Desigualdad capitalista, ¿justa o injusta?
La idea igualitaria de la concepción comunista de que todo se comparta y por ende que todos disfruten de lo mismo –mucho más antigua que las teorías de Carlos Marx – haría reaccionar a José Martí con esta afirmación profética: “Si la humanidad llegara a ser una comunidad inmensa, no habría árbol más cuajado de frutos que de rebeldes gloriosos el patíbulo”. La utopía no nació de mentes calenturientas ni de demagogos oportunistas, sino de una justificada indignación hacia una sociedad industrial donde hombres, mujeres y niños debían trabajar como animales durante largas jornadas por míseros salarios.
Posteriormente surgiría en las metrópolis un capitalismo más humanizado, gracias a una larga y a veces sangrienta lucha de reclamos obreros, y probablemente también a la explotación colonial y neocolonial, según reconociera el político inglés Cecil Rhodes: “La idea que yo acaricio representa la solución del problema social: para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los políticos coloniales, debemos posesionarnos de nuevos territorios; a ellos enviaremos el exceso de población y en ellos encontraremos nuevos mercados para los productos de nuestras fábricas y de nuestras minas… ”.
Sin embargo, los conflictos sociales que las grandes potencias industriales lograron evitar, se agudizaron en las neocolonias y las llamada revoluciones socialistas pudieron triunfar en Rusia y en algunos países del Tercer Mundo con un modelo que se impondría por Europa del Este y se extendería a gran parte de Asia y Cuba, el centralismo monopolista de Estado bajo control absoluto de una élite, un sistema conocido mayoritariamente en Occidente con el mote de “comunismo”.
Esto generó un mundo bipolar que llevó a los políticos de Occidente, frente a los caballos de Troya de los partidos comunistas de cada país, a ciertas concesiones hacia una socialdemocracia que se limitaba a algunas reformas sociales dentro de los marcos del sistema. Pero una vez impuesto el mundo unipolar, las concesiones terminaron. Todas las manifestaciones de rebeldía fueron sofocadas. En los Estados Unidos esta situación fue descrita así en 2011 por el magnate Warren Buffett, considerado por muchos como el segundo hombre más rico del país: “De hecho, ha habido una lucha de clases durante los últimos 20 años, y mi clase ha ganado”. En enero del presente año un informe de la ONG Oxfam declaraba que “la brecha entre ricos y pobres se ha ampliado dramáticamente en los últimos doce años” y que “62 personas en el mundo tienen la misma riqueza que el resto de la población”. Y según el reciente estudio de Boston Consulting Group (BCG), en cuatro años más los millonarios controlarán la mitad de toda la riqueza del planeta.
Cierto que la igualdad no sólo no es posible sino tampoco es justa porque la recompensa debe equipararse al esfuerzo y al talento de cada cual. No debe haber límite para la prosperidad cuando se tiene mérito para alcanzarla como resultado del esfuerzo propio. Pero cuando vemos unas brechas tan abismales entre los ingresos, no es posible aceptar que esto se deba sólo a una simple diferencia de esfuerzos y talentos. La única igualdad justa y posible es la de oportunidades. Y es justamente esto, la oportunidad, lo que cada vez más se vuelve inaccesible para las grandes mayorías por políticas dirigidas a la defensa de los grandes intereses.
Quienes sostienen que esa creciente desigualdad es deseable porque va pareja con un mejoramiento de las condiciones de vida de los más pobres, reciben una rotunda refutación por parte de informes de instituciones prestigiosas como Oxfam que afirma que mientras esas 62 personas más ricas del mundo aumentaron su riqueza en 500 mil millones desde el 2010 hasta hoy, la mitad más pobre del mundo bajó un 41 por ciento. Y según el estudio El arma secreta del crecimiento: la pobreza y la clase media, del Fondo Monetario Internacional, se demuestra lo contrario sobre cuál es el verdadero motor del progreso: “Hacer más ricos a los ricos por un punto porcentual de sus ingresos, aumenta el Producto Interno Bruto mundial 0.08 por ciento en cinco años, mientras que hacer un punto porcentual más ricos a los pobres y a la clase media puede incrementar el PIB un 0.38 por ciento”.
No se trata de cortarle las alas a los que las tienen para levantar el vuelo, sino dárselas a los que no las tienen para que también despeguen.
Escritor e historiador.
concordiaencuba@outlook.com
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de septiembre de 2016, 1:40 p. m. with the headline "Desigualdad capitalista, ¿justa o injusta?."