Opinión

Bailar en libertad

Una de las galas del vigésimo primer Festival Internacional de Ballet de Miami comenzó de modo sumamente emotivo. El reconocido bailarín cubano Isanusi García Rodríguez, quien batalló contra un aneurisma cerebral que casi le quita la vida y terminó paralizándole parte del cuerpo, se presentaba, luego de una larga y tortuosa recuperación, en una coreografía de su propia inspiración titulada simplemente “Gracias”.

Con música de Chopin, tocada al piano en vivo por el maestro Daniel Daroca, Isanusi, quien fuera parte del Ballet Nacional de Cuba y luego del Miami City Ballet, tuvo de acompañante a su progenitora, la notable primera bailarina Perla Rodríguez, de la compañía Danza Contemporánea de Cuba.

Como parte de su redención física, el bailarín cultivó el arte de la pintura y el cartel conmemorativo del Festival de este año le fue encomendado por su director Pedro Pablo Peña. Durante la noche en que fue develado, tuve la oportunidad de conversar con Perla, quien lleva meses asistiendo a su hijo en tan difíciles momentos.

Es una mujer encantadora, ya retirada de la danza, pero capaz de impresionar todavía con su maternal sensualidad, secundando la magia del milagroso renacer de su hijo sobre el escenario.

Me habló de entendimiento y de heridas que debían ser restañadas para enmendar la nación dispersa. Recordó cómo su hijo, muy pequeño, fue presentado en la televisión cubana en un programa conducido por Carlos Otero –actual animador de TN3 en Miami–, y de la impresión que causaban desde entonces sus excepcionales dotes físicas.

Claro que la singular presencia de Perla en un Festival de Miami no es noticia para la prensa oficial de la isla. Un bailarín “desertor” que regresa a la danza de la mano de su madre, quien lo visita procedente de Cuba, sin interferencia política, no es materia que el castrismo se ocupe de explotar, más allá de la hermosura del desenlace.

Es nula, una vez más, la voluntad de enmendar la separación y los agravios por parte de funcionarios que se desviven hablando del intercambio cultural, circunstancia que solo acontece cuando resulta conveniente a la cansona prédica ideológica que todo lo empercude.

No existe, por supuesto, para esos comisarios y su prensa cautiva, este Festival de Ballet y su fundador, primera parada y refugio de tantos talentosos bailarines cubanos que abandonan el agobio de una institución tiránica y decadente, dirigida con mano de hierro por una leyenda nonagenaria e invidente.

Los que no escapan han debido dedicar, desde temprano en sus vidas, danzas y otras loas al causante de tantos desvaríos para poder garantizar la continuidad de sus respectivas carreras.

Con cuanta dignidad y entereza el cubano Carlos Gacio, “Ballet Master Internacional”, quien recibió el Premio de Una vida por la danza, otorgado cada año por el Festival a una figura relevante, explicó las razones de aquella distinción.

Habló de la magia del ballet y utilizó la metáfora de una suerte de burbuja encantada, donde ocurre tanta belleza, cada vez que se descorre el telón. Luego describió una carrera danzaria y pedagógica de ensueño, en prestigiosas compañías europeas y de otros países.

No se refirió a cuando le pidió permiso al Ballet Nacional de Cuba para viajar a Europa y lo castigaron a trabajo forzado en la agricultura donde debió “ganarse la salida”, pero sí dejó bien claro que, al final, abandonó su patria en busca de libertad, como tantos de sus congéneres.

La presencia de muchos otros bailarines cubanos durante las jornadas del Festival viene a corroborar que la cultura nacional se muestra espléndida cuando ocurre sin ataduras ni condiciones extra artísticas.

Crítico y periodista cultural.

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