El peligro de una identidad dominante
En los últimos días, hemos visto lo que pasa cuando se le asigna a alguien una sola identidad. Los encuestadores supusieron que la mayoría de los latinos votarían solo como latinos y, por tanto, contra Donald Trump. Pero un porcentaje sorprendente votó por él.
Los encuestadores supusieron que las mujeres votarían principalmente como mujeres, e irían con Hillary Clinton. Pero un número sorprendente votó contra ella. Supusieron que los afroamericanos votarían siguiendo líneas demócratas rectas, pero un número sorprendente dejó en blanco la línea superior de la boleta.
Los encuestadores redujeron a individuos complejos a una sola identidad, y ahora están avergonzados. Pero los encuestadores no son las únicas personas culpables de este tipo de reduccionismo. Este modo de pensar es uno de los mayores problemas que actualmente enfrenta Estados Unidos.
Trump pasó toda la campaña reduciendo a las personas a una identidad y luego generalizando. Los musulmanes son solo una cosa, y son peligrosos. Los mexicanos son solo una cosa, y eso es ajeno. Cuando Trump habló sobre los afroamericanos, siempre habló sobre la pobreza en el centro de las ciudades, como si eso fuera el total de la experiencia afroamericana en Estados Unidos.
Los intolerantes convierten a los seres humanos multidimensionales en criaturas unidimensionales. Los antisemitas definen al judaísmo en una cierta forma miniaturizada burda. Los racistas definen lo negro y lo blanco solo de esa manera. Los populistas deshumanizan a personas complejas para encajarlas en categorías estúpidas de “el pueblo” y “las élites”.
Pero no son solo los racistas los que reducen a las personas a una sola identidad. En estos días, los antirracistas también. Para recaudar dinero y movilizar a la gente, los activistas llevan las categorías étnicas a un grado extremo.
Grandes partes de la cultura popular – y casi todos los escenarios de comedia– consisten en reducir a las personas a una u otra identidad y luego hacer chistes sobre esa generalización. Las personas que se preocupan por la apropiación cultural reducen a las personas a una categoría étnica y argumentan que quienes están fuera no pueden comprenderlo. Una sola identidad excluye a la empatía y a la imaginación.
Incluso estamos viendo una ola de reduccionismo voluntario. La gente se siente acosada, o es intelectualmente floja, así que se reduce a una categoría. Ser evangélico significaba practicar un cierto tipo de fe. Pero “evangélico” ha pasado de ser un adjetivo a ser un sustantivo, una identidad tribal simplista que transmite una afiliación republicana.
Desafortunadamente, si se reduce a individuos complejos a una cosa uno irá por la vida sin darse cuenta del mundo que le rodea. Las clasificaciones de las personas ahora dan forma a cómo ven al mundo.
Además, como ha argumentado el filósofo Amartya Sen, esta mentalidad hace al mundo más inflamable. Las líneas divisorias tribales burdas inevitablemente provocan una mentalidad victimizada y acosada de ellos contra nosotros. Esta mentalidad supone que las relaciones entre los grupos son un juego de suma cero y antagonistas. Las personas con esta mentalidad toleran la deshonestidad, la misoginia y el terrorismo en su bando porque toda la moralidad da paso al imperativo tribal.
La única manera de salir de este embrollo es recordarnos continuamente que cada ser humano es una conglomeración de identidades: étnica, racial, profesional, geográfica, religiosa, etc. incluso cada identidad misma no es una cosa sino una tradición de debate sobre el significado de esa identidad. Además, la dignidad de cada persona no se encuentra en la categoría racial o étnica que cada una haya heredado, sino en los compromisos morales que cada individuo haya elegido y con base en los cuales viva.
Salir de este embrollo también significa aceptar los límites de las ciencias sociales. Los juicios de los votantes reales se capturan mejor en las narrativas del periodismo y el análisis histórico que en las correlaciones aturdidoras de los grandes datos.
Volver a unir al país significa encontrar identidades compartidas, no solo contrastantes. Si queremos mejorar las relaciones raciales, no es suficiente tener una conversación sobre la raza. Tenemos que enfatizar las identidades que la gente tiene en común cruzando la línea del color. Si uno puede comprometer juntas a personas diferentes como los infantes de marina o los maestros, entonces tendrá que forjar una relación empática, y las personas pueden aprender de las experiencia raciales de unas y otras de manera natural.
Finalmente, tenemos que revivir la identidad estadounidense. Durante gran parte del siglo XX, Estados Unidos tuvo un consenso tempestuoso sobre la idea estadounidense. Los historiadores se congregaron en torno de una narrativa común. La gente ha depositado gran confianza en rituales cívicos como el juramento. Pero ese consenso ahora está hecho jirones, jaloneado por la globalización y la creciente diversidad, así como los fracasos de la educación cívica.
Ahora, muchos estadounidenses no se reconocen unos a otros o a su país. La frase que más escuche la noche de la elección fue: “Este no es mi Estados Unidos”. Tendremos que construir una nueva idea nacional que una e incorpore todas nuestras identidades particulares.
La buena noticia es que no hubo violencia masiva la semana pasada. Eso pudo haber sucedido en medio de un choque cívico tan feo y apasionado. Eso es un signo de que, pese a todo el temor y el enojo de esta temporada, seguirá habiendo un apego mutuo entre nosotros, algo sobre lo cual construir.
Pero tiene que haber un rechazo al pensamiento de la identidad única y una continua aceptación de la realidad de que cada uno de nosotros está en una mansión con muchas habitaciones.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de noviembre de 2016, 3:25 p. m. with the headline "El peligro de una identidad dominante."