Los libros vs la tecnología, ¿una batalla perdida?
Desaparecerán los libros, igual que ya casi han desaparecido las cartas, las postales de viaje y las navideñas? No quiero ser pesimista, pero el avance de la humanidad ha conllevado siempre un alto porcentaje de destrucción. ¿Cuántas especies de plantas y animales no hemos liquidado? ¿Cuántas civilizaciones no hemos eliminado de la faz de la tierra?
La vida moderna parece conspirar contra los libros y lo que representan. Yo no me creo el cuento de las “Ferias del Libro”, ese espejismo multitudinario y bullanguero que pretende ser la apoteosis del libro, algo que se produce y se consume a solas y en silencio. He viajado mucho últimamente y he podido observar que hasta las librerías de los aeropuertos han tenido que recurrir a otros elementos para subsistir; venden souvenirs, baterías, almohadas de avión y mil chucherías más. Las revistas literarias brillan por su ausencia. Lejos están los días en que hasta en el de Miami se podía comprar Le Magazine Littéraire.
Un estudio profundo de la desaparición del libro y sus implicaciones sociales, filosóficas y culturales desborda las proporciones de esta columna, pero quiero enumerar algunas de las razones que creo conspiran contra la lectura y la literatura.
La internet. Esta mágica red que nos une y comunica tiene unos “efectos secundarios” altamente peligrosos. Recomiendo ver el documental Lo and Behold, Reveries of the Connected World (2016), de Werner Herzog, que explora las dos caras de esta moneda. En cuanto a la lectura, si bien la internet permite recibir electrónicamente en la pantalla obras completas, a una inmensa mayoría los atrapa con sus juegos, redes sociales y sus mil “aplicaciones”.
Las tabletas y teléfonos celulares: Ahora conectados hasta a la televisión, vuelven a las personas de todas las edades adictas a estar pendientes de la avalancha de tonterías que millones de usuarios comparten en Facebook, Instagram, Twitter, Linkedin, Whatsapp y otras.
La falta de transporte público: En ciudades como Miami o Los Angeles, donde uno debe desplazarse en auto, generalmente al volante, el ciudadano carece de esos momentos de espera que antes estimulaban la lectura en las paradas de ómnibus o bien durante el viaje en ómnibus o metro.
Auge de la TV: La televisión ha mejorado mucho, aunque no tanto en español, donde proliferan los culebrones. Una serie policiaca o humorística puede resultar más atractiva e instructiva que un libro, incluso para lectores avezados. Esas series son el producto de uno o varios escritores que conocen muy bien su oficio.
La literatura de pacotilla: En esta “era del selfie” abundan los escritores ansiosos por contar su historia a como dé lugar. Y al igual que esos que comparten en Facebook sus selfies al salir de la ducha, muchos se creen con la obligación de compartir sentimientos o peripecias expresados con un lenguaje pedestre que a cualquiera que se le ocurra leerlos puede hacerlos dudar de la importancia de leer.
La educación deficiente: La lectura es un hábito que suele adquirirse a temprana edad, y si los padres y los maestros no inculcan al niño la devoción por esta, las múltiples atracciones de la vida cotidiana le resultarán tentaciones más cómodas en las que caer. Ya son varias las generaciones que prefieren esperar a “que salga la película” para enterarse de qué trata el libro, por famoso que sea.
En la prensa española he leído artículos quejándose de la merma alarmante de lectores. Y lo he observado en muchas ciudades del mundo. Son pocos los que leen en aviones y aeropuertos, pero tampoco se ve esto en los ómnibus ni metros con la profusión que se veía antes. Los periódicos y revistas han desaparecido de las consultas de los médicos y de los hospitales, en cambio hay aparatos de TV en todos los salones de espera. En La Habana de mi niñez, los limpiabotas vendían libros de segunda mano, ahora ni siquiera hay limpiabotas.
La literatura tuvo su gran momento en el siglo XIX, donde era la clave para aumentar la venta de los periódicos. No habrá ya nunca escritores con la popularidad que alcanzaron Verne o Dumas padre, cuyas obras viajaban a América en barcos fletados especialmente.
La clave del éxito de aquellos autores no era solo su calidad, sino que no tenían que competir con tanto entretenimiento y tantas ocupaciones que merman el tiempo de ocio, imprescindible para leer. En la época de esos maestros, la lectura era un placer mayor, pues aún no se habían creado los teléfonos, ni la radio, ni el cine, ni mucho menos la multifacética televisión. Tampoco había CDs ni DVDs.
El porcentaje de personas que no leen es alarmante, según la prensa española. En otros países, ni siquiera se molestan en hacer encuestas. Pero no hay que culpar tanto a esos que no les gusta leer, y es que el motivo principal para la lectura es el deseo de asomarse a otra vida, a otro mundo… es una manera de enriquecernos, pero eso, afortunadamente, lo tenemos (a veces de manera genial) en un filme de ficción o un documental.
Antes el lector se fascinaba con un relato sobre Venecia o Laponia, ahora no sólo puede ver un filme sobre ese lugar, sino que no le es difícil viajar y tener él mismo la experiencia y hasta escribir un libro sobre el tema. El atractivo y el tiempo de la lectura se han reducido irreversiblemente, sin embargo los que quieren escribir su historia encuentran tiempo y forma para hacerlo. Los lectores disminuyen, pero parece que la literatura mediocre y “la selfie” seguirán contribuyendo a la posible desaparición del libro.
Escritor y crítico musical.
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de enero de 2017, 8:22 p. m..