La Dama de Hierro y el Aprendiz
Su ego ha vuelto a traicionar a Donald Trump. Incapaz de controlar sus impulsos, el lunes fue mordiendo los anzuelos que Hillary Clinton le lanzaba en un debate que ella dominó fácilmente. Mordió el del machismo, el del racismo, el de no pagar impuestos (“porque soy listo”, dijo), el de haberse beneficiado del colapso económico del 2008 y la miseria que causó a millones de familias (“porque eso es hacer buen negocio”). Y un largo etcétera.
Y en ese defender su ego herido, como un quijote trastornado por fantasmas, desaprovechó la oportunidad de retar a su rival en temas de gobierno. Y en cambio la aprovechó para insultar a una comediante (Rossie O’Donell), a una Miss Universo (Alicia Machado) y a la propia Hillary. Y de paso injuriar a todas las votantes.
Una vez más se destapó el verdadero Trump: errático, narcisista, misógino, ignorante y suspicaz como un niño contrariado; improvisando respuestas por no haber querido prepararse; a la defensiva en todo y ofendiendo a todos: mujeres, hispanos, afroamericanos, contribuyentes al fisco, aliados internacionales…
Tan nervioso estaba que no paró de beber agua (11 veces), de respirar con suspiros audibles, de interrumpir a Hillary (51 veces). De mentir desaforadamente, diciendo que se había opuesto desde el principio a la guerra de Irak (cuando hay evidencias de lo contrario); negando haber acusado a China de fabricar el cambio climático (cuando lo ha repetido en Twitter); negando querer bombardear un barco iraní o fomentar el rearme nuclear; negando que él hubiera llamado a las mujeres “cerdas”, “perras” o afirmado que “las trabajadoras embarazadas son un inconveniente para las empresas” y las mujeres no merecen “el mismo salario que los hombres” (a pesar de que esas declaraciones suyas están grabadas).
Aparte de demostrar que carece de una estrategia coherente, Trump justo le sirvió en bandeja lo que necesitaba Hillary: que a los 84 millones de espectadores les quedara la impresión de que Trump es un candidato cuyo temperamento e ignorancia le descalifican para ocupar la Casa Blanca.
Mientras que ella logró proyectar la imagen contraria: muy preparada en todos los temas, estable, firme y con estrategia definida. Incluso salió airosa la única vez que Trump sí supo atacarla por haber cambiado de opinión sobre el Tratado Comercial Transpacífico (TPP) entre 7 países de Asia y 5 de América (que está aún sin refrendar).
De hecho los trumpistas ni siquiera han podido tacharla de cometer errores en el debate, por lo que han recurrido a lanzarle los habituales dardos de odio, que no es otra cosa que puro machismo, tanto de hombres como de mujeres. Porque como bien subrayó Olga Connor en su excelente columna El machismo de las mujeres contra Hillary, el machismo femenino es todavía más deplorable que el masculino.
Pero no serán dardos sino misiles lo que previsiblemente veamos de aquí al 8 de noviembre, para intentar encubrir la derrota de Trump el lunes. Fue catastrófica porque invirtió los papeles: él, que alardea de macho alfa, actuó subordinado a la Dama de Hierro. Se achicó. Y ahora se le ha desatado la cólera clásica de los narcisistas perdedores. El martes gritaba desenfrenado a sus seguidores “nos vamos a deshacer de esa mujer deshonesta [crooked]”, sin ni siquiera poder pronunciar su nombre. Y además amenaza con sacar a la palestra las infidelidades de Bill Clinton en el próximo debate (como si él fuera santo). Si lo hace será el mayor error entre todos los que ya ha cometido: victimizar a una mujer precisamente por haber sido víctima de adulterio.
Claro, que por otra parte ése es el terreno en el que él se siente más seguro, porque es en el que se ha movido toda su vida: los chismes de faldas o los reality shows. También conoce otro terreno, pero de ése no quiso hablar en el debate cuando Hillary le recordó los cientos de contratistas a los que no les ha pagado sus trabajos. Sorprendido se intentó justificar diciendo que “no les he pagado porque no hicieron bien los trabajos”.
Naturalmente los trumpistas le perdonan todo. Pero no es a ellos a quienes tiene que conquistar, como tampoco Hillary es a los demócratas convencidos a quienes debe persuadir. La elección está en manos de los pocos indecisos o de quienes cambien a última hora su voto por algo que suceda en la contienda. Difícil predecir quiénes –¿si jóvenes, mujeres, minorías o anglos blancos?– ni cuántos votantes se desplazarán hacia uno u otro candidato.
Lo que sí sabemos seguro es que históricamente los debates no han servido por sí solos para ganar elecciones, pero sí para perderlas.
Periodista y analista internacional.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de septiembre de 2016, 0:24 p. m. with the headline "La Dama de Hierro y el Aprendiz."