La venganza de los deplorables
Para un columnista de origen cubano, como yo, es difícil abstenerse de expresar su reacción ante el deceso del tirano de Cuba, pero mis colegas han cubierto el tema con lujo de detalles así que puedo volver al tema principal en Estados Unidos: la inesperada victoria electoral de Donald Trump en las elecciones presidenciales el pasado 8 de noviembre.
Llamémosle la venganza de los deplorables. Esos a quien Hillary llamó racistas, sexistas, xenófobos y que, el 8 de noviembre, echaron abajo el negocio de las predicciones políticas.
Nadie cuyo negocio consiste en ver venir el vendaval político, lo vio venir. Oímos, centenares de veces en la campaña, que Donald Trump “no tenía ruta”. Trump “no tenía ruta” a la nominación republicana, “no tenía ruta” a obtener 1,237 votos de los delegados a la Convención Republicana, y “no tenía ruta” a los 270 votos electorales que lo llevarían a la Casa Blanca.
Pero, al final, ¿quién probó “no tener una ruta”? La clase gobernante, las élites, la arrogante y altiva prensa nacional o de corriente principal (mainstream), las élites de ambos partidos. Ninguno de estos “tenían la ruta” para detener la sublevación masiva, pero pacífica, del corazón del país, quienes le propinaron la clásica patada en el trasero.
La Declaración de Independencia dice: “Los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”. Y, en esta elección, el pueblo americano rechazó su consentimiento a ser gobernados por una pandilla de incompetentes arrogantes y corruptos.
Las élites gobernantes de principios del siglo XXI que se consideran “ciudadanos del mundo” más que americanos han sido echados al basurero de la historia. Y los Clinton, por fin, han sido despachados al fondo del basurero.
Los resultados fueron decisivos. Donald Trump ganó 30 de 50 estados para un total de 306 votos electorales contra 232 de Hillary. Este es el peor promedio de votos electorales para un candidato demócrata desde Michael Dukakis en 1988. La izquierda, para cubrirse el rostro, se aferra al voto popular, que Hillary ganó por su amplio margen de victoria en la ultraliberal California.
En el corazón del país, “the heartland”, el área entre los Montes Apalaches y las Montañas Rocosas, donde residen dos terceras partes de los votantes, el voto fue 52-44 por Trump. Esta es la continuación de una ola anti-demócrata de ocho años. Bajo Barack Obama, el Partido Demócrata ha perdido 69 escaños en la Cámara, 13 escaños en el Senado, 12 gobernadores y 913 escaños congresionales estatales. Han sido tan debilitados nacionalmente que solamente controlan poder ejecutivo y legislativo en 5 estados. Los demócratas están en su peor momento desde la década de 1920.
Nada de esto se suponía que pasara. Las élites nos advertían: “Trump perderá decisivamente. Los republicanos perderán su mayoría en el Senado y la Cámara, será un baño de sangre”. Pero, ¿qué pasó? Los políticos demócratas y el Partido Demócrata fueron rechazados de calle en las urnas. El Partido Republicano tiene más poder en Washington y a través del país del que ha tenido en los últimos 100 años. Y todo esto por una elección.
Pero los republicanos cometerían un error elemental si no analizan todos los aspectos de su victoria. Pueden celebrar victorias en estados que los demócratas habían dominado por años (Pensilvania, Michigan, Wisconsin) pero la mayoría de los votantes en esta reñida elección no votó por Trump. El Donald no ganó por populismo o nacionalismo. Ganó porque Hillary no contó con el pleno apoyo de los votantes demócratas. Era la candidata equivocada, pero la maquinaria del partido la puso ahí porque “era su turno”.
Veamos que nos traen los próximos 4 años.
AGonzalez03@live.com
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de diciembre de 2016, 7:59 a. m. with the headline "La venganza de los deplorables."