Hispanidad: con penas y glorias
Se fue el mes de la Hispanidad y es como si no hubiera llegado nunca. Quizás en otros lugares resulte pintoresca la representación del arribo del almirante Cristóbal Colón, rodeado de incrédulos aborígenes, o las danzas exóticas caribeñas y la feria de quesadillas y sopes mexicanos.
No en Miami, ni en Los Angeles ni en El Paso. Aquí y allí sería tal vez preferible celebrar el Mes de la Americanidad. Algo así como treinta días para promover la cultura del trabajo, el amor a la libertad, la generosidad, la tolerancia y los valores democráticos; lo mejor de la herencia estadounidense, tan maltratada últimamente por políticos de todos los colores.
Entre nosotros la hispanidad resulta una redundancia, pues más del 63 por ciento de la población miamense es de origen hispano. Sin embargo, según varios estudios, el español está en fuga. La constante avalancha de inmigrantes mantiene cierto espejismo de bilingüismo, pero los hispanos de segunda y tercera generación —que elevan cada vez más las barras estadísticas— prefieren el inglés, cosa natural. Su idioma de herencia es deficiente: mal construido, extrañamente pronunciado y pobre de vocabulario.
“Miami, bilingüe en la práctica, pero no en la teoría”. Ese fue el título de una presentación del profesor de lingüística de Florida International University, Phillip Carter, durante la reciente Conferencia de Educación Bilingüe, celebrada en el Miami Dade College. Carter fundamentó las causas de esa tendencia de mudanza hacia el inglés. La ciudad pudiera perder su fisonomía y el activo de la lengua, con la consecuente afectación a la actividad económica, alertó.
Poco apoyo a enseñanza de español
La paradoja, según el especialista, es esta: en la ciudad más hispana del país existe poco apoyo institucional a la enseñanza de español. Esto se observa, sobre todo, en la carencia de una estrategia concertada entre los gobiernos condal y municipales, academia, industria y sociedad civil. También, en la precariedad de los cursos en las escuelas públicas, objeto de numerosas críticas. La sola existencia de clases de idioma de 30 minutos bastaría para indignar al padre de la pedagogía, Juan Comenius: con tiempo tan escaso solo puede enseñarse La ronda de los bostezos.
Reflejo de esa indiferencia fue la ausencia, en la conferencia organizada por la Asociación de maestros de educación bilingüe e inglés, de docentes de escuelas públicas: solo uno acudió, y eso que contaba para la evaluación anual. Tampoco asistió nadie del departamento bilingüe. Claro, era sábado. ¿Estaba nublado…?
En contraste, y para mi sorpresa, conocí a un entusiasta grupo de maestras de escuelas chárter. ¿Será ahora que para aprender buen español hay que matricularse en un colegio privado?
El sol sale por Utah
Sin embargo, para espantar el fantasma de la depresión, Carter insistió en que esta situación puede cambiar… para bien. Y citó ejemplos de otros estados donde ha aumentado el interés por la enseñanza bilingüe.
En California existen 500 programas de inmersión dual (español e inglés), y 700 en Texas. Y en estados de menor población hispana los avances apenarían a nuestros funcionarios. Desde 2010 Utah ha introducido 138 programas de inmersión dual. Y Carolina del Norte, que en el 2005 solo tenía siete de estos programas, ahora desarrolla 100.
Lo paradójico es que todos esos programas (y otros en el resto del país) son deudores de una experiencia gestada en Miami.
En 1963 Coral Way Elementary, con el patrocinio de la Fundación Ford, estableció el primer programa bilingüe después de la II Guerra Mundial. El proyecto respondió, de manera inteligente y creativa, a las necesidades de entonces. Los cubanos exiliados llegaban por miles y las familias —pertenecientes a la clase media— deseaban que sus hijos conservaran su idioma materno.
Campeonas del bilingüismo
Tras el éxito, Miami devino referencia obligada para la educación bilingüe; lugar de peregrinación adonde llegaban delegaciones de otros estados y países para estudiar el experimento. Esos cursos, y los que siguieron en los 60 y 70, estuvieron a cargo, mayormente, de maestras cubanas exiliadas.
Seco el llanto por lo que habían dejado detrás (bienes, casas, familiares, amigos, recuerdos), aquellas pedagogas impusieron su sabiduría y dignidad. Impartían sus lecciones —me cuentan—vestidas con suma elegancia, e imprimían a su asignatura la distinción y refinamiento que habían marcado sus vidas.
Abrieron un camino, para los que vinieron después: gracias a su entrega y talento la enseñanza del español floreció durante las décadas siguientes.
Algunas de aquellas maestras ya nos abandonaron; otras nos regalan aún su sabiduría y pericia. Mencionemos algunos de sus nombres:
María Acosta, Miriam Álvarez, Lilia Butari, Minita Cantero, Carmen Corpión, Myriam del Castillo, Viviem Díaz Caragol, Elvira Dopico, Suzel Echevarría, Marisel Elías, Haidee Helbig, Marta Aleida Hernández, Rosa Inclán, Magda Lecours, Esther López, Clara Martí, Olga Miyar, Carolina Naveiras, Carmen Perkins, Olimpia Rosado, Lourdes Rovira, Josefina Sánchez Pando, María C. Taño, Zita Todd, Mercedes Toural, Teresita Valdés, Migdania Vega y muchas otras.
Fueron, son, las campeonas del bilingüismo, adalides de la enseñanza del idioma español, y por eso merecen respeto y honor. ¿Acaso no debería el condado y el distrito escolar reconocerlo de manera oficial? ¿Habrá que esperar por el próximo Mes de la Hispanidad?
Periodista, profesor de Nova Southeastern University
emilscj@gmail.com
www.sehablaespanolblog.wordpress.com
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de noviembre de 2016, 1:26 p. m. with the headline "Hispanidad: con penas y glorias."