El capitán del Titanic
Los dictadores encarcelan a sus adversarios políticos, y los depredadores sexuales disfrutan asaltando impunemente a sus víctimas. Donald Trump está amenazando a Hillary Clinton con meterla en la cárcel si él gana las elecciones, algo inaudito en los 240 años de democracia en Estados Unidos. E insiste en minimizar la escandalosa grabación en la que presume de su habilidad para asaltar sexualmente a mujeres, como si eso fuera “cosa de hombres” y no un delito.
Su repugnante conducta no es nada novedosa. ¿De qué se espantan ahora algunos de los que hipócritamente han estado excusando sus infamias? ¿Y peor aún, por qué no se espantan con el sex tape los cristianos evangélicos que le respaldan? El mundo entero ha visto a Trump navegando por aguas turbulentas de misoginia, racismo, venganza, grosería y autoritarismo desde que anunció su postulación. La única novedad es que la tormenta de repulsas por la grabación obscena está hundiendo su campaña (Hillary le aventaja entre 7 y 11 puntos).
Tanto los líderes republicanos como los militantes más sensatos del partido sabían desde el principio que apoyando a Trump estaban comprando un pasaje en el Titanic, sin embargo pocos tuvieron el coraje moral de bajarse de la nave. Sólo ahora que ven el barco irse a pique empiezan a saltar por la borda. Al menos 170 le han abandonado, incluida una tercera parte de los senadores federales, pero entre todas las deserciones la que más le ha indignado es la de Paul Ryan, presidente del Congreso. Además de anunciar que no va a defender ni hacer campaña por Trump, Ryan ha dado luz verde a los congresistas para que cada uno actúe de acuerdo a su criterio.
El mensaje de Ryan es claro: sálvese quien pueda, y después del 8 de noviembre recogeremos los restos del naufragio para intentar reconstruir el Grand Old Party de Lincoln. Difícil tarea. Porque el destructivo “efecto Trump” puede arrastrar a la derrota a muchos congresistas y senadores, y con ello causar la pérdida de la mayoría republicana en ambas cámaras. Evitar ese escenario es la meta de Ryan, para “no darle un cheque en blanco a Hillary” (lo cual indica que ya la cree ganadora).
Pero a Trump nunca le ha importado el partido, y menos en estos momentos que le están aislando. Lo secuestró para satisfacer su narcisismo y ahora está capitaneando su destrucción. Al igual que Nerón, prefiere que arda Roma y luego culpar a otros del incendio. Y ardiendo está el Partido Republicano en una guerra civil que Trump se ocupa de avivar incitando división, venganza y anarquía. El y su secta de radicales quieren arrasarlo por completo.
Es una operación kamikaze que únicamente logrará alejar a potenciales votantes independientes e incluso erosionar su propia base. ¿Será que en el fondo de su trastorno narcisista tema asumir la gran responsabilidad de la presidencia? Aunque parezca descabellado hay profesionales de la sicología que lo creen.
De lo que no hay duda es de que Trump está encolerizado, sin freno, “desencadenado”, como él mismo se ha descrito. Y dispuesto a la peor de las guerras sucias (más brutal de la que ha estado librando). Amenaza entre otras cosas con seguir culpando a Hillary de las infidelidades de su esposo. ¿No se da cuenta de que esa cruel táctica puede enfurecer a millones de mujeres que hayan sido víctimas de engaño? Pues no. Su narcisimo alexitímico le incapacita para entender las emociones ajenas. Sólo le motivan dos cosas: recibir adulación y ejercer venganza. Dinámica que frecuentemente le conduce al auto-sabotaje, como le ocurre con el electorado femenino.
Sin el voto de las mujeres no puede ganar. Y aun así sigue ofendiéndolas. Clinton cuenta con el 61% frente a 28% de Trump, según una extensa encuesta de The Atlantic, realizada justo antes de la grabación obscena. Además, al déficit del voto femenino se suma el afroamericano, hispano y de anglosajones blancos con alto nivel de educación. Sus votantes son mayoritariamente blancos con bajo nivel de educación. Imposible que sólo con ellos obtenga los 270 votos electorales necesarios para ganar. Al día de hoy Hillary cuenta con más de 300 según el pronóstico –históricamente acertado– del Centro de Política de la Universidad de Virginia.
Es improbable que Trump logre remontar en tres semanas. Ya poco tiene que perder y por eso ha declarado guerra nuclear contra su propio partido. Para luego acusarles del naufragio, del que sólo él y su secta de radicales serán responsables ante la historia.
Periodista y analista internacional.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de octubre de 2016, 2:41 p. m. with the headline "El capitán del Titanic."