ALEJANDRO RÍOS: Otra realidad llega al Oscar
He visto tres de las cinco películas extranjeras que se disputan el Premio Oscar este próximo domingo. Me faltan Tangerines, de Estonia, que no ha sido presentada, hasta ahora, en el sur de la Florida, y Relatos salvajes, que dará inicio al Festival Internacional de Cine de Miami, del MDC, el 6 de marzo.
De estas tres obras maestras precoces, dos tienen que ver con los horrores de ismos que anidaron en Europa y la tercera, sobre la perturbación provocada por esa aberración que se ha dado en llamar estado islámico.
Al principio pensé que Ida merecía la distinción. El director Pawel Pawlikowski ha imaginado esta verdadera joya retratada en blanco y negro donde revela, durante los corruptos y represivos días de la ordalía comunista en Polonia, una secreta historia criminal del antisemitismo ocurrida en la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un filme conciso sobre cómo la condición humana se desmorona, cuando regímenes espurios poseen el don de la impunidad y el terror.
Millones de víctimas de crímenes del comunismo aparecen asentadas en una bibliografía sociológica considerable, pero el desastre del día a día, sufrido por el ciudadano común y corriente, debe emerger de la gran literatura que ya se ha ocupado del tema, para revelarse en la gran pantalla, donde pudiera llamar la atención de la indiferencia moderna, confiada en que los holocaustos no volverán a ocurrir, no obstante las numerosas pruebas que demuestran lo contrario.
Durante las más de dos horas que dura Leviathan, del afamado director Andrey Zvyagintsev, me perturbó la idea de que esa Rusia postcomunista, viciada hasta el tuétano, es lo que se está tramitando para la pobre isla de Cuba, donde acabo de ver en las noticias a una ignorante congresista estadounidense decir que estaba allí en La Habana para vender pollo y maíz, mientras en la otra esquina del hotel, donde se hospedaba, le rompían la cabeza a un opositor.
En Leviathan un ciudadano común, dueño de una destartalada propiedad a la orilla del mar, recibe la visita de un amigo abogado de Moscú para que lo ayude a lidiar con el alcalde de la localidad, quien quiere apropiarse de su estancia para venderla a un inescrupuloso urbanizador.
La tragedia que se desencadena tiene tintes shakesperianos y la visualidad de naturaleza quebrada tan cara al filme Stalker de Tarkovski.
Ahora se sabe que hasta el gobierno de Putin quiere limitar la promoción del filme, luego de haber contribuido a su producción.
Al final, en medio de un agobiante ambiente etílico –todas las facciones enfrentadas son alcohólicas– el pequeño ciudadano ruso será humillado y aplastado por el nuevo “dirigente” del capitalismo salvaje, no muy diferente al del otrora partido comunista.
Timbuktú, por otra parte, del director mauritano Abderrahame Sissako, refiere, con inusuales acentos poéticos, uno de los alegatos más valientes y hermosos que se hayan filmado contra los desmanes del estado islámico. A ese legendario y desértico sitio de Mali arriban los sicarios para imponer los desatinos de su llamada ley sharia, donde la música, fumar y hasta jugar fútbol quedan terminantemente prohibidos, entre otros absurdos, además de los desmanes que deberán sufrir las mujeres.
El humilde y digno pueblo resiste a su manera la salvaje represión y ya queda para cualquier antología mundial del cine el momento en que los muchachos juegan fútbol sin pelota para evitar ser castigados.
Este domingo, como suele ocurrir con los filmes extranjeros, otro mundo perturba por unos minutos el oropel de Hollywood. Es de agradecerle a la Academia tan necesario reconocimiento mediático.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de febrero de 2015, 1:00 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Otra realidad llega al Oscar."