Claro de luna
Durante la pasada ceremonia de los premios Globos de Oro, cuando el equipo de producción del filme Moonlight subió al escenario para recibir el galardón al mejor filme dramático, no dejaban de subrayar que corrieran la voz.
Recientemente volvieron a sorprender con varias de las principales nominaciones al premio Oscar de la Academia, sobre todo en las categorías de mejor filme y mejor director.
Si la noticia hubiera sido que alguno de nuestros equipos de deportes estuviera cerca de ganar un campeonato nacional, la noticia correría como pólvora en los medios de prensa, porque vale la pena mencionar que Moonlight es un producto artístico “made in Miami”.
Hice una somera investigación online para constatar si líderes de la comunidad afroamericana se hubieran mostrado felices de este éxito, considerando que el año pasado, los miembros de la Academia fueran duramente reprendidos por “blanquear” premios y nominaciones al Oscar, pero no los encontré.
Teniendo en cuenta las tensiones raciales que han desencadenado desencuentros fatales entre personas de la raza negra y la policía en distintos puntos de la nación, hubiera sido un gesto hermoso que el Presidente saliente considerara elogiar públicamente a los realizadores de un filme tan estremecedor.
Dirigido por Barry Jenkins a partir de la pieza teatral In Moonlight Black Boys Look Blue, del también dramaturgo negro Tarell Alvin McCraney, ambos crecieron en la barriada de Liberty City.
Narra la historia en tres tiempos de Chiron (niñez, adolescencia y adultez), un pequeño y desolado chiquillo, con la madre sobreprotectora adicta al crac y sin padre conocido, a lo cual se suma el hecho, conmovedor en su circunstancia, de que es gay.
Moonlight es una oda a las consecuencias perturbadoras del desamor. Chiron irá buscando asideros entre las personas más insospechadas para salvarse de un eventual naufragio personal, que irá asumiendo paulatinamente.
De niño tropieza con una figura paterna –Juan–, quien resulta ser de origen cubano. Luego de sentirse cómodo con su presencia y la de su novia en una casa acicalada que él nunca ha disfrutado, cae en cuenta de que ese hombre solidario con su infancia solitaria, trafica en el barrio la droga que ha desequilibrado a su madre.
Esta no es la Miami de las postales turísticas, sino de lugares donde la certeza del progreso se ha demorado en ingresar. El director Jenkins y el dramaturgo McCraney, personalmente, lograron eludir la espiral de desesperanza. No se trata de un camino sin salida para la comunidad afroamericana, pero requiere un esfuerzo extra.
Por su parte, los grupos LGBTQ celebran que, finalmente, una película afín a la controversial temática, sobre todo entre la masculinidad de origen negro, pueda alzarse con la estatuilla luego de la desilusión sufrida por el filme Carol –la historia de un amor lésbico– el año pasado.
Otros análisis se preguntan si esa propia comunidad está apoyando la película, como debiera esperarse, asistiendo a salas llamadas de arte, que es donde se ha estado proyectando mayormente. Sitios que, por otra parte, no abundan en sus vecindarios.
Moonlight cuenta, además, con la competencia desigual del musical La, La Land para poder alzarse con el Oscar. Ambas experiencias cinematográficas están en las antípodas conceptuales, aunque coinciden en el esfuerzo de sus personajes por encontrarse y llegar a la realización individual, ser aceptados, en odiseas bien distintas.
Jenkins abre un camino de desgarradora sinceridad, es un antes y después referido al tópico, a diferencia del musical que, si acaso, refresca el género. Dispensa a sus personajes marginales y desvalidos una luz poética y transcendente. En medio de la desdicha, el amor se sigue abriendo paso como el sentimiento que nos humaniza.
Moonlight se exhibe en el Teatro Tower del MDC.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de febrero de 2017, 4:44 a. m. with the headline "Claro de luna."