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Opinión

Belleza regia

Adoración de los Reyes, de Bartolomé Esteban Murillo
Adoración de los Reyes, de Bartolomé Esteban Murillo Cortesía

La intuición germinal de Dostoievski: “La belleza nos salvará” me ha visitado una y otra vez esta Navidad. La campaña electoral fue fea y no menos las asiduas noticias diarias de desmanes terroristas, crímenes de guerra y demás desarreglos. Bien dijo Juan Pablo II que “la belleza es necesaria ya que sin ella los hombres llegan a la desesperación”.

Bastantes millones de gente hispana linda todavía celebramos la Fiesta de la Epifanía del Señor, más conocida como Día de Reyes y seguimos disfrutándonos unos días más la Navidad. Ilumina esta columna un precioso óleo de la Adoración de los Reyes del genial Bartolomé Esteban Murillo.

¡Qué hermoso!, me dije al descubrirlo. Quienes conocieron a Monseñor Agustín Román recordarán la facilidad con que exclamaba incontables veces al día: ¡Qué hermoso! Como estaba lleno de Dios –y él lo estaba– poseía una muy particular sensibilidad ante la belleza. “Como pintor he estudiado las leyes de la armonía, y todo en la naturaleza está en función de la belleza y en ella reside un profundo secreto: el Amor. La comunidad cristiana está llamada a mostrar la belleza del Amor al mundo”. La cita es de Kiko Arguello, el fundador del Camino Neo-Catecumenal.

Después del Nacimiento del Hijo Eterno de Dios en la insignificante aldea de Belén de Judá, difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía y generado más estudio como la historia de los “Magos venidos de Oriente” (Mt 2,1). ¿Por qué? De seguro, debido a que a su riqueza intrínseca potencia y realza su exterior belleza estética. Sin ir más lejos, observa cómo Murillo en vez de concentrarse en el esplendor de los Reyes y su séquito, destaca su reacción ante el Niño que les presenta con humilde devoción de la joven Virgen María. Visto desde la parte de atrás, el Rey arrodillado tiene un impacto emocional particularmente eficaz.

Todavía más atractivo el hecho de que eran auténticos “sabios” y como tales representan el dinamismo inherente a toda religión auténtica de ir más allá de sí misma; un dinamismo que es búsqueda de la verdad. “No te avengas a mostrarte donde te busco, encamina mi búsqueda allí donde deseas revelarte. No recorras conmigo mis rutas, desvíame contigo por las veredas que conducen a la luz”.

“De lejanas tierras venimos a verte”, canta la letra de un querido aguinaldo puertorriqueño. ¿Cuántos sobresaltos y jornadas les tomó avistar las murallas de Jerusalén? Tantas o más que a Cristóbal Colón dar con las playas de San Salvador. “Habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí, la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de gran alegría” (Mt 2, 10). Es la alegría del que descubre la luz de Dios y ve colmadas sus mejores esperanzas, la del que ha encontrado y ha sido encontrado.

“Entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2,11). Ante el niño regio, los Magos adoptan la proskýnesis, es decir, se postran ante él. Adorar es dar con las raíces de mi yo auténtico en las insondables honduras del ser divino. Nunca le resultó más natural a las ciencias postrarse y acatar a Dios que al dar con aquel inefable bebé recostado en el regazo de su Madre que les sonreía con rostro de Divino Niño. ¡La estrella no se había equivocado!

Amigos, les deseo la inigualable belleza de un encuentro así. Pero, ¡echemos a andar!

Sacerdote jesuita.

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de enero de 2017, 1:33 p. m. with the headline "Belleza regia."

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