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Opinión

España: inercia, pánico y sensatez

En España se han evitado las terceras elecciones, gracias a una decisión del dividido Partido Socialista para abstenerse en una segunda votación en el Congreso y dejar así el camino libre y difícil a Mariano Rajoy. El impasse de casi un año se debe a la ausencia de tradición en España de un pacto en formar coaliciones gubernamentales entre formaciones ideológicamente distanciadas. Además, el problema es el resultado de dejar que los acontecimientos se desarrollen por su inercia interna, bajo un pánico innato a tomar decisiones arriesgadas.

Desde la transición de la dictadura a la democracia, no se ha intentado otro acuerdo similar a los denominados “Pactos de La Moncloa”, experimento que incluso se exportó a diversos casos de América Latina. Los partidos dejaron momentáneamente de lado sus diferencias fundamentales para priorizar el acuerdo básico.

Sin que se dijera explícitamente, se fue plasmando una “coalición” de gobierno tras las diversas elecciones. El experimento reveló el liderazgo de dos maneras de encarar el futuro reflejadas en dos tendencias. Una fue la conservadora-liberal que englobó los restos del franquismo. Otra respondió a los anhelos de la izquierda democrática que superó a los extremismos ideológicos. Una de las víctimas fue el Partido Comunista, que se quedó sin la influencia que había tenido en la resistencia a la dictadura. “Contra Franco vivíamos mejor”, clamaron tristemente.

Los resultados de las elecciones revelaban dos soluciones: con una mayoría absoluta, los conservadores o los socialistas se alternaban en el poder. Cuando les faltaban los votos parlamentarios, los partidos minoritarios se los prestaban a cambio de unos favores asequibles. Este sistema saltó en pedazos cuando en el centro del espectro surgió la oferta “liberal” y centrista de Ciudadanos, y a la izquierda del PSOE se catapultó una tendencia contestataria que se plasmó en Podemos.

La inercia bipartidista del pasado se ensayó de nuevo, pero chocó con la tozudez de los dirigentes de las cuatro formaciones fundamentales y la desaparición del valor del préstamo de los votos de los actores minoritarios y secundarios. Los autonomistas e independentistas catalanes y vascos exigían premios más sustanciales.

Hasta la decisión del PSOE, todo el panorama ha estado presidido por un acuerdo global y una paradoja. Todos declaraban rechazar la celebración de unas terceras elecciones, pero todos se mostraban atenazados por una inercia de convertirlas en única opción. Nadie cedía. El compromiso temporal entre el PP y Ciudadanos no conseguía embelesar a vascos y catalanes para que prestaran los votos de abstención necesarios. La alternativa de trocar el protagonismo del PP de Rajoy por el de Pedro Sánchez del PSOE en alianza con Podemos se estrellaba con los requiebros de Pablo Iglesias hacia los independentistas catalanes y su reclamo de un referéndum.

Todos se sentían aquejados por un pánico ante nuevas elecciones, de diverso origen pero de resultados similares. Rajoy y el PP temían sufrir nueva erosión en el número de sus votantes, que no solamente les alejaría de optar por alianzas en lograr la ansiada investidura, sino que internamente provocara movimientos para despojarle de su cargo. Sánchez sentía fundado temor a la pérdida de mayor número de votos, en la senda de los peores resultados electorales de su experiencia democrática. La competencia interna, que se ha mantenido agazapada sobre todo desde Andalucía, veía ya una oportunidad dorada para capturar la secretaría general del partido.

En Ciudadanos se temía que el provechoso protagonismo de actuar como un partido bisagra, al modo de los liberales en Alemania, se diluyera al revelarse como inocuo en conseguir la colaboración mediante la abstención del PSOE o como mínimo de las formaciones minoritarias catalanas y vascas. El problema era que hoy el precio de ese apoyo ha subido, ya que la perspectiva de la independencia supera la modestia anterior de una autonomía reforzada.

Finalmente, Podemos temía que se empeorara el daño colateral que recibió por su alianza electoral con Izquierda Unida. La bofetada fue sonora: de anhelar rebasar (“sorpasso”) al PSOE como número dos en el escalafón, el matrimonio “Unidos Podemos” recibió menos votos que cuando compitió independientemente de los excomunistas.

En resumen: todos temían nuevas elecciones pero poco hacían (o podían) para evitarlas. Por fin, la sensatez de la dirección provisional socialista se ha impuesto. Luego habrá que estudiar las consecuencias y sopesar el beneficio del remedio temporal.

Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

jroy@miami.edu

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de octubre de 2016, 0:48 p. m. with the headline "España: inercia, pánico y sensatez."

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