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Opinión

Esperando el tsunami

Hay un lugar donde el movimiento anti-establishment no parece haber calado. Pese a los altos números de Trump —más del 54 por ciento de los cubanos de la Florida votaron por él—, en esta región, bendecida por el clima, no hay atisbo de revuelta de clase media contra élites dirigentes ni nada por el estilo.

Eso ocurre en Italia, Holanda, Austria, Bélgica, bien lejos. Aquí, en esta soleada República Bananera, aquí no. Puede que algún ciudadano se sienta relegado y despreciado, pero la mayoría ni siquiera se lo plantea. Así pues, no hay protestas en ciernes, digamos, por la pobreza, la violencia o la corrupción.

Nadie se indigna por ese flacucho diario que nos anuncia desde hace años que al régimen chavista le quedan horas, por los anuncios en la radio voceados por periodistas, por el abuso de cámaras en semáforos o elevados peajes; tampoco por el reinado silencioso de los cabilderos. Nadie pide más control sobre los gobiernos locales ni reprocha a los políticos que laboren enclaustrados, en sesión permanente, sin responder a las demandas de sus electores.

Sobornos, contratos sin licitación, conflictos de interés, opacidad, políticos-cabilderos, abuso de poder. En ambiente tan malsano se requeriría que los servidores públicos fueran reclutados entre misioneros josefinos y monjas teresianas. Y, sin embargo, la profesión de político, aunque desacreditada por doquier, puede tornarse ferozmente competitiva. Vean, si no, lo que sucede en el distrito 3 de la Ciudad de Miami: Frank Carollo deja su puesto de comisionado y ya han saltado diez aspirantes a sustituirlo, entre ellos, Zoraida Barreiro, Danny Suárez, Alfonso León, Alex Domínguez y Joe Carollo (Tommy Regalado aún no se decide, pero lo está considerando seriamente).

Siempre me pregunté, en medio del esfuerzo por conseguir el pan nuestro, qué podría motivar, por ejemplo, a un abogado a dedicarse a la política a cambio de un exiguo salario y una alta cuota de tensiones como para minar la salud estomacal de cualquiera.

Un amigo, quien fue ayudante de un comisionado durante años, me dice que algunos políticos andan tras la pensión, incluidos cobertura médica para la familia y seguro de vida. Esa pensión es suficientemente atractiva: el salario completo, que puede llegar a las tres cifras. Pero, a su juicio, lo más importante es la oportunidad de tejer la red de relaciones: “Contar con un político dentro de una empresa deviene un asset; un imán para clientes… Para los que quieren llegar a la Cámara o al Senado, los contactos resultan imprescindibles. El político local busca su escalera”.

Un político puede resolver cuestiones tan perentorias como acelerar la concesión de una vivienda asequible (Plan 8), el perdón de una multa de tráfico y hasta un puesto de jardinero en el departamento de parques y recreación.

Indago si no reciben gratificaciones materiales. “Desde luego”, me dice. “Contando beneficios y subvenciones por auto y teléfono, el salario real ronda los 100 mil dólares”. No está mal. Algunos ingenieros tienen que sudarla para llegar a 80 mil…

Con todo, a algunos lo que les atrae es la adrenalina que proporciona el ejercicio del poder. Mandar, decidir un presupuesto, recibir reconocimiento social o, simplemente, estar en el candelero televisivo. Criticamos a Maduro, Morales y Ortega por atornillarse al sillón presidencial, pero estos señores actúan bajo la misma premisa: se creen imprescindibles, insustituibles, genéticamente predestinados para dirigir. Tal vez eso explique ciertos amagos dinásticos: Fulano y su hijo; Mengana y su hija; Zutano y su mujer; Perengano y su hermano.

Lo ideal sería que estos puestos se ocuparan solo por cuatro años y sin remuneración alguna; veríamos entonces quién siente verdadera vocación de servicio público. Los políticos jóvenes, inexpertos, honestos e idealistas son una rareza. Una amiga, activista del barrio, quiso explorar la posibilidad de postularse para un puesto vacante. “No te lances”, le recomendaron. “La campaña se vislumbra muy sucia y no tienes por qué someter a tu familia a ese mal rato”. Tiró la toalla, lo cual es comprensible.

¿Y quién es capaz de promover recaudaciones de campaña si es un desconocido? Las contribuciones de empresarios y urbanizadores se hacen bajo promesas tácitas o explícitas. Un permiso acelerado, una inspección ajustada, un cambio de zonificación. Los vecinos dan votos; los empresarios, donaciones. ¿A quién satisfacer? Es cierto que deben ser los representantes del pueblo; pero, como políticos, velan por el bien común. Y, para ellos, este puede materializarse en ese edificio mastodóntico, que viola todo ornato y sentido común, pero asegura impuestos de impacto (gastos sociales por nuevas construcciones).

Ahora la ciudad de Miami cocina una ordenanza para, sin cambiar la zonificación, permitir a constructoras levantar estacionamientos en áreas donde hasta ahora estaba prohibido. Los vecinos temen que, a la postre, eso termine mal. Porque ¿quién asegura que el resultado coincida con el bonito diseño del plano? ¿Y por qué no construyen según las reglas ya aprobadas sin amenazar los vecindarios? ¿Habrá proliferación de estacionamientos en áreas residenciales?

En cualquier puja entre residentes y urbanizadores, los primeros tienden a perder. Es demasiado el dinero en juego. No en balde el sector de la construcción es la fuente principal de delitos de corrupción en todo el mundo.

En Miami los políticos se reciclan. Con sus engordadas pensiones a cuestas, cambian de residencia con celeridad, según sea la vacante en Hialeah, Doral o Miami. No importa que la prensa haya reflejado sus broncas maritales, desenmascarado cuadrillas de boleteros o reportado sus excesos en el volante. Vuelven a postularse sin el menor sonrojo. Lo extraordinario —y deprimente— es que salen elegidos por los mismos votantes que ellos defraudaron. Como que nos los merecemos, ¿no?

Ni esperanza de tsunami anti-establishment.

Periodista, profesor de Nova Southeastern University.

emilscj@gmail.com

www.sehablaespanolblog.wordpress.com

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de enero de 2017, 5:07 a. m. with the headline "Esperando el tsunami."

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