Un margen de horror
Quienes nos esforzamos por seguir de cerca el aquelarre de nuestra singular contienda presidencial llevamos meses empapándonos en una lluvia de sondeos electorales. En las próximas semanas tendremos que guarecernos de un diluvio de encuestas. Algunas nos dirán, por ejemplo, que Hillary Rodham Clinton tiene una ventaja de x puntos en estados claves. O que Donald J. Trump está ganando terreno. O que los candidatos de los llamados terceros partidos le están robando votos a Clinton… o a Trump.
Sin embargo, más allá de los resultados cambiantes que nos brindan los sondeos, en esta campaña presidencial no es posible confiar ciegamente en unos estudios que se venden como si fueran investigaciones científicas rigurosas; estudios que, en su esencia falible, tienen el objetivo de conocer la intención de voto de los electores en un momento dado.
¿Por qué afirmo que no podemos confiar ciegamente en los sondeos electorales? Para empezar, porque últimamente han demostrado una desconcertante proclividad al error, un síntoma del mal metodológico que atormenta a los diseñadores de sondeos y a los interpretadores de los “datos crudos” que las encuestas recolectan. Así, en recientes procesos electorales los sondeos se equivocaron totalmente, arrojando mediciones que no reflejaron la realidad de los electores en varios países. El ejemplo más chocante lo ofrece el referéndum sobre el tratado de paz en Colombia donde a pocos días de la votación, más de una encuestadora respetada le daba al “sí” una ventaja de 30 puntos sobre el “no”. También cometieron errores garrafales los sondeos en torno a los plebiscitos sobre el Brexit en Gran Bretaña, la independencia en Escocia y las últimas elecciones generales británicas e israelíes. Asimismo durante las primarias presidenciales estadounidenses encuestadores de renombre metieron la pata varias veces.
Con todo, es necesario anotar que hay empresas encuestadoras que hacen su trabajo con un mayor rigor metodológico y ético que las demás. Evitan que el consabido margen de error degenere en un perenne margen de horror.
No hay duda de que en el 2016 es mucho más difícil diseñar y realizar una encuesta confiable que hace 30 años. En una democracia pluralista como la estadounidense la predicción del comportamiento de los votantes siempre ha sido un ejercicio engorroso. Pero esta dificultad ha ido creciendo. Para el encuestador actual el votante se ha ido convirtiendo en un ser escurridizo.
¿Por qué? Primero, porque el 41 por ciento de los hogares estadounidenses tienen teléfonos celulares pero carecen de líneas terrestres. La ley de protección al consumidor de servicios telefónicos (Telephone Consumer Protection Act, TCPA por sus siglas en inglés) limita de forma muy estricta el uso de la marcación automatizada (el “autodial”) y los mensajes pregrabados en las llamadas a teléfonos móviles. De ahí que sea más costoso y más problemático para los encuestadores contactar a los votantes desprovistos de líneas terrestres que sólo usan el celular.
A su vez, la inmensa mayoría de los electores estadounidenses se niegan a cooperar con empresas dedicadas a los sondeos. Está en libre caída la tasa de respuesta, es decir, el porcentaje de personas que participan en un sondeo a petición de un encuestador. En 1930 la tasa de respuesta era más del 90 por ciento, en el 2012 era el 9 por ciento. Desde entonces la cifra ha seguido cayendo.
¿Qué implicaciones tiene este hecho? Cuando una empresa encuestadora logra conseguir una muestra de mil votantes, por ejemplo (su conformación dependerá de los criterios que el encuestador emplea para seleccionar la población de interés de una muestra supuestamente representativa: de la totalidad de los votantes inscritos, o solamente de los electores con altas probabilidades de ejercer el derecho al voto, los likely voters) por muy rigurosas que sean sus técnicas, la empresa se ha visto obligada a seleccionar la muestra a partir del número ínfimo de votantes que están dispuestos a participar en la encuesta. Esto expone el sondeo a errores muestrales de todos los colores.
Por esa y otras razones que he bosquejado, debemos desconfiar de casi todos los sondeos electorales, sobre todo en los frenéticos días finales de esta contienda maratónica. Y debemos hacerlo conscientes de que el único “sondeo” que cuenta, el único realmente confiable, se va a realizar el 8 de noviembre de 2016.
Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de octubre de 2016, 6:07 p. m. with the headline "Un margen de horror."