Aquellos polvos y estos lodos
De súbito las barricadas desaparecieron. Y se esfumaron los agentes del servicio secreto, los autos policiales, los fotógrafos, los micrófonos y los camiones de la televisión. También se largaron las multitudes de simpatizantes con credenciales de fanáticos, hasta horas antes vociferando lemas y enarbolando pancartas, mostrando altaneramente los colores del partido. Ya no hay partidarios a la vista. El foco de la atención pública cambió de lugar. No hay momento más desolado para el candidato perdedor en las elecciones presidenciales que la mañana siguiente al día de la votación. Esa ha sido la constante, en los tiempos recientes para los demócratas Al Gore (2000) y John Kerry (2004) ante George W. Bush, y para los republicanos John McCain (2008) y Mitt Romney (2012) frente a Barack Obama. ¿Sucederá este año exactamente igual? ¿Aceptará el vencido con civismo la derrota? ¿Podrá el país pasar la página y regresar a la tranquilidad?
Supongo que lo políticamente correcto sería decir que sí, que por muy crispados que estén los ánimos —mayormente luego de que Donald Trump rehusó afirmar que aceptaría una victoria de su rival en las urnas— todo se debe a que ha sido una campaña electoral muy “reñida” y “reveladora”, cuando no “grosera”, “tumultuosa” y “humillante”. Lo cierto es que en la actual batalla en pos de la Casa Blanca —que ya nos tiene hasta la coronilla— hemos visto de todo. Lo habitual y lo inaudito: hipocresía, intolerancia, cinismo, vulgaridad, arrogancia, impudicia, tozudez… Y de tanto bregar en los extremos hay quien piensa que todavía estaríamos por ver lo peor. ¿Cuándo? Después del 8 de noviembre.
El detalle está en que la mayoría de los partidarios de Trump no creen que Clinton pueda ganar genuinamente la votación. Lo confirman varias encuestas. Una de ellas, hecha por el periódico The Huffington Post, revela que sea quien sea quien triunfe en las elecciones, muchos estadounidenses no aceptarían los resultados como legítimos. En el caso de los electores que prefieren verla a ella en la Casa Blanca, el 36 por ciento estimó que Trump solo podría vencer si los sufragios son amañados, y el 53 por ciento fue mucho más lejos al asegurar que si el multimillonario es electo, no lo reconocería como “presidente legítimo”. En el bando republicano, donde el asunto es aún más peliagudo, el 57 por ciento da por imposible que Clinton pueda ganar limpiamente. Y el 64 por ciento dijo llanamente que se negaría a aceptarla.
Trump ha dicho repetidamente, sin dar pruebas, que las elecciones están “acomodadas” para que él pierda. Y aunque en boca suya la acusación amedrenta, el republicano dista de ser el único contendiente a la presidencia que ha puesto en duda la integridad del sistema electoral estadounidense. Las acusaciones de fraude revolotean desde que en 2000 la Corte Suprema intervino para dirimir una disputa en la votación en Florida. Con la reelección de Bush en 2004 hubo demócratas que aludieron a infundadas teorías de la conspiración. Hace ocho años, durante un debate presidencial, el oponente de Barack Obama, John McCain, aseguró que la organización comunitaria Acorn estaba a punto de perpetrar “uno de los mayores fraudes en la historia electoral del país”, y algunos republicanos aún viven convencidos de que Obama fue electo presidente gracias a que grupos como ese –ya disuelto— registraron innumerables votantes falsos en zonas urbanas marginales del país. De hecho, muchos seguidores de Bernie Sanders todavía piensan que Hillary obtuvo la nominación presidencial en virtud de trampas fraguadas por la poderosa maquinaria de los Clinton y la cúpula del Partido Demócrata. De modo que las sospechas no son nuevas. Vienen de atrás. En otras palabras: de aquellos polvos vienen estos lodos.
Periodista y escritor cubano.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de octubre de 2016, 6:32 a. m. with the headline "Aquellos polvos y estos lodos."