Reflexiones sobre una elección
Esta es la primera vez que comienzo una columna ofreciendo una disculpa, pero me consideraría deshonesto si no lo hiciera. En mi última columna antes de las elecciones expresé mi opinión que Hillary Clinton sería la ganadora sobre un Donald Trump cuyas deficiencias de carácter y temperamento le impedirían ser el ganador. Así que seamos claros y directos: me equivoqué. Pero al menos me consuelo pensando en que la mayoría de los que seguimos estas cosas probamos estar equivocados.
Algo insólito sucedió: el candidato presidencial en que los votantes creían menos, les gustaba menos y pensaban menos calificado ganó la elección. En otras palabras, en lugar de tolerar cuatro años más de gobierno liberal elitista, los votantes eligieron a un candidato sin historial político con notorias deficiencias de temperamento y carácter. Una expresión muy clara y muy franca de un profundo deseo por “cambio”.
Pero seamos bien claros en esto: esta elección no tuvo por su principal objetivo el derrotar al establishment. Esta elección fue para derrotar al establishment liberal. El Partido Republicano comienza el año con más poder del que ha disfrutado en el último siglo. Mitch MacConnell es más poderoso. Paul Ryan es más poderoso. El Partido Republicano controlará la Casa Blanca, el Congreso, las nominaciones judiciales y la vasta mayoría de los estados. El Partido Republicano gobernará a Estados Unidos.
Los republicanos ganaron no solamente porque sus partidarios salieron a votar, los números no son particularmente altos, y Trump obtuvo aproximadamente el mismo volumen de votos que obtuvo Romney en 2012. Los republicanos ganaron porque millones de demócratas se quedaron en sus casas. A pesar de una avalancha de retórica apocalíptica anti-Trump, un número inusitado de demócratas no encontró a Hillary Clinton y su agenda dignos de ir a los centros de votación.
Esta es una repulsa directa a la arrogancia liberal. Esto resulta porque las preocupaciones de la élite liberal con la identidad política, vergüenza social y cambios sexuales radicales no motivaron a su “coalición del futuro”. En los últimos ocho años, el movimiento liberal ha incrementado sus ataques a la iglesia y, más recientemente, a las fuerzas del orden. Ha atacado la libre expresión, el libre ejercicio de la religión y el derecho a las armas, todo esto basado en la creencia que “la historia estaba de su lado”. El resultado es ahora claro: el Partido Demócrata ha perdido terreno con los votantes más pobres. Los ciudadanos que ganaban menos de $50,000 al año llevaron a Obama a su victoria sobre Romney en 2012. Esta vez, las encuestas a boca de urna indican que Trump aumentó las cifras republicanas en 16 puntos con los votantes que ganan menos de $30,000 al año y en 6 puntos con los votantes entre $30,000 y $50,000.
Entonces llegamos a los evangélicos. La élite liberal debiera reconsiderar su política hostil a los evangélicos que ha hecho que estos respalden a un conocido tenorio, casado tres veces, cuya foto ha aparecido en la portada de Playboy, con más votos que a George W. Bush en 2004. La escritora Kelly Monroe Kullberg en una reciente columna les pidió a sus lectores cristianos que votaran por Donald Trump como un voto de autodefensa. Así lo hicieron y, al hacerlo, han alertado a los demócratas a considerar ocho años de asalto a las libertades religiosas, un asalto tan malicioso que ha llegado a un intento de forzar a monjas a pagar por productos y procedimientos abortivos.
Los extremos de la élite liberal han chocado con su base de minorías. Trump obtuvo un porcentaje mayor del voto negro y latino que Mitt Romney. Hubo un cambio contra Hillary de 7 por ciento en el voto negro y de ocho puntos en el voto hispano.
Hillary Clinton ha sido una candidata terrible y los demócratas pudieran muy bien separarla a ella y a su marido a la periferia del partido. Sus escándalos y auto obsesiones pueden haberle costado al partido dos elecciones, 2000 y 2016. Al electorado le puede atraer un hombre llamado Barack Obama pero no su agenda. No le gustan sus aliados y a muchos millones no les gustan los “vigilantes liberales”.
Le toca ahora a la administración Trump y a los republicanos a través del país demostrar que merecen la responsabilidad que los votantes les han dado. No pueden reemplazar arrogancia liberal con populismo autoritario. El argumento de los anti-Trump es la creencia que Trump no era la mejor opción, que su carácter y temperamento no eran suficientes para ser el líder. La prueba comienza ahora. El Partido Republicano enfrenta una oportunidad histórica y cultural. Quiera Dios que la use mejor que sus predecesores liberales.
AGonzalez03@live.com
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de noviembre de 2016, 6:30 p. m. with the headline "Reflexiones sobre una elección."