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Opinión

Colombia: el triunfo de la paz

¿Lo engañó Marulanda, presidente Pastrana?

A mí no, engañó a Colombia

Ponderando los pro y contra, y con la mirada puesta en las negociaciones de los gobiernos colombianos con las guerrillas, no vacilo en considerar positivo el acuerdo de paz en Cartagena. Pese a que las debilidades –inevitables algunas, evitables otras– puedan ser llamativas, y miles los dolientes afectados por la ola de crímenes, secuestros y destrucción ejecutados por las fuerzas dirigidas ayer por Marulanda, las AUC y el propio ejército, es claro que se trata de un cambio que le pone fin a una guerra salvaje iniciada antes del asesinato de Gaitán (9 de abril de 1948) y mantenida con momentos muy intensos de sangre y horror durante 67 años, no 52, según suele decirse. Se trata de una histórica derrota, una capitulación de las FARC, aunque se la adorne cual un aséptico acuerdo de paz. Conforme a la tradición negociadora del oficialismo colombiano, semejante convenio elude los cantos de victoria y jactanciosos puños alzados, todo para deslizarse suavemente sobre un puente, ¡qué puente, un tobogán de plata! Siempre he creído que en política no hay nada más pernicioso y contraproducente que la práctica del pase de cuentas. Importa el resultado, no la humillación del adversario.

Es un notable logro largamente preparado cuando menos por seis presidentes colombianos: Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Dos precedentes refulgen en este momento: el primero, la desmovilización del M-19 y su subsecuente adiós a las armas, operación iniciada por Betancur y culminada exitosamente por Barco, no perturbada ni por la sangrienta orden del M-19 de asaltar el Palacio de Justicia. El otro, la frustrada pero pedagógica negociación Pastrana-Marulanda ornada de concesiones gubernamentales insólitas. Se recuerda especialmente el préstamo exclusivo a las FARC de 42 mil km2 en San Vicente de Caguán (cinco municipios abrigados con absoluta inmunidad diplomática) Es más, en algún momento Pastrana le pasó a Marulanda un papel firmado por él. Estaba en blanco:

“Agregue ahí todas sus exigencias”, le instó.

El papel permaneció en blanco.

Pastrana, es cierto, fue acusado de cándido y sin embargo algo bueno quedó de su tolerancia y es que si bien Marulanda aprovechó para fortalecerse, perdió lo que en principio había ganado: la condición de fuerza beligerante y el sonrosado argumento de que empuñaba las armas no por amor a la violencia, sino obligado por la sañuda persecución librada por la oligarquía contra las FARC. En adelante lo que le esperaba era la respuesta abierta del ejército, con la ayuda del Plan Colombia. Vale decir: el dúo dinámico, Uribe y Santos, cuyo primer postulado fue: ¿negociación? Sí, pero sin cese de fuego.

En una obra-compendio de documentos de Fidel Castro, cuyo título es La paz en Colombia, exhuma el caudillo cubano unos escritos concluyentes. Relata que en 1998 José Arbesú, el jefe del Departamento América dependiente del Comité Central del Partido Comunista cubano (sucesor por cierto del célebre Manuel Piñeiro “Barbarroja”), le envió un informe revelando la posición de Marulanda en plena negociación con Pastrana. Estimaba Marulanda que EEUU intervendría militarmente en Colombia y que por lo tanto las negociaciones con el presidente colombiano solo servirían para “ganar tiempo” en la preparación de las FARC para luchar contra el poderoso imperio.

En 2010, con prólogo de César Gaviria, fue editado mi libro La violencia en Colombia. Gobernaba todavía Uribe y la negociación yacía en el olvido. El Secretariado de las FARC pronto perdió su aura de invencibilidad, tras los duros golpes asestados por el ejército comenzando con la demoledora Operación Jaque. Muerto Marulanda se encendió el debate interno en el Secretariado. Alfonso Cano, sucesor del líder fallecido, se había convencido de que la organización ya no estaba en capacidad de ganar la guerra. Tendría que negociar con el gobierno, incluso entregando las armas. Es lo que me llevó a pronosticar en mi indicado libro que, destruido el espinazo de las FARC, se abriría de nuevo un campo para la retoma de las negociaciones, como pocos años después ocurrió, con una variante: Marulanda se negaba a repetir el ejemplo del M-19. Confiaba en tomar el poder, como en Cuba o Nicaragua. No aceptó el desarme y lo enfatizó: las armas en nuestras manos son garantía de paz; pero las FARC que negociaron con Santos no son ni la sombra de lo que fueron alguna vez.

Los términos ahora son distintos. En las bases del acuerdo, el Secretariado aceptó el desarme y la desmovilización, la piedra filosofal del convenio. Al final se gana o se pierde conforme a la correlación real de fuerzas. Cano –en realidad su nombre era Guillermo León Sáenz– trazó una línea que marcó un viraje enorme hacia un eventual diálogo. Ordenó regresar a la antigua formación guerrillera puesto que ya no era posible desempeñarse en un combate regular cimentado en amplias bases de apoyo y defendiendo posiciones fijas. Con pequeñas unidades guerrilleras detrás de las líneas adversarias se mantiene la tensión y solo eso. Las guerrillas se mueven de un lado a otro, fastidian, causan bajas y huyen, pero no ganan guerras y Cano bien que lo sabía. Sus sucesores acaban de firmar la paz probablemente por cansancio, desencanto o convicción de que la utopía, como casi todas ellas, es inalcanzable. Solo queda sobrevivir –melancólicamente o no– aprendiendo en la legalidad democrática, o fenecer sin gloria en la montaña.

Los detalles ásperos de Cartagena los manejarán los propios colombianos mucho mejor que pueda hacerlo yo.

Analista político venezolano.

Siga a Américo Martín en Twitter: @AmericoMartin

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de septiembre de 2016, 3:22 p. m. with the headline "Colombia: el triunfo de la paz."

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