar luego al periódico y tener que seguir viviendo la tragedia según hacíamos el periódico con las noticias y las fotos del acontecimiento día tras día y año tras año.

La tragedia del 9/11 es algo que aún vivimos todos los días pues las guerras no han terminado, los atentados en diferentes países siguen en aumento, y los gobiernos de Occidente no se ponen de acuerdo para terminar con el problema. Yo pienso que todos los días son y seguirán siendo un muy largo 9/11.

Artista y escritora residente en Miami.

Siga a Lydia Hidalgo en Twitter: @lydiahidalgo1

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de septiembre de 2016, 10:45 p. m. with the headline "Septiembre 11, una fecha inolvidable."

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