El arte de ‘cañar’
La palabra “cañar” es un colombianismo que significa decir mentiras para obtener ganancias. Se usa en el póker para engañar al otro y hacer creer que se tiene mejor juego.
La palabreja viene de ”caña brava”, un tallo que parece muy fuerte por fuera pero es hueco por dentro. Se usa en la construcción de estructuras temporales que no soportan mucho peso, tales como andamios, gallineros, ranchos de paja (guano) o corrales.
La “caña” se construye con verdades a medias, argumentos emocionales, juegos de palabras, o mentiras disfrazadas. Los terroristas también “cañan” cuando colocan un artefacto explosivo para simular un poderío bélico del cual carecen. Fidel y Maduro cañan cuando anuncian la “invasión inminente del enemigo externo” o el “complot internacional” para destruirlos.
Las cañas entraban las conversaciones, las relaciones y los negocios. Es así mismo el arma típica del marido infiel, del vendedor de autos usados y de los mecánicos.
¿Pero quién no caña? ¿Qué muchacho no le ha pedido prestado el auto a su padre, para impresionar a una novia en la primera visita? Por eso mismo, existen mentiras veniales e inofensivas; pero también hay otras tan graves que pueden colocar al mundo en peligro.
Como aquella del embajador japonés Kichisaburo Nomura cuando le renovaba su amistad al presidente Roosevelt, sabiendo de antemano que ya Hirohito había ordenado el ataque a Pearl Harbor. Por supuesto que Nikita Jrushchov tampoco se quedó atrás con la suya, cuando le comunicaba a Kennedy que sus barcos cargados de misiles llegarían a Cuba por encima de sus narices.
Por tal motivo son tan complicadas las negociaciones entre “cañeros” profesionales, como Santos y las FARC, pues ambas partes conocen de antemano que el uno es más mentiroso que el otro.
Cada vez que los diálogos en La Habana se entrababan, porque los guerrilleros pedían un imposible judicial, de inmediato en Colombia, como por arte de magia, empezaban a estallar explosivos en los pueblos; las torres de energía y los oleoductos volaban por los aires.
De inmediato Santos se arrodillaba y accedía a sus pretensiones. Así, entre bombas y genuflexiones, se fue cocinando ese mamotreto jurídico del acuerdo de paz.
Una “caña” repetida mil veces se puede convertir en verdad aceptada por el público, tal como lo vemos a diario en la publicidad y la política.
Una técnica de engaño masivo fue dividir la opinión pública; haciéndole creer a la gente que había colombianos buenos que votarían por el sí y otros malos que harían lo contrario. Santos en un mago en este arte infame.
Pero, ¿es posible un acuerdo de paz?
De hecho las conversaciones de paz con el M19 también fueron dilatadas pero con final feliz. Sus dirigentes se presentaron a su primera elección, unos alcanzaron unos curules en el congreso; y otros se convirtieron en alcaldes y gobernadores. Por desgracia también muchos de ellos fueron asesinados.
Cuando el armisticio se firmó, yo voté en aquella ocasión por el M19. A pesar de que no estaba de acuerdo con sus ideas, existía una razón racional y otra emocional, para hacerlo. Primero, yo sabía que con cada voto a favor de ellos, alejaría a los guerrilleros de la violencia. Además, quería rendir un homenaje a uno de sus fundadores y pensar que su muerte no fue en vano.
Yo fui amigo de uno de sus ideólogos, Álvaro Fayad, “el Turco” le decíamos. Él era un sociólogo de la Universidad Nacional, un hombre honesto y fiel a sus principios. Ambos nacimos en la misma ciudad, asistimos al mismo colegio y teníamos parientes comunes. Conversábamos a menudo sobre política, y por supuesto que siempre discrepábamos pero respetábamos nuestras ideas.
La última vez que hablé con él, lo encontré por casualidad en una conferencia del padre Camilo Torres. ¡Jamás los volví a ver vivos! Mucho después, cada uno cogió por su lado, ellos se unieron a sus respectivas guerrillas y murieron defendiendo sus ideales.
Nunca me arrepentí de aquel voto en 1991 y el tiempo me dio la razón. El M19 obtuvo 9 senadores y 12 representantes. No eran cañeros, ni estaban enredados con el narcotráfico. Hoy en día esos dirigentes, totalmente integrados a la sociedad, son personas que le sirven al país. Basta presentar dos ejemplos exitosos: Antonio Navarro Wolff, ingeniero con especialización en USA, ha sido gobernador, ministro y congresista. Gustavo Petro es otro profesional con estudios en Francia, quien ha sido congresista y alcalde de Bogotá (que es el segundo cargo público más importante de Colombia; la población de la capital tiene más habitantes y presupuesto que cualquier país centroamericano, caribeño, Bolivia o Paraguay).
Entonces sí es posible un acuerdo de paz, y requiere de un esfuerzo sincero y monumental de ambas partes; pero sin “cañas”.
Analista político colombiano.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de octubre de 2016, 2:49 p. m. with the headline "El arte de ‘cañar’."