Qué se esconde tras el mito de la paz
“El respeto al derecho ajeno es la paz”, dijo Juárez. Simple, pero no fácil. Entre las múltiples ocupaciones que he realizado desde que llegué a este país, está la de mánager de un edificio. Solo 18 apartamentos; pero no era fácil mantener la paz. Por ejemplo, a algunos les molestaban los olores que salían de la cocina de la familia paquistaní. Otros se empecinaban en beber alcohol en la piscina o mandar a los niños a que se bañaran solos. Dieciocho apartamentos, pero la paz era precaria y superficial. Así pasa con toda la humanidad. La tolerancia no es una de nuestras virtudes más abundantes.
Desde el Majabharata hasta el Corán, se narran guerras en las que ángeles, demonios y dioses pelean entre ellos. Libros religiosos –que también hablan de amor y de preceptos morales que nos llevarían a una vida mejor– se centran, y de qué manera, en la guerra.
La paradoja se acentúa porque, si bien el Yavé del Antiguo Testamento es el “Dios de los ejércitos”, o el Alá del Corán elogia la guerra santa contra los infieles, el Nuevo Testamento predica por boca de Jesús “el amar al enemigo”, pero esto no ha impedido que los cristianos desaten guerras entre sí.
Casi todos los dioses que los humanos hemos reverenciado parecen ser muy belicosos; de Osiris a Júpiter, y de Rama a Kukulkán, todos son grandes guerreros, punto en el que se apoyan los materialistas para invertir la pirámide y decir que en realidad es el hombre el que crea sus dioses. Una idea muy consoladora, pero tantas historias sobre seres superiores que vinieron a “civilizarnos”, despierta la duda de si no será cierto que esos dioses han jugado con nuestra evolución.
El “Paraíso terrenal”, Arcadia, La “Leyenda dorada” nos hablan de un tiempo maravilloso en el que vivíamos en armonía y abundancia. Sin embargo, al igual que las utopías que trasladan la paz hacia un siempre inalcanzable futuro, en la realidad, esos periodos pacíficos suelen ser “guerras frías”.
Un filósofo dijo que “La historia de la humanidad es la historia de las guerras”. Y parece que nuestra belicosidad es una condición genética, o bien que Dios o los “dioses” nos crearon así.
Toda la naturaleza está en lucha, no sólo los animales que se devoran unos a otros, sino las plantas. Como nosotros, se pelean por el sol, el agua, el suelo, los nutrientes… Hay plantas carnívoras y plantas parásitas, sin contar las venenosas y las asesinas, como el higo estrangulador.
La vida natural es cruel, su dialéctica es la de la selva, y hasta en nuestro cuerpo se desarrollan luchas contra la muerte que tarde o temprano ganará la batalla. También a veces no podemos ponernos de acuerdo ni con nosotros mismos.
Entonces, ¿de dónde viene la idea de la paz? Si el mundo natural es el imperio de la fuerza, la violencia y el abuso, ¿cómo surge ese deseo de justicia, de paz, ese presentimiento de un orden en el que los hombres puedan vivir sin matarse unos a otros? El materialismo tampoco nos da una solución, porque tanto el pragmatismo como el marxismo nos hablan de luchas, de mercados o de clases; pero luchas al fin que nos han llevado a guerras mundiales, despotismos, hambrunas, genocidios.
Generalmente, la “paz” que se nos impone como ideal y deseable no es más que la ilusión que encierra el aceptar que los poderosos con sus leyes sacrifiquen nuestras vidas en el altar de sus intereses. Los papeles pueden cambiarse, pero tarde o temprano nos encontramos en el mismo atolladero; y la relativa estabilidad vuelve a esfumarse en una lucha civil o una revolución que revela que debajo del mito de la paz estuvo siempre la guerra.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de noviembre de 2016, 3:25 p. m. with the headline "Qué se esconde tras el mito de la paz."