Opinión

El ego de Trump, ¿un riesgo para la seguridad nacional?

Dice Henry Kissinger en su último libro, World Order, que el mayor peligro para el mundo ocurre durante la transición de un sistema a otro: “Es entonces cuando desaparecen los mecanismos de contención y el escenario se abre a actores implacables. Le sigue el caos, hasta que se vuelve a establecer un nuevo sistema de orden”. Ahora nos encontramos en ese momento de peligro, con Rusia tratando implacablemente de destruir el sistema post Guerra Fría dominado por el poder militar y económico de Estados Unidos, como única potencia garante del orden internacional.

El mayor interés de Vladimir Putin es sustituir ese orden unipolar por otro multipolar, no con la intención de hacer un mundo más equitativo, sino más inestable, un mundo de todos contra todos, en el que a Rusia le sea más fácil recuperar la relevancia perdida. En la actualidad, con una economía anémica y una corrupción endémica, el líder del Kremlin trata de mantenerse en el candelero internacional combinando el poder duro (militar) con operaciones mercenarias y ataques cibernéticos, con el fin último de desestabilizar las democracias occidentales.

El blanco principal de esos ataques han sido en los últimos años países de la Unión Europea (UE) y de la antigua esfera soviética. El objetivo: desmembrar la UE (fomentando el populismo independentista, tipo Brexit) y desmantelar la OTAN, que es la barrera principal para los planes rusos de subversión imperialista.

Y en estas aparece Donald Trump en escena en el verano de 2015.

Para sorpresa de Putin, el entonces aspirante a la Casa Blanca alineó desde un principio su política con la del Kremlin, calificando reiteradamente a la OTAN de irrelevante y apoyando los populismos nacionalistas anti-UE. Era una gran oportunidad para la agenda de Putin. Trump parecía el perfecto “Candidato de Manchuria”. Había que ayudarle a ganar la presidencia de EEUU.

El Kremlin montó una doble operación cibernética: por una parte de espionaje del Partido Demócrata, robándole información que luego divulgaba y manipulaba a través de WikiLeaks; y por otra lanzando una campaña de desinformación política con cientos de sitios en internet que publican noticias falsas en inglés, reproducidas millones de veces en Facebook. Una operación sin precedentes de sabotaje de la democracia de Estados Unidos y, por tanto, de su soberanía. Un ataque bélico sin bombas. Y sin gastos para la limitada economía rusa.

El impacto de la “ayuda” de Moscú en el triunfo de Trump es difícil de cuantificar, pero el hecho en sí del ciber-ataque (hacking) y de la intención de favorecerle es incuestionable para las 17 agencias de inteligencia de EEUU. Es incuestionable para el Congreso, que hoy mismo comienza investigaciones bipartidistas sobre el sabotaje ruso. Es incuestionable para la Casa Blanca, que ha impuesto sanciones y expulsado a 35 diplomáticos rusos. Es incuestionable para los líderes republicanos.

Incuestionable para todos menos Trump, que sigue exculpando a Rusia, desacreditando a las 17 agencias de inteligencia y –peor aún– alabando a Putin por no responder a las sanciones de Obama y esperar a que él asuma la presidencia para proseguir su “romance” político. “Siempre supe que [Putin] era inteligente”, tuiteó Trump la semana pasada.

Su obstinación en negar una realidad con graves implicaciones para la seguridad nacional se explica con una sola palabra: ego. Su egolatría le hace temer que si admite la interferencia de Moscú en las elecciones su presidencia quedaría empañada, deslegitimada, a pesar de que nadie (incluida yo) ha cuestionado su victoria en las urnas.

La pregunta que hay que hacerse no es por qué un matón mafioso como Putin intenta sabotear la democracia de EEUU; la pregunta que hay que hacerse es por qué Trump, justificando los atropellos de Putin, está ayudándole a destruir el orden internacional que desde la Segunda Guerra Mundial y después tras la Guerra Fría ha servido a los intereses de EEUU. El sistema de Pax Americana que ha promovido paz y prosperidad en el mundo, bajo principios de libertad y derechos humanos. Y en el que las armas nucleares han estado bajo control.

La hasta ahora actitud de Trump con Rusia (esperemos que cambie) no sólo es un acto de deslealtad patriótica, sino también de ignorancia de lo que se está jugando en el tablero de la geopolítica internacional. En ese tablero equivocarse de enemigo puede ser muy arriesgado. Él enfila sus cañones tuiteros y verbales contra China, pero China no pretende destruir el orden internacional dentro del cual ha prosperado extraordinariamente. Nuestro enemigo es la Rusia de Putin, que para levantar su estatura internacional tiene que destruir la nuestra, es decir, el sistema de orden mundial al que se refiere Kissinger.

Si el señor presidente electo leyera o viera los medios de comunicación rusos se daría cuenta de que sistemáticamente califican a EEUU como glavny protivnik (el principal enemigo). Moraleja: sospechen cuando un país que considera a EEUU como su principal enemigo aplaude a Trump.

Por eso la ligereza con que el futuro presidente ha tomado el ciber-ataque ruso a la soberanía nacional debería alarmar a todo el mundo. O al menos a quienes usan el cerebro para algo tan infrecuente en estos tiempos como pensar sin dejarse contaminar por los dogmas de una tribu política. ¿Cómo va a defender Trump la seguridad nacional si para él lo más importante es defender su ego?

Periodista y analista internacional.

Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa

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