Los malvados ante el juicio divino
Toda vida humana concluye con la muerte: “El destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio” (Heb 9,27).
A partir del juicio particular, el destino eterno del alma se bifurca hacia la gloria (cielo) o hacia la condenación (infierno).
Sobre esto último enseña el Catecismo: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección” (Cat. Nº 1033).
Dios juzga muy misericordiosamente a los ignorantes, a los que nunca estuvieron expuestos a la sana doctrina y a la recta moral, a los que no se alimentaron de las fuentes de la divina gracia, a saber, la Palabra y los Sacramentos.
Pero les espera juicio severo a quienes habiendo sido evangelizados en su niñez y adolescencia, se descarrilaron luego cayendo en una vida egoísta y volcada hacia la maldad.
San Pablo en sus epístolas se expresaba con benevolencia hacia los paganos y hacia sus hermanos del judaísmo. No así respecto a los cristianos lapsos. La santa ira del Apóstol se encendía al recibir noticias de que en Corinto, ciudad evangelizada por él, había un caso de “una inmoralidad tal que no se da ni entre los gentiles” (1Cor 5,1). La decadencia de ciertos cristianos de Galacia lo hizo exclamar adolorido: “¡Oh, Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a ustedes a cuyos ojos se presentó a Cristo crucificado?” (Gal 3,1).
Un documento neotestamentario dirigido a judeocristianos se expresa severísimamente contra quienes apostataron de la fe: “A quienes fueron iluminados de una vez para siempre, gustaron el don celeste, participaron del Espíritu Santo, saborearon la Palabra buena de Dios y los prodigios del mundo futuro, a pesar de todo apostataron, es imposible renovarlos otra vez llevándolos al arrepentimiento...” (Heb 6,4-6). Pero habría que leer ese texto a la luz de este otro: “Para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). Aunque es difícil que quien haya vivido de espaldas a Dios y al prójimo se convierta in articulo mortis, siempre se puede implorar la misericordia divina sobre todo difunto, haya sido bueno o malo.
Una carta apostólica atribuida a San Pedro también trata con rigor a los caídos: “Si después de haberse alejado de los abusos del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, vuelven a implicarse en ellos hasta verse dominados, entonces su situación última es peor que la primera” (2Pd 2,20).
Dejamos para el final el juicio de Jesús acerca de un apóstol que bebió de sus labios la verdad salvífica y luego lo traicionó. El Señor pronunció sobre Judas Iscariote la más terrible sentencia jamás dictada: “Más la valdría a ese hombre no haber nacido” (Mt 26,24).
Sacerdote jesuita.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de noviembre de 2016 a las 3:49 p. m. con el titular "Los malvados ante el juicio divino."