Opinión

Fellini y la política

La pasada semana, el director de cine argentino Marcos Carnevale, a quien se deben filmes hermosas y emotivos como Elsa y Fred, Corazón de León y ahora el remake de la cinta francesa The Intouchables, que ha titulado Inseparables, le contaba a una audiencia ensimismada del Teatro Tower –del Miami Dade College– sobre su fascinación por el séptimo arte.

Cuando fue a nacer en un hospital de su pueblo natal, ocurrió que el doctor no se encontraba porque estaba disfrutando, paradójicamente, una película en el cine local.

Luego refirió otra anécdota sobre el estreno de La dulce vida, de Federico Fellini, en aquel “Cinema Paradiso” de su adolescencia, lo cual hizo que quisiera dedicarse para siempre a la realización cinematográfica

“Hay personas devotas de Dios, yo tengo el mío que es Fellini y por eso le rendí tributo con Elsa y Fred”.

Nos hizo saber cómo aprendió italiano en Roma para encontrarse un día con su director venerado, a quien le escribió en cierta ocasión y del cual recibiera una foto con dedicatoria de puño y letra.

Después le envió otra carta y, en tono de broma, le hizo saber que no era coleccionista de imágenes de celebridades y que insistía en verlo personalmente. Fellini le respondió que le devolviera la foto y que se tomarían un café cuando la oportunidad se presentara.

El día que Carnevale tocó a la puerta del “Maestro”, este se encontraba en un festival fuera de Italia. El encuentro nunca se produjo, Fellini falleció y el director argentino atesora la foto y la correspondencia.

Comparto y suscribo este tipo de admiración, y recuerdo cómo tuve que falsear mi carnet de estudiante en La Habana para tener los 13 años que se requerían cuando traté de ver La dulce vida.

Estos días ríspidos de batallas electorales es cuando más me refugio en las manifestaciones artísticas. Me sorprende ver amigos cultos defendiendo a capa y espada a este u otro candidato con sus peroratas estudiadas o espontáneas. Estoy vacunado contra los políticos y la militancia partidista me causa pavor, por lo cual estoy inscrito como independiente y ejerceré el privilegio del voto, cuando corresponda, luego de cavilar junto a mi esposa.

Me tranquiliza saber que, no obstante los excesos que padecemos, el día después no habrá “siquitrillados”, ni serán incautadas nuestras humildes propiedades y, al margen de la tendencia ideológica que logre el poder, durante los próximos cuatro años, el curso de la vida seguirá de acuerdo a nuestros propios esfuerzos sin que un comisario político medie en decisiones estrictamente personales.

Los impuestos subirán o bajarán y echaremos la bronca como corresponde. La nueva administración tendrá su filosofía que, en general, no podrá estar en las antípodas de los intereses populares, ni ignorarlos.

El péndulo retumbará a la izquierda o a la derecha, con más o menos intensidad, pero la institucionalidad de la nación no podrá ser vulnerada por líderes mesiánicos, henchidos de ambiciones siniestras y promesas quiméricas.

Una señora me preguntaba, respetuosa, el otro día, si me iría para España de asumir la presidencia uno de los candidatos. Le respondí que, en cualquier caso, seguíamos en el mejor de los mundos posibles. Yo fui un “no persona” en mi país, menos importante que cualquier extranjero, por lo cual no podría considerar mover mi campamento familiar hacia otra campiña. Miami, a donde arriban mis compatriotas en tropel, es parte consustancial de mi felicidad.

Aquí están mis vivos queridos y mis muertos adorados. Raíces profundas y pinos nuevos y las eternas manifestaciones del arte y la literatura para disfrutar la calma después de la tormenta.

Crítico y periodista cultural.

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