Si yo fuese Obama...
No es una expresión osada. Nace desde el hondo sentir de que la vida debe ser protegida ante las amenazas ciertas, cercanas, de los oprobiosos arsenales de armas atómicas.
Si yo fuese Obama, el mismísimo que en Praga el 5 de abril de 2009, apenas a 75 días de asumir por vez primera la presidencia de Estados Unidos, expresó en su famoso discurso: “Como la única potencia nuclear que ha utilizado un arma nuclear, Estados Unidos tiene la responsabilidad moral de actuar. No podemos tener éxito en esta tarea solos, pero podemos liderarlo, podemos iniciarlo", pensaría, en concordancia con esas palabras y con incólume convencimiento, que nunca antes un presidente estadounidense tuvo mi osadía de sinceridad.
Recordaría muy complacido otra frase bien dicha en el discurso que recibiera tantos aplausos de los checos: “Así que hoy, declaro claramente y con convicción, el compromiso de Estados Unidos para buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares”.
Si fuese Obama, también recordaría hoy –es necesario hacerlo- a menos de noventa días de finalizar el segundo mandato presidencial, que en casi todo el discurso de Praga lo más definido fue la política de no proliferación nuclear, la mención al tratado de la prohibición de las pruebas de esas armas y su prometida ratificación, así como la cuestión de los acuerdos anunciados con Rusia para desarmes parciales y controlados...
Si yo fuese Obama, tendría muy presente ese emocionante día, 9 de octubre de 2009, cuando el Comité Noruego me distinguiera con el Nobel de la Paz, clara y rotundamente basado en mi planteo de “un mundo sin armas nucleares”. El premio fue más que merecido por tamaña propuesta pública en Europa, nada menos que por provenir del presidente del país más poderoso de la tierra (el que posee el mayor arsenal atómico, y el que despliega más de 900 bases en todo el planeta).
Si fuese Obama, tendría presente que un casi ignoto analista político del fin del mundo escribió en El Nuevo Herald que se edita en mi país una nota titulada: “Obama: la otra mitad”, justo el día que cumplía un año como presidente. Suponía el periodista que yo no podía sino gobernar con la mitad de mis ideas, de mis sueños, de mis sanas propuestas enunciadas al asumir. La otra mitad, debía gobernar bajo la presión de los que tienen -escribía en esa columna- los hilos de la política y los dueños de los lobbies poderosos que no transan sino siempre a su favor.
Si yo fuese Obama hojearía El Nuevo Herald del 20 de enero de 2011, cuando cumplía los dos años de presidente. Allí, ese mismo columnista me bajó el hándicap: “Obama, menos que la mitad”, con similares argumentos.
Si fuese Obama tomaría en cuenta a ese columnista del fin del mundo, sobre todo la nota que tituló en El Nuevo Herald, del 7 de diciembre de 2014, “El turno de Obama”. Allí dijo una verdad que atesoro hoy: “Ahora, sin tanto poder en el Capitolio, (no nos había ido bien a los demócratas en las elecciones para ese cuerpo) Obama tiene la oportunidad y la obligación de ser el estadista que el mundo y su propio país esperan y necesitan. Es el tiempo de darle entidad a los eslóganes de sus campañas: el “cambio”, primero, y “adelante”, para el logro de su segundo mandato. Es el tiempo en el que el uso del poder para el presidente de Estados Unidos dejará de ser un ensayo de propuestas y soluciones coyunturales para convertirse en el vórtice de una gestión que no sólo su país sino el mundo todo requiere”.
Si yo fuese Obama daría el gran salto de honor y de ejercicio del poder presidencial. Pondría todo el empeño en el cambio, en el “I can”. No desaprovecharía el poco tiempo restante en la Casa Blanca. Le daría una mano de pintura, la remozaría y “me jugaría”. Le diría al mundo que no sea tenido en cuenta el voto negativo del representante de Estados Unidos en la ONU. Yo apoyaría expresamente la resolución histórica que dispone una magna gestión universal en Nueva York en 2017; un tratado internacional vinculante que prohíba todas las armas nucleares en la faz de la tierra. Eso haría.
Como no soy Obama sino el ignoto periodista del fin del mundo, me pongo de pie y le digo al Presidente de EE. UU, a viva voz:
Pues hágalo, Señor Presidente.
Hágalo antes de que concluya su tiempo en el poder.
Piense en los ciudadanos del mundo. En Michelle, en Malia Ann y en Natasha.
Piense en ese hermoso título de su libro de 2006 “La audacia de la esperanza” y a quienes se lo dedicó: A su madre y a TUTU (“que ha sido una roca de estabilidad durante toda mi vida”).
Y apriete, junto a su corazón, la medalla del Nobel de la Paz. Merézcala, definitivamente.
Columnista argentino.
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de noviembre de 2016, 8:16 p. m. with the headline "Si yo fuese Obama...."