ROBERTO CASÍN: Aún puede ser peor
“Si no es a sangre y fuego no los vamos a derrotar”, le oigo decir a un veterano de dos campañas en Irak que conoce bien el rostro y las entrañas del adversario. El hombre de unos treinta cortos habla con el aplomo propio de quienes tienen mucha más edad o de quien, como él, ya se ha jugado la vida a las balas con el enemigo suficientes veces. Mientras lo escucho pienso en las imágenes que han vuelto a estremecer a Occidente antes de escribir estas líneas, entre ellas la decapitación de una veintena de cristianos coptos egipcios capturados por islamistas en Libia que terminaron siendo echados como carroñas al mar. El mensaje que dejaron los verdugos, “firmado con sangre para la nación de la cruz”, es lo necesariamente claro como para que acabemos de aprendérnoslo: la tragedia se repite y, a menos que los paremos con toda la fuerza que podamos, reincidirán.
Dinamarca fue blanco hace una semana de la brutalidad islamista latente desde hace casi una década, cuando el periódico Jyllands-Posten publicó una serie de caricaturas del profeta Mahoma y sus dibujantes se vieron bajo permanente amenaza de muerte. En esta ocasión, el terrorista abrió fuego durante un debate en Copenhague sobre la libertad de expresión al que asistía el caricaturista sueco Lars Vilks, por cuya cabeza al Qaeda ha ofrecido $100,000 de recompensa. Luego hizo lo mismo en las inmediaciones de una sinagoga. Saldo de ambos ataques: dos muertos y cinco heridos, en esencia una réplica de lo sucedido el pasado 7 de enero en París con la matanza de doce personas en la redacción del semanario Charlie Hebdo, y del asalto dos días después a un supermercado judío que dejó cuatro muertos. El año pasado fueron otros tantos en el ataque de un yihadista al Museo Judío de Bruselas.
“Este no es un conflicto entre el Islam y Occidente”. La declaración, hecha por el primer ministro danés tras los sucesos en Copenhague, es el eco de una excesiva y ya endémica cautela que se nos ha convertido más en aliada del demonio que del coraje. No estamos en guerra con los fieles que oran pacíficamente en las mezquitas de Nueva York, Londres o Estambul. Pero sí con quienes se han erigido en soldados del Corán para exterminarnos y borrar del planeta la libertad y la democracia que tantos siglos nos costó obtener. No son un puñado de alucinados aislados como hay quien alega. Son decenas de miles que amenazan con ser pronto muchos más, subrepticiamente financiados desde capitales que aparentan ser neutrales. El Estado Islámico de Irak y el Levante no es una nación, es un ejército de facinerosos que pretende reinar en toda la región y una buena parte de África y Europa para luego avasallar a todo el que no crea, a la manera de ellos, en Alá.
Nuestros adversarios son fanáticos impenitentes, poseídos por el delirio de un martirologio asesino, que desprecian la oportunidad de hacerse personas que les han dado muchos de nuestros países. No nos pasemos de incautos. Se sabe qué mezquitas les dan abrigo, qué imanes los alientan, qué manos les dan de comer. Habría al menos que deportarlos a todos, antes que tener que cazarlos a tiros en nuestras calles cuando ya es demasiado tarde. Y de paso aliviarles el miedo a quienes temen caer víctimas de una islamofobia en la que terminen pagando justos por pecadores. Basta ya de darles abrigo y que en nombre de las libertades, que decimos defender, sigamos poniéndoles el cuello como corderos para que nos lo decapiten. Está bueno ya de altruismos extemporáneos. En este mundo de lobos donde desde hace siglos la última palabra la tienen los más fuertes —no los más sabios— cuesta muy caro andar con la cabeza gacha invocando una tolerancia que el enemigo no tiene.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de febrero de 2015 a las 3:00 p. m. con el titular "ROBERTO CASÍN: Aún puede ser peor."