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Opinión

Abróchense los cinturones, aterrizamos en Trumpistán

“El carácter de un hombre es su destino” advirtió Heráclito, el sabio filósofo de la Grecia Antigua. Desde entonces la Historia de la Humanidad le ha dado la razón. Y, desde mañana, cabría añadir que “el carácter impulsivo y vengativo de un hombre será el destino del mundo”.

La insaciable búsqueda diaria de enemigos, pelea y venganza ha sido el motor de Donald Trump durante sus 70 años de vida, su modus operandi: atacar, intimidar, tomar represalia, dominar, desorientar, dividir, desestabilizar. Ahora podrá seguir haciéndolo con un arsenal mucho más poderoso: comercial, político o militar. Bienvenidos a Trumpistán. El país que parecía imaginario pero que en pocas horas será muy real.

Un lugar en el que no habrá un día sin tensión o incertidumbre. Ni una noche en la que desde algún rincón del planeta un líder, loco o cuerdo, responda a las embestidas del tuitero y provocador en jefe sentado en la Oficina Oval. Atrás quedan las normas de convivencia cívica y política –nacional e internacional– que hicieron de los Estados Unidos el país excepcional e indispensable, con el que el mundo podía contar en situaciones de crisis o amenazas.

Not anymore. En el mejor de los casos, y por orden del imperioso Donald, será un país “transaccional”, en el que cualquier acción (por ejemplo ayudar a los aliados) esté condicionada a una transacción, a un deal, como si el mundo fuera un gran negocio de real estate, y las complicadas relaciones internacionales fueran vendibles o comprables. Ya ha advertido Trump que si los socios europeos de la OTAN no aportan más fondos no va a protegerles en caso de que Rusia les ataque. Y tampoco va a perder el tiempo en defender los derechos humanos ni promover libertades democráticas, como ha sido tradición de la diplomacia norteamericana. El caso más patente es la recompensa que planea concederle a su admirado Putin después de invadir Crimea y hostigar a otras partes de Ucrania: levantarle las sanciones impuestas por Obama. ¿A cambio de? De algo será, pero aún no lo sabemos.

Y todas estas sacudidas del orden establecido se deben al carácter de un hombre que no sabe vivir en paz. Y a todos nos la quitará. Al carácter narcisista y autoritario que ha sido capaz, a tan sólo tres días de asumir la presidencia, de declarar guerra de desprecio a Europa y a la OTAN y simultáneamente anunciar que estrechará lazos con Putin, el enemigo acérrimo de Occidente. Porque como hombre inseguro al fin, Trump es fuerte con los (que percibe) débiles y débil con los (que cree) fuertes.

El presidente entrante es el primer líder estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial que no apoya la integración de Europa; el primero que rechaza la política de “Una Sola China”; el primero que insulta a nuestro principal aliado al sur del continente, México, y al principal aliado en Asia, Japón; el primero en atacar a las 17 agencias de inteligencia nacionales; el primero en defender al que durante un siglo ha sido adversario estratégico, Rusia. Y el primero a favor de la proliferación nuclear.

Necesita enemigos. Y ya tiene una larga lista –al mejor estilo nixoniano–, según se ha filtrado desde Trump Tower. La encabezan como era de esperar periodistas, medios de comunicación y más de un centenar de profesionales de inteligencia y seguridad nacional que considera desafectos. O sea, todo aquel mensajero de la realidad, todo el que no le profese una servil adulación tipo Sean Hannity & Co. en Fox News.

Silenciar a la prensa como pretende Trump no es ninguna novedad, es la técnica que han usado todos los autócratas desde tiempo inmemorial. Pero en una democracia como la que (todavía) tenemos, la función de una prensa libre no es sólo esencial, sino el único escudo contra dictadores.

Hace un siglo que el presidente Theodore Roosevelt advirtió: “Afirmar que no se debe criticar al presidente o que debemos apoyarle incondicionalmente, aunque esté equivocado, no sólo es servil y antipatriótico sino una traición moral al pueblo americano”. Palabras que demuestran sabiduría y humildad.

¿Pero conoce Trump lo que es la humildad?

Si lo conociera se daría cuenta de que no está su índice de aprobación (sólo 40%, el más bajo desde 1970) como para seguir faltándole al respeto a las personas, a las instituciones, a los países y a la verdad. Sobre todo a esta última. Se daría cuenta de que su principal tarea es unir al país que con tanto ahínco se ha esmerado en dividir, para poder vencer en las elecciones. Triste victoria. Triste el rumbo de colisión permanente en que nos ha embarcado.

Pero necesita enemigos. Es su naturaleza. Es su destino. Y, querámoslo o no, el nuestro.

Periodista y analista internacional.

Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de enero de 2017, 1:24 p. m. with the headline "Abróchense los cinturones, aterrizamos en Trumpistán."

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