El futuro con el presidente Trump
Muchos nos equivocamos, no por apoyar a Hillary Clinton, sino por no aquilatar la fuerza de la corriente que impulsaba la candidatura de Donald Trump. Otros colegas han analizado brillantemente en estas páginas las causas de este error. Intentemos nosotros imaginar el futuro.
Se me ocurre pensar en el peor y el mejor escenario posible. Lo temible para Estados Unidos y el mundo sería que el lado feo del candidato Trump saliera a flote durante su presidencia. Veríamos crecer un clima de intolerancia racial; insultos y discriminación contra homosexuales, hispanos, musulmanes; acoso sexual a las mujeres; e incluso crímenes de odio. No haría falta una sola ley para que esto sucediera. Sería suficiente no ponerle freno a lo que ya estamos observando con tristeza. En una escuela, chicos han gritado a coro que levanten el muro, mientras niños hispanos lloraban asustados. Hasta una maestra ha amenazado a un alumno con que deportarán a sus padres. Otros adolescentes han marchado con una pancarta de Trump proclamando el triunfo de la superioridad de la raza blanca. Cientos de incidentes similares están teniendo lugar a lo largo y ancho del país.
Algunos de las promesas hechas, de llevarse a cabo, tendrían consecuencias que muchos parecen no haber considerado. Poner fin a los tratados de libre comercio, por ejemplo, pudiera crear trabajos para los estadounidenses, pero al mismo tiempo subiría enormemente el precio de infinidad de productos. Baste un solo ejemplo. La mayoría de los iPhones e iPads se fabrican en China. Para una sociedad de consumo, el efecto sería inmediato, como también la escasez de vegetales y frutas en los supermercados si expulsaran de un plumazo a los hispanos que trabajan en la agricultura. Podemos pensar incluso en situaciones más peligrosas, como un alejamiento de los aliados que comparten nuestros mismos valores, y un acercamiento a países con caudillos al frente de gobiernos, como Rusia, y hasta Corea del Norte. (Se equivocan los que creen que Trump dará marcha atrás en las relaciones con Cuba.) La falta de conocimiento del protocolo diplomático podría crear incidentes de repercusión internacional. Vamos a ir más lejos. Un candidato que ha demostrado a menudo su falta de respeto por la ley, bien podría violarla, al punto de ser encausado. Algunos pronostican que no terminará sus cuatro años como presidente.
Pensemos ahora en un futuro más optimista. El peso de la responsabilidad, la impresionante historia que encierran las paredes de la Casa Blanca, la solemnidad del juramento de servir al país en las escalinatas del Capitolio, podrían dar a Donald Trump una dosis de humildad. Sin ninguna experiencia en el complejo arte de la política, con una filosofía que oscila entre el populismo demócrata y el capitalismo republicano, el nuevo presidente podría rodearse de miembros de ambos partidos que lo asesoren, y a trancas y barrancas, ir comprendiendo que muchas de las medidas que ha prometido no son posibles de cumplir. Por el momento, ya ha declarado que mantendría algunas de las cláusulas de Obamacare, y se ha referido a una cerca, y no un muro, en la frontera con México.
Aunque vivimos tiempos en que las tradiciones parecen estar desapareciendo, lo apropiado sería que todos le concediéramos a Trump los cien días de gracia que en el pasado se les ha dado a otros presidentes. No sería prudente que los demócratas nos pareciéramos a los republicanos que hemos criticado por haberle hecho la guerra al presidente Obama desde el día que fue electo. Si creemos en las instituciones democráticas, respetemos el cargo de la presidencia. Eso no significa, ni mucho menos, que no alcemos la voz en contra de políticas con las que no estemos de acuerdo. Actuemos con firmeza contra el pecado, y no el pecador… a menos que su conducta resulte una auténtica vergüenza para el cargo que habrá de desempeñar.
Una fuente de esperanza es que la mayoría de los millenials han sido quienes más se han sentido ofendidos por la victoria de Trump. Ojalá que esa frustración se convierta en activismo político, trabajo voluntario, voces unidas, no para insultar al nuevo presidente, sino para defender las leyes, las instituciones, las libertades individuales y todo lo noble –y es mucho– que aún perdura en este gran país.
Ni Estados Unidos ni la democracia han muerto. Si muestran signos de malaise, no juguemos el papel del enterrador, sino, por el contrario, del noble cirujano sanador. Los problemas de la democracia siempre se curan con más democracia.
Escritora y periodista cubana.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de noviembre de 2016, 2:40 p. m. with the headline "El futuro con el presidente Trump."