La Jerusalén de Trump
Cuando hacia fines de 2008 publiqué mi primera columna en El Nuevo Herald la titulé “La Jerusalén de Obama”. Por entonces el actual presidente de los Estados Unidos estaba completando la campaña electoral con vistas a suceder a George W. Bush, en su segundo período en la Casa Blanca. Y ante miembros de la comunidad judía de su país hizo referencia concreta a su voluntad de propiciar que la capital de Israel fuese Jerusalén.
Esas expresiones de Obama fueron la razón que me impulsó a escribir la columna citada. Precisaba en ella que el tema de Jerusalén Este (anexado por Israel luego de la Guerra de los Seis Días en junio de 1967, guerra preventiva y exitosa de las fuerzas armadas israelíes) era uno de los asuntos en discusión, junto al regreso de los refugiados, a las fronteras anteriores a junio de 1967, etc. Y si era un asunto pendiente de ser resuelto por las partes (israelíes y palestinos) y los terceros países interesados, jamás podía ser unilateralmente desvalorizado (por Obama candidato o por nadie) al punto de quitarlo del menú a resolver desde hace casi medio siglo.
En el año 1980, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CS) dictó una resolución el día 30 junio, la Nº 476. Fue votada afirmativamente por 14 miembros del total de 15 del CS, ningún voto negativo y con la abstención estadounidense. En el punto 1 expresa: “Reafirma la necesidad imperiosa de poner fin a la prolongada ocupación de los territorios árabes ocupados por Israel desde 1967, incluso Jerusalén; en el 2: Deplora enérgicamente la persistente negativa de Israel, la Potencia ocupante, a dar cumplimiento a las resoluciones pertinentes del Consejo de Seguridad y la Asamblea General” y en el punto 3: “Confirma una vez más que todos los actos y medidas de carácter administrativo y legislativo que haya tomado Israel, la Potencia ocupante, con el fin de alterar el carácter y el estatuto de la Ciudad Santa de Jerusalén, carecen de validez jurídica y constituyen una violación manifiesta del Convenio de Ginebra relativo a la protección de personas civiles en tiempo de guerra y constituyen también un serio obstáculo para el logro de una paz completa, justa y duradera en el Oriente Medio”. Más adelante el CS suscribe la Resolución 478, el 20 de agosto de ese año. Con el mismo esquema de votación: 14 positivos, 0 negativo y 1 abstención (EEUU) por la que entre otras precisiones decide no reconocer la “ley básica” (dictada por Israel que declara a Jerusalén su capital indivisible). Además expresa “a los Estados que hayan establecido representaciones diplomáticas en Jerusalén, para que retiren tales representaciones de la Ciudad Santa”.
Cabe decir que Obama, advertido por sus asesores, en menos de 48 horas de haberse pronunciado en campaña, hacia fines de (2008) sobre la Jerusalén indivisible para Israel, debió retractarse. Este columnista no puede ufanarse de haber sido el causante de esa retractación, obviamente.
Y ahora, Trump.
Hasta ya eligió al embajador y anticipó –a menos de treinta días de asumir la presidencia (será el 20 de enero próximo)– que trasladará la embajada de los Estados Unidos desde Tel Aviv hasta Jerusalén. Si hay una equivocadísima decisión a tomar, de cara a la paz que se pretende reine en el Medio Oriente (en Israel y los territorios que pueden limitadamente administrar los palestinos) es ésta de anunciar pomposamente lo de la embajada en Jerusalén. Torpeza mayúscula de un presidente que pisotea el derecho internacional y le importa menos que unos centavos, multimillonario él, que Naciones Unidas actúe a través de su organismo cuyas resoluciones son vinculante para los estados miembros: el Consejo de Seguridad.
Jimmy Carter y el NYT
En un sorprendente editorial del New York Times de hace unas semanas, el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter sugirió que Obama, antes del 20 de enero de 2017, “debe dividir la tierra de Israel en las Naciones Unidas antes de que asuma Trump”. Casi seguramente tuvo en cuenta las promesas de éste sobre el traslado de la sede diplomática de los Estados Unidos a Jerusalén, lo que contradice abiertamente las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.
Buena intención la de Carter, pero inviable. Y también apartándose del derecho internacional. Si no hay acuerdo entre las partes nada deberá imponerse reemplazando sus voluntades. Sería como repetir la injerencia de la ONU con su Resolución 181(II) de la Asamblea General que, en noviembre de 1947, resolvió la “partición de Palestina” sin consultar a los pobladores, sin respetar ese principio de la “libre determinación de los pueblos”.
En suma se puede afirmar que la decisión de Trump será la primera chispa, que desde antes de asumir, arrima a las brasas que no se extinguen todavía en el campo donde dirimen sus derechos israelíes y palestinos. Pésimo amanecer en los días de la “presidencia Trump”. Un presidente que, como este columnista se animó a suponer en una columna de el Nuevo Herald del 11 de noviembre último, por generar tanta peligrosa inseguridad a su propio país se verá ante la grave necesidad de renunciar a tan alta investidura.
Columnista argentino.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de diciembre de 2016, 5:26 a. m. with the headline "La Jerusalén de Trump."