¡Cállate y escucha!
Aunque no estamos en “1984”, la falsificación de la realidad que profetizaba George Orwell para ese año se está cumpliendo en 2017. En su célebre novela de ficción política, el estado dictaba las mentiras desde el Ministerio de la Verdad, encargado del gran experimento de manipulación y dominio de masas. Con cínicos lemas como “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, adoctrinaban a los ciudadanos, haciéndoles entender que lo que hasta ese momento habían aprendido, visto o escuchado no era cierto, que la única verdad era la que el gobierno Big Brother les decía.
El protagonista de 1984, Winston Smith, era el responsable de la propaganda y el revisionismo. Por supuesto todo pensamiento independiente estaba penalizado. Winston incluso reescribía los artículos de los periódicos para ajustarlos a la línea del partido gobernante; y luego engañaban al pueblo explicándoles que eran sólo correcciones de errores, en vez de adulteraciones de la realidad.
Treinta y tres años después de esa sociedad distópica que imaginó Orwell, nuestros Winstons (hay varios) intentan inocularnos con mentiras enormes, que la administración de Donald Trump a través de su ministra de Propaganda, Kellyanne “Winston” Conway, llama descaradamente “hechos alternativos”. O sea, cuando la realidad no les conviene, pues no problema, fabrican otra. Si las imágenes demuestran que la multitud de la inauguración de Trump fue muy inferior a la de Obama, presto sale a la tribuna el portavoz presidencial, Sean “Winston” Spicer, a negar con rotundidad lo que el mundo entero vio con sus ojos: “Ha sido la mayor multitud de la historia. Punto”.
Más extravagantes desde luego son las mentiras (más de 20 en los últimos días) del gran fabulador en serie, el propio Trump, que ahora asegura entre otras falacias que él no perdió el voto popular sino que “hubo un fraude masivo de 3 a 5 millones de votos”. Irresponsable. Risible. Priceless.
Y así, un ejemplo tras otro, los 13 vertiginosos días de esta presidencia orwelliana han revelado una inquietante estrategia: negar la realidad objetiva sustituyéndola por una “alternativa”, amordazar a la prensa, eliminar toda disidencia, concentrar el poder en una camarilla, y –ante todo– actuar a la velocidad del rayo. Para confundir y que apenas haya tiempo de que el país reaccione. Fabricar una o varias controversias diarias que hagan olvidar las del día anterior y –lo más importante– opaquen la deriva autoritaria en la que Trump y su conciliábulo están embarcando a Estados Unidos. Todo rápido, caótico, como siempre han sido las tomas de poder a lo largo de la historia: por asalto.
Fulminantes son los despidos de quienes consideran disidentes. Tajantes las amenazas a más de 1,000 diplomáticos de que “o apoyan a Trump o renuncian”. Súbita la prohibición a agencias federales de toda comunicación pública hasta que les asignen supervisor (censor). Veloz la erradicación de toda huella hispana, eliminando el web site en español de la Casa Blanca y excluyendo a hispanos del gabinete. Radical el trato displicente a México. Explosiva la prohibición de viajar a EEUU a más de 200 millones de musulmanes y refugiados. Hiriente el desprecio a los judíos excluyéndolos en la conmemoración del Holocausto.
Pero entre todos los edictos y diatribas ninguno supera sin embargo a la guerra a muerte contra los medios de comunicación. Una estrategia deliberada para situar a la prensa como el gran enemigo a destruir. En el diccionario de Trump “enemigos” son los periodistas que cometen la osadía de decir verdades, de investigar los hechos, verificarlos, de vigilar los abusos de poder y destapar la corrupción. Por eso quiere eliminar a la prensa seria erosionando su credibilidad. Hasta que llegue un momento en que una gran mayoría de la sociedad le crea sólo a él y a sus medios serviles. Con eso sueñan él y sus secuaces. De hecho sueñan y actúan para que la sociedad al completo se les rinda. Todos a callar y obedecer.
Trump posee el ímpetu, ego y ambición imperial, pero el cerebro tras el poder es Stephen “Winston” Bannon, su consejero y estratega político, a quien ya califican de “presidente de facto”. Un ideólogo provocador, con una agenda radical de nacionalismo blanco que en noviembre declaró a la revista Hollywood Reporter que le gustaba que le compararan con seres malvados: “Darth Vader. Satán. Eso es poder”. Y grandes poderes le acaba de conceder Trump nombrándole “principal” en el Consejo Nacional de Seguridad, al tiempo que ha sacado nada menos que al Director Nacional de Inteligencia y al Jefe de los Generales del Pentágono. Algo inconcebible y sin precedentes.
Antes de trabajar para Trump, Bannon dirigió un website de tintes fascistas y odia a los medios de comunicación serios, a los que nunca ha podido pertenecer y ahora pretende exterminar: “La prensa debe ser humillada, callarse y escuchar”, dijo la semana pasada.
Pues hay noticias para los señores Trump y Bannon: No nos vamos a callar.
Periodista y analista internacional.
Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de febrero de 2017, 1:49 p. m. with the headline "¡Cállate y escucha!."