El debate y los tesoros íntimos de Trump
De regreso de unas vacaciones por Europa, donde los monumentos y la historia te permiten librarte de la cotidianidad abusiva de la prensa, me encontré con la noticia de que Donald Trump había fanfarroneado hace once años sobre su compulsivo impulso de agarrar a las señoras por el cofre[i]. Y que eso se había convertido en un escandalazo nacional. Es entendible. Todos debemos comprender las reglas del sexo en esta gran nación, donde uno elige libremente su preferencia y género sexual, se opera o no, y aunque un señor no se opere tiene el derecho a llamarse señora y la señora a llamarse señor independientemente de su terco DNA, siempre fiel a lo masculino o femenino. Podemos debatir nacionalmente por el baño multisex, reunirnos heterosexuales, homosexuales, travestis, swingers, trasgéneros o no, en los clubs nocturnos para practicar el sexo colectivo o en privado a toda leche, pero un hombre no puede decir dentro de un autobús que le encanta agarrar a las mujeres por el cofre. Bueno, un hombre tal vez sí, pero nunca Donald Trump.
Y el miércoles fue el debate. Quedan apenas 18 días para el gran día con su larga noche de conteos. ¿Y quién ganó la pelea? Los pundits de la prensa escrita emiten rápido su fallo. La mayoría dice que Hillary ganó (menos en Fox News, donde hacen malabares para darle la victoria a Trump). Pero el fallo de los pundits en la gran prensa escrita y la TV están usualmente fallados de antemano. Cierta vez Trump se jactó de que aunque le metiera un balazo a alguien en el medio de la Quinta Avenida de Nueva York, sus votantes no lo abandonarían. Algo parecido pasa con Hillary y la prensa: aunque las cámaras y las tintas la captaran disparando plomo en un kindergarten, publicarían que estaba ajusticiando terroristas. Es así, y es embarazoso. Porque uno puede estar en contra del Donald y desear que nunca llegue a presidir nuestra vida cotidiana, pero también esperar imparcialidad en quienes cuentan con el privilegio de informarnos. Si en vez de ser Bill Clinton quien se reúne en secreto con la Secretaria de Justicia en medio de un aeropuerto en vísperas de una posible acusación federal contra Hillary, es Melania en vísperas de una posible acusación contra Trump, faltan horas y páginas para publicar la infamia.
Cuando yo era chiquito, o jovencito, que hace ya tiempo, me enseñaron que los periodistas y los jueces eran unos señores y señoras muy respetables cuyo objetivo era eso mismo, ser objetivos.
Y ahora parece que no es así (y es posible que nunca lo fuera, solo una utopía o un buen deseo en quienes aspiraban al honor y la equidad como era el caso de mi padre). No es así. En los primeros quince minutos de este debate, tanto Trump como Hillary ––con notable dosis de ignoto desparpajo–– abogaban cada uno a mandíbula batiente por jueces de la Corte Suprema ¡partidistas! Que les arrimaran el fuego respectivamente a sus sardinas… A su ideología. Respectivas torres en el ajedrez gubernamental, como si un juez fuera otra ficha más en el viscoso bastidor de la política. Claro que hay jueces más conservadores y jueces más liberales; simple naturaleza humana. Pero en sus dictámenes el ideal de justicia aspiraría a que sus criterios personales no determinaran; no contaminaran la verdad; mucho menos una pública parcialidad. Como en el más pedestre periodismo, aunque salvando las distancias.
Cuantos se reirán de estos argumentos demodés. Aspirar a la objetividad y la imparcialidad en un mundo dominado ya desde hace tiempo por el relativismo moral en casi todos los aspectos de su vida. ¿Qué fiasco el mío?
Comentarista político y columnista de CNN en Español.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de octubre de 2016, 3:47 p. m. with the headline "El debate y los tesoros íntimos de Trump."