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Opinión

Santos y el reino de la farsa

El presidente colombiano Juan Manuel Santos habla a la prensa en su reciente visita a Gran Bretaña a principios de noviembre.
El presidente colombiano Juan Manuel Santos habla a la prensa en su reciente visita a Gran Bretaña a principios de noviembre. AP

Juan Manuel Santos es un pésimo gobernante y un mal farsante. Qué duda cabe. El “Nuevo Acuerdo” con las FARC lo usa para encubrir las peladuras que esconde debajo de la enjalma y para distraer a la audiencia. De paso para llegar a Oslo, a recibir su Nobel, diciéndole al mundo que este mamotreto viene bendecido por el pueblo colombiano. Ese mismo pueblo que lo derrotó en su plebiscito y que no conoce, ni por el forro, lo que han firmado ahora sus lamentables plenipotenciarios con los peores criminales de América.

Se sintió acosado el Presidente. Su derrota del 2 de octubre, en el que el 83 por ciento de los colombianos le dijeron que no se dejaban embaucar en su cuento de paz, le pesaba como una lápida amarrada al cuello.

Pero no era el único asuntico del que quería ganar olvido. La crisis económica se le vino encima con alcances dramáticos. Inflación galopante; la cartera de los bancos en estampida; las exportaciones en derrota y el déficit en cuenta corriente imparable; el déficit fiscal inmanejable; la confianza del consumidor en el piso; el endeudamiento externo doblado en sus seis lamentables años de desgobierno; la bonanza petrolera perdida; el desempleo incontenible; la inversión extranjera en cero y la interna destrozada; la tesorería sin un peso, ni para pagar las cuentas de los contratistas; los hospitales al borde del cierre; la industria sin crecer un ápice y el comercio en crisis histórica, bastarían para poner serio al más cínico.

Como si lo dicho fuera poco, ya no pudo esconder por más tiempo la Reforma Tributaria, devastadora cuenta de cobro que por sus latrocinios, y los de sus paniaguados, ha debido pasarles a la clase media y a los más pobres del país. Ya está notificado, el Presidente, por sus mismos cómplices políticos, que no asumirán el costo de su reforma, demoledor como sería para ellos en las elecciones ya próximas. Pero si no se la aprueban, las calificadoras de riesgo le quitan a Colombia el grado de inversión y ahí sí que el pasillo se le vuelve un vals.

Pero no acostumbran andar solas las desgracias, sino que vuelan como los patos, en bandadas. Se le vino encima el momento de presentar alegatos ante la Corte Internacional de Justicia, por la disputa con Nicaragua sobre gran parte de nuestro Mar Caribe, y nuestra nada avisada Canciller había anunciado a los cuatro vientos que Colombia le daría la espalda al proceso. En otras palabras, que se declararía en derrota sin defenderse. Esa decisión, la más estúpida y dañina de todas las decisiones de Santos y de la Canciller, había pasado sin daño, tal vez porque el tema estaba lejano. Pero ahora, no. Y sería bastante para tumbar un Presidente, aún prestigioso.

Hasta la semana pasada, este podía ser el retablo de las desventuras y dolores de Santos. Pero se le vino encima algo peor, si cabe. Y es que ha venido a saberse, ya sin disputa posible, que el expediente usado por él y por su fiscal Montealegre, cuando era su amigo, para ganar la reelección que lo tiene en el poder, fue un horrendo montaje de su policía secreta.

Para desequilibrar moralmente a Óscar Iván Zuluaga, su contendor victorioso en la primera vuelta, urdió Santos la trama de que en su campaña rival habían contratado un poderoso hacker para penetrar los secretos y archivos electrónicos de quienes negociaban la paz en La Habana. Todos supimos que se trataba de una vulgar estratagema, pero el escándalo de los medios y la agresión del Fiscal fueron de tal proporción que desequilibraron el debate y contribuyeron a la victoria de Santos. La otra parte la puso el fraude cometido en la Registraduría. Pero ese es otro cantar.

Pues hemos tenido que presenciar al autor mismo del disparate, el Director del CTI de la Fiscalía, Julián Quintana, confesando ante la Corte que todo había sido una invención del Almirante Echandía, el oscuro jefe de Inteligencia de Santos. El hacker, con dos personajes más, habían sido reclutados por el Gobierno, por Echandía precisamente, para infiltrar la campaña de Zuluaga y componer la escena.

Frente a este grotesco capítulo de los Servicios Secretos, el de Watergate es asunto de niños, Goebbels no pasa de ser un pobre majadero, el Che Guevara un infeliz principiante y Stalin no parece tan mal muchacho. A nadie se le había ocurrido infiltrar con delincuentes la campaña rival, denunciarla penalmente, poner en fuga a su director, Luis Alfonso Hoyos, y al hijo de propio candidato, David, amenazados con prisión, y abrir proceso penal contra el candidato mismo.

Santos tiene razón. Solo lo salva algo tan gordo como el Acuerdo Final con las FARC. Por tramposo que sea. No importa. ¡Como ya no habrá plebiscito que deba refrendarlo!

Abogado y ex ministro en el gabinete de Álvaro Uribe.

Esta historia fue publicada originalmente el 16 de noviembre de 2016, 6:57 p. m. with the headline "Santos y el reino de la farsa."

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