Opinión

Malas intenciones

Samantha Power, embajadora de Estados Unidos ante la ONU, vota el pasado 23 de diciembre en la sede de la organización mundial por la abstención en una resolución conjunta que exige a Israel poner fin a la construcción de asentamientos en Cisjordania.
Samantha Power, embajadora de Estados Unidos ante la ONU, vota el pasado 23 de diciembre en la sede de la organización mundial por la abstención en una resolución conjunta que exige a Israel poner fin a la construcción de asentamientos en Cisjordania. TNS

Ante la reciente resolución aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, (226 desde el restablecimiento del estado de Israel) con la anuencia o, según dicen algunos, la complicidad de la administración de Obama, resulta necesario aclarar algunos conceptos para poder entender mejor las intenciones y objetivos de dicha resolución.

Su esencia se resume en el párrafo siguiente:


La resolución establece que la actividad de los asentamientos de israelíes en los territorios palestinos ocupados desde 1967, “incluida Jerusalén oriental” constituyen una “violación flagrante” del derecho internacional y no tienen “validez legal”. Exige que Israel deje de realizar tal actividad y cumpla sus obligaciones como potencia de ocupación en virtud del Cuarto Convenio de Ginebra.

Los territorios sólo son “ocupados” si son capturados en la guerra de un país soberano, establecido y reconocido, pero ningún Estado tenía una soberanía legítima o reconocida sobre la Ribera Occidental, la Franja de Gaza o Jerusalén Oriental antes de la Guerra de los Seis Días.

El Cuarto Convenio de Ginebra no es aplicable a Cisjordania y la Franja de Gaza pues, en virtud de su artículo 2, se refiere, únicamente, a “casos de ... ocupación del territorio de una Alta Parte Contratante” por otra Alta Parte Contratante. La Ribera Occidental y la Franja de Gaza nunca han sido territorios legales de ninguna Alta Parte Contratante.

El lenguaje de la “ocupación” ha permitido a los portavoces palestinos ocultar esta historia. Al señalar repetidamente la “ocupación”, logran revertir la causalidad del conflicto, especialmente frente al público occidental. Por tanto, la disputa territorial actual es, presuntamente, resultado de una decisión israelí de “ocupar”, más que resultado de una guerra impuesta a Israel por una coalición de estados árabes en 1967. El ex asesor jurídico del Departamento de Estado, Stephen Schwebel, Corte Internacional de Justicia de La Haya, escribió en 1970 sobre el caso de Israel: “Cuando el anterior ocupante del territorio se hubiera apoderado ilegalmente del mismo, el Estado que posteriormente lo tome en el ejercicio de legítima defensa, tiene más derecho que el ocupante anterior”.


En todo caso, son “Territorios en conflicto” lo cual se define como: “Una disputa territorial es un desacuerdo sobre la posesión o control de tierras entre dos o más entidades territoriales o sobre la posesión o control de tierras, usualmente entre un nuevo estado y el ocupante”.

Por lo tanto, ni son territorios ocupados, ni los israelíes que por propia voluntad se asientan en los mismos lo hacen ilegalmente.

La intención de la negociación y su principal objetivo es deslegitimizar el derecho que tiene Israel a su tierra ancestral del único estado reestablecido por una resolución de las Naciones Unidas. Las líneas del Armisticio se remontan a 1949, no a 1967, son sólo el resultado del alto al fuego de la guerra 1948-1949 en la cual Jordania (por 18 años llamada Cisjordania) ocupó la margen occidental del Jordán y Egipto ocupó Gaza. No es, ni fue nunca, frontera de ningún estado constituido. Es más: los árabes de esa zona no se autonombraron palestinos hasta después de la fundación de la OLP en 1964. Hasta entonces eran los judíos los que se hacían llamar palestinos. Por ejemplo, la Brigada Palestina del Ejército inglés en un 100% era de judíos, pues durante la Segunda Guerra Mundial los árabes apoyaban al eje nazi.

Sobran ejemplos en el mundo de territorios realmente ocupados contra cuyos ocupantes el Consejo de Seguridad jamás ha intentado siquiera discutir su situación. Por citar algunos casos; tenemos el de Ceuta, Melilla, las Islas Chafarinas y del Perejil, el peñón de Alhucemas ocupado por España contra la voluntad de Marruecos, el Tíbet ocupado por China, el norte de Chipre ocupado por Turquía, los territorios de Georgia conocidos como Abkhazia y Osetia del Sur y la Península de Crimea ocupada por los rusos.


La resolución demuestra su mala intención –al igual que John Kerry– cuando sobrevalora la incidencia de los asentamientos, obvia al terrorismo palestino e ignora la incitación a cometerlo por parte de sus dirigentes, quienes rehúsan reconocer el estado de Israel, despejando posibilidades de paz y coexistencia entre dos estados independientes: anhelo este de la mayoría de los israelíes y de los judíos del mundo. La resolución tiene, además, un objetivo velado: dificultarle a Trump cualquier plan o idea que habría tenido con respecto al Medio Oriente.

En cuanto a Jerusalén, su historia registra una sola división como resultado de la ocupación jordana. No bajo los romanos, ni los otomanos, ni los ingleses. Pero cuando Berlín se unificó después de la caída del muro, la ciudad fue de nuevo sólo Berlín. Ya no hay Berlín Oriental u Occidental. Es hora que recuerden o que aprendan que Jerusalén hay una sola: la de David, la de Salomón, la de Jesús, Capital Eterna del estado de Israel. ¿A Ud. no le parece? A mí, sí.

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