Opinión

Latinoamérica y el 2016

El 2016 fue un año en que la crisis política generada por la corrupción en Brasil, que desembocó en la separación de su cargo de la expresidenta Dilma Roussef, sumada al ahondamiento de la desesperanza en una Venezuela que parece no tener salida, más el triunfo del No en el plebiscito para la paz ideada por el gobierno de Juan Manuel Santos, y su posterior desconocimiento a lo que mandaron las urnas, y la muerte del dictador Fidel Castro, marcaron al continente latinoamericano.

En sí, de la Patagonia al Río Bravo, extendiendo sus alas por el Caribe, nuestro continente sufre con rigor el peor de los flagelos: la corrupción. Un mal que provoca más violencia que el mismo narcotráfico. Un mal del que se aprovecha para florecer el crimen organizado y que vacía las arcas de los estados, enriqueciendo a una minoría de bandidos, mientras sume en la miseria a la mayoría olvidada. Un mal que arrasa consigo a todas las ramas del poder y que, una vez arraigado en el sistema, se presenta más difícil de erradicar que las dictaduras con todo su aparato opresivo (a veces se combinan, como en los casos de Cuba y Venezuela).

Por todo el continente surgen nuevos millonarios y multimillonarios, que podemos encontrar un fin de semana cualquiera en los centros comerciales de Miami, comprando de las mejores marcas, con el progreso, y hasta, literalmente, el alimento, que le robaron a niños que sufrirán toda su vida con la falta de oportunidades.

Ganar una elección ya no es cuestión de honor, es una inversión. Las leyes ya no son mecanismos para sacar adelante una nación, son un negocio. Todo es negocio. Y el castigo social (solo en Brasil parece haber uno penal) que recibe por ejemplo el narco, apartado de la alta sociedad y rechazado en los clubes privados, se deja notar por su ausencia. A los corruptos, repletos de dinero, se les venera en los más altos círculos. A la hora de juzgarlos, todos somos hoy el Vito Corleone de El Padrino que, en una de sus frases célebres, comentaba que no le hacía ninguna diferencia a lo que un hombre se dedicara.

Lo verdaderamente catastrófico de esta situación, es que paradójicamente, esa corrupción se ha convertido en el motor que mueve, o frena, a los países. Político elegido que la combata sin miramientos, se encuentra con que no puede ejecutar una sola obra; por el contrario, la lluvia de demandas y ataques que recibe se pueden comparar con el diluvio universal. Pero el que juega con este sistema y paga su cuota a los corruptos, mientras les exige el cumplimiento de las obras con lo que queda, se encuentra con que no solo tiene para mostrar a la hora de presentar su gestión, sino que los amigos que hace en el camino le aprueban todas las leyes.

Y después lo salvan de las garras de la justicia. Otra cuestión, que ya planea también en las naciones desarrolladas, donde la señora de la balanza y la venda en los ojos, se ha vuelto política. Una persona es juzgada o no, de acuerdo a la representación que tengan sus amigos en organismos como el Congreso.

Leí esta semana un excelente artículo de Yoani Sánchez, donde hablaba de los valores, o diré antivalores, que nutren las letras del reguetón. En ellas, la plata, por encima de todo, es lo que manda.

No demoraremos en ver a los políticos en selfis publicados en Instagram, mostrando con orgullo las pilas de billetes que le robaron al pueblo soberano que los eligió. #laleydelmásvivo.

Feliz 2017.

Escritor colombiano.

www.pedrocaviedes.com

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