Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

DORA AMADOR: El descarte de los viejos

Como todos los miércoles, el Papa Francisco dirigió su catequesis de este 4 de marzo a miles de personas reunidas en la Plaza San Pedro en Roma, y al resto del mundo interesado en su mensaje. Siempre trato de leerlas, si no el mismo día al otro, antes de que se me pierda y la olvide en el torbellino de información global que nos llega o buscamos, no sabía por qué. Perdiendo así la experiencia del ahora de la vida. Ya lo sé: es idolatría y por tanto, he hecho el compromiso de destronar al ídolo para centrarme en la verdad. Y así rezo: Oh, Dios, mantenme en tu verdad.

Las catequesis de Francisco me enseñan, fortalecen y sobre todo, me animan a seguir viviendo en esta generación de la barbarie en que existimos intentando no sufrir de ansiedad, sin angustia, con esperanza, con fe, que es la luz que disipa las tinieblas y me ilumina el camino.

“La fe es confiarse al amor y a la misericordia de Dios, que acoge y perdona, que “sostiene y orienta la existencia”; es volverse a Dios lo que hace que uno sea estable y se aleje de los ídolos. La idolatría sería lo contrario a la fe, que dispersa al ser humano en múltiples deseos y que “no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto”, nos dice del Papa Francisco en su Encíclica Lumen Fidei.

Quiero compartir con ustedes la maravillosa catequesis. He cortado algo por cuestión de espacio, pero la esencia permanece:

“Hoy reflexionamos sobre la problemática condición actual de los ancianos y el próximo miércoles, más en positivo, sobre la vocación contenida en esta edad de la vida”.

Sí queridos, los ancianos tenemos una vocación, lo sé, la vivo. ¿No es acaso el mismo Francisco un ejemplo? Tiene 78 años, le falta medio pulmón, y obsérvenlo, escúchenlo, lo que predica, lo hace. ¡Y qué cosas tan nuevas predica! Está cambiando radicalmente para bien la Iglesia y a los cristianos.

“Gracias a los progresos de la medicina”, dice Francisco, “la vida se ha prolongado: ¡pero la sociedad no se ha “prolongado” a la vida! El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado para hacerles lugar a ellos, con respeto y consideración por su fragilidad y su dignidad.

“En una civilización en donde no hay lugar para los ancianos, en la que son descartados porque crean problemas... es una sociedad que lleva consigo el virus de la muerte.

“En occidente, los estudiosos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los viejos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, es más, es un gran desafío para la sociedad contemporánea. Sin embargo una cierta cultura del provecho insiste en hacer ver a los viejos como un peso, una “lastre”. No sólo no producen sino que son una carga. Hay que descartarlos. ¡Es feo ver a los ancianos descartados, es una cosa fea, es pecado! Hay algo vil en este acostumbrarse a la cultura del descarte.

“Ya en mi ministerio en Buenos Aires… recuerdo cuando visitaba asilos hablaba con cada uno y muchas veces escuché esto. ‘¿Cómo está usted?’ ‘Bien, bien’ ‘¿Y sus hijos, cuántos tiene? ‘Muchos, muchos’. ‘¿Vienen a visitarla?’ ‘Sí, sí, siempre, siempre, vienen’. ‘¿Cuándo vinieron la última vez?’ Y así, la anciana, recuerdo una especialmente, decía ‘en Navidad’. Estábamos en agosto. Ocho meses sin ser visitada por los hijos. Ocho meses abandonada. Esto se llama pecado mortal. ¿Entendido?

“Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de acogida, que haga sentir al anciano parte viva de su comunidad.

“Los ancianos son hombres y mujeres de quienes hemos recibido mucho. El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente de todos modos, aunque no lo pensemos. Y si nosotros no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.

“Frágiles, somos un poco todos los viejos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están solos, y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de cuidados indispensables y de la atención de los demás. ¿Los abandonaremos a su suerte? Una sociedad sin proximidad, en donde la gratuidad y el afecto sin compensación van desapareciendo, es una sociedad perversa.

“La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la cual la proximidad y gratuidad dejaran de ser consideradas indispensables, perdería con ellas su alma”.

Palabracubana.org

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de marzo de 2015, 11:00 a. m. with the headline "DORA AMADOR: El descarte de los viejos."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA