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Opinión

JORGE DÁVILA MIGUEL: Chomolungma no aguanta más


La modelo norteamericana Paris Hilton (sentada) asiste a la gala de clausura del Festival del Habano en la capital cubana, el pasado 27 de febrero.
La modelo norteamericana Paris Hilton (sentada) asiste a la gala de clausura del Festival del Habano en la capital cubana, el pasado 27 de febrero. Getty Images

Confirmado: Sir Edmund Hillary y su ayudante el sherpa Tenzing Norgay se estremecen en sus tumbas. La cima del mundo, que escalaron para gloria de la Humanidad hace medio siglo, ha ido cambiado con los años su glacial y celestial composición. Con pasos cada vez más acelerados. En 1953 fue una hazaña llegar a la cima, hoy es como una romería: cada año unos 700 expedicionarios acometen la aventura, que dura como dos meses en culminar incluyendo la bajada. Y ahí está el problema.

Démonos cuenta. En cualquier momento cualquiera de nosotros pudiera encontrarse escalando por allí.

Así lo repiten todos los expedicionarios: lo más aconsejable, cuando uno está escalando el Monte Everest y tiene algún retortijón de barrigas o la inusitada presión en la vesícula urinaria es abrir un hueco en la blanquísima nieve de la montaña más sagrada en todo el Himalaya: el Everest, Chomolungma, como le llaman en tibetano y que significa Diosa Madre de la Tierra. Y ahí se alivia uno. Ahora bien, considerando la polución, si multiplicamos 700 expedicionarios por 60 días de estancia promedio en las estribaciones de Chomolungma, nos da la cifra cerrada de 42,000, que serían los huecos para la normal deposición sólida diaria del conjunto escalador por temporada. Si a esto sumamos los 84,000 huequitos para las dos micciones cotidianas que, conservadoramente hablando, emite cada escalador, solo en los últimos diez años ya hay unos dos millones cien mil testimonios sembrados como minas ––aunque congeladas–– del voraz apetito occidental por alcanzar la gloria inalcanzable de Edmund Hillary y Norgay. Sin contar con las miles de latas de Coca-Cola y envoltorios metalizados de papitas fritas que deben de quedarse cada año regadas por la nieve; ni tampoco los doscientos cadáveres de expedicionarios sepultados hasta hoy porque nunca terminaron de subir o de bajar.

Lo que me lleva, por sabe Dios qué enrarecida asociación, a Paris Hilton y su reciente visita a La Habana. Ella, que tiene nombre de hotel, no tiene nada que ver con aquel Havana Hilton que nunca le quitaron a su abuelo, sino a la Caja de Retiro del Sindicato Gastronómico cubano, su verdadero propietario. La cadena Hilton le dio su nombre con motivos comerciales porque se ocupaba del mercadeo y la administración en la colosal instalación. Pero esto es demasiado serio y no tiene que ver mucho con Paris Hilton, y ni siquiera con los Himalayas ni el drama existencial del Chomolungma.

The Times They Are A-changin', los tiempos cambian, como decía Bob Dylan. Antes llegaban a La Habana guerrilleros, los eternos insurrectos, los clandestinos-arma-bronca que iban a bañarse en la luz del Faro de América Latina, dispuestos a hacer la revolución continental y hasta planetaria. Especímenes de otra especie, cuyo brillo era justamente no brillar. Y ahora son Paris Hilton, Beyoncé, y las que vendrán. No hay nada malo en eso, que son todas señoras que están muy simpáticas, elegantes y muy bonitas, que atraen la atención internacional y de todos los canales; pero es que en cualquier momento se me tiran una instantánea con una boina estilo Che Guevara en La Cabaña. Cuba como retablo. Miles de nuevos expedicionarios queriendo ansiosos pasear para degustar el Chomolungma, la Cuba de que tanto intranquilizó y desconcertó a tantos durante tantos años. Pero eso es imposible.

Cuba como retablo. Tampoco hay que ser tan ortodoxo, ni lamentarse que ese cerebro privilegiado que es el de Paris Hilton sirva como guía, como foco de atención mundial para iluminar por estos días precisamente la farola del Morro. Bienvenido el glamour y la diversidad. No hay nada que criticar, nada más que reseñarlo por el pobre oficio de un cronista de las cosas. Un país hermoso y contrahecho que se abre al mundo para que el mundo se abra a él. Pero qué pasará cuando ya no esté la efervescencia, cuando la última cámara de flash se apague en las oscuras calles de La Habana. Cuando todos las celebridades, y los senadores, y los empresarios hayan pasado por allí.

Nada que criticar. Solo observar el camino de los turistas por la escabrosa topografía del Chomolungma y poner si es posible una apropiada cantidad de sanitarios.

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de marzo de 2015, 1:00 p. m. with the headline "JORGE DÁVILA MIGUEL: Chomolungma no aguanta más."

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