Hillary y la violación de la confianza pública
La palabra “trust” significa “confianza” y es parte íntegra del lema oficial de este país, “In God We Trust”. Su importancia no deja de ser menos en los próximos comicios de noviembre, porque aunque la economía, la seguridad nacional y la inmigración dominan el debate nacional, 64% de la ciudadanía opina que el país va por el sendero incorrecto. La confianza pública es por ello un tema primordial.
La candidata Hillary Clinton es especialmente vulnerable. No solo ha demostrado que miente indiscriminadamente, sino que el laberinto de investigaciones que persigue a ella y su esposo desde sus tiempos en Arkansas, apunta a personas inescrupulosas, ávidas de poder y dinero, que han violado repetidamente la confianza pública, convirtiendo la venta de su influencia política en un lucrativo negocio. Este los catapultó de la bancarrota en que según la Sra. Clinton estaban al abandonar la Casa Blanca, a millonarios con un capital en exceso de $120 millones en 14 años.
El vehículo conductor a esta riqueza ha sido la Fundación Clinton, entidad creada por el matrimonio para su filantropía, pero financiada con bolsillo ajeno, y en perfecta sinergía con sus carreras políticas. Es evidente ahora que el motivo para el uso de un servidor privado y la subsecuente destrucción de los correos electrónicos, fue para ocultar el negocio “quid pro quo” del matrimonio.
Las investigaciones de la Fundación Clinton revelan muchas irregularidades, entre ellas falta de una auditoría interna desde 1997, y enorme disparidad entre lo reportado por los donantes y la Fundación, lo cual pone en duda los ingresos reportados de 2 billones que se estiman están más cerca de los 100 billones; pero lo que más preocupa por su implicación a la seguridad nacional es la obvia venta de influencia política o “pay-for-play” que las transacciones de la Fundación indican.
Más del 60% de los visitantes privados a la secretaria de Estado tenían nexos, eran donantes o hicieron donaciones millonarias a la Fundación posteriores a sus visitas. Un patrón sobresale: a la aprobación de la Sra. Clinton a asuntos que gobiernos y empresas extranjeras tenían pendientes ante comités del Senado o el Departamento de Estado le seguían exorbitantes sumas pagadas a Bill por un discurso, o donaciones millonarias a dos fundaciones canadienses pertenecientes a buenos amigos del matrimonio, Ian Telfer y Frank Giustra. Estas fundaciones, exentas de revelar nombres de donantes, posteriormente donaban el dinero a la Fundación Clinton.
Ian Telfer, chairman de Uranium One, fue clave en la infame venta de esa empresa minera a Rosatom, la agencia de energía atómica rusa, lo cual transfirió a Putin control del 20% del uranio producido en los Estados Unidos con la aprobación de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y por supuesto, millones de dólares en donaciones a la Fundación Clinton.
La conexión rusa no termina ahí. Durante el “reset” con Putin, el cual falló, la Sra. Clinton –según un informe del periodista Peter Schweizer, autor del libro Clinton Cash– auspició una sociedad con los rusos para la transferencia de tecnología instando a empresas norteamericanas para que invirtieran en Skolkovo, el Silicon Valley de los rusos. Lo hizo contra las recomendaciones del US Army y el FBI que correctamente advirtieron que la transferencia de tecnología podría facilitar el espionaje industrial y también su utilización para fines militares. Pero millones de dólares en donaciones fluyeron a la Fundación Clinton como resultado de la transacción. Basta decir que de 28 compañías involucradas, rusas y americanas, 17 tenían nexos con la Fundación Clinton.
Resulta verdaderamente irónico ahora que la Sra. Clinton acuse a los rusos de penetrar nuestros sistemas cibernéticos. Peor aún. En Skolkovo están desarrollando, con nuestra tecnología, un motor para misil de crucero hipersónico, algo que representa una enorme amenaza a nuestra seguridad nacional. Ello y el haber concedido control del 20% de nuestro uranio a Putin debía alarmar a quienes se preocupan por los negocios de Trump con estos, porque lo que Trump como empresario privado hizo no violó la confianza pública; pero si la violó Hillary Clinton, como senadora y secretaria de Estado, nuestra servidora pública, a quien confiamos ciegamente nuestra seguridad nacional.
¿Defendiendo yo a Trump? ¡Para nada! Es el indefendible expediente de la Sra. Clinton el que lo hace.
Escritora cubana y activista de los derechos humanos.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de septiembre de 2016, 11:35 p. m. with the headline "Hillary y la violación de la confianza pública."