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Opinión

La urgencia de una reforma migratoria

Estudiantes de la Universidad Internacional de la Florida protestan contra la orden ejecutiva del presidente Donald Trump sobre inmigración el 1 de febrero. El cartel en primer plano dice: “No oprimirás al extranjero. Éxodo 23:9”. Y el segundo cartel dice: “Respeta la existencia o espera resistencia”.
Estudiantes de la Universidad Internacional de la Florida protestan contra la orden ejecutiva del presidente Donald Trump sobre inmigración el 1 de febrero. El cartel en primer plano dice: “No oprimirás al extranjero. Éxodo 23:9”. Y el segundo cartel dice: “Respeta la existencia o espera resistencia”. AP

Vivimos en una época en que las instituciones y las personas que las representan (es decir, el sistema) han perdido credibilidad. Ocurre en el mundo académico y en el de los negocios, en la prensa y en la Iglesia. Y esto explica, en gran medida, la explosión populista en el mundo occidental. El populismo de izquierda culpa a “las elites económicas” y el populismo de derecha a las elites culturales e intelectuales. Una reacción contra la globalización y el multiculturalismo permitió a Donald Trump, magnate de los bienes raíces y estrella de un reality show, dirigir una insurgencia populista contra un establishment político que para muchos había perdido el contacto con la realidad y era demasiado condescendiente con esas elites.

En el Wall Street Journal, comentando sobre el impacto que la presidencia de Trump ya ha tenido en Washington –bienvenido para algunos y perturbador para otros–, Peggy Noonan observó: “Las opiniones políticas de todo el mundo ahora son emociones, y todo el mundo ahora lleva sus emociones en la cara” (Wall Street Journal, 2/3/17). Esto se hizo evidente en las numerosas protestas contra las órdenes ejecutivas del presidente Trump sobre los refugiados y la entrada al país. La orden original suspende el programa de refugiados por 120 días, reduce la cantidad de refugiados que se admitirán de 110,000 a 50,000, y suspende el reasentamiento de refugiados de Siria, Irak, Irán y otros estados fallidos en la región.

Las órdenes ejecutivas provocaron fuertes reacciones y temores. En el condado Miami-Dade, el 1 de febrero, a raíz de las órdenes ejecutivas del Presidente y el intento del alcalde del condado de evitar que lo señalaran por haber apoyado a una “ciudad santuario”, casi hubo un pánico al extenderse los rumores (infundados) de redadas de inmigración contra inmigrantes indocumentados en el condado. Las escuelas públicas informaron un aumento del ausentismo, ya que los padres temen enviar sus hijos a la escuela.

Las órdenes ejecutivas dieron lugar a desafíos en los tribunales, protestas en las calles y fuertes críticas de líderes religiosos, entre ellos portavoces de los obispos católicos de Estados Unidos, Catholic Charities y otras agencias. Y, como observó Peggy Noonan, “No hubo un republicano en Washington –uno solo–, en el Capitolio o en la estructura del partido, que en privado no dijo que la orden era un desastre”.

Pero en última instancia la culpa es del Congreso por no haber arreglado por la vía legislativa un sistema de inmigración anticuado e inadecuado, y por lo tanto fallido. El Congreso tiene desde hace más de 15 años la tarea de llevar a cabo reforma de inmigración integral, y no la ha hecho. El sistema no funciona. No resuelve adecuadamente la necesidad de que haya flujos de mano de obra confiables, por eso es que tenemos a 11 millones de indocumentados en el país (que no están durmiendo bajo puentes sino trabajando, aunque sea en la economía informal). Al mismo tiempo, el proceso de solicitar asilo está muy debilitado por la acumulación de casos y la falta de recursos. Aunque algunos dicen que no se debe premiar a “violadores de la ley”, la mayoría de los que viven en Estados Unidos sin documentos apropiados no le hacen daño a nadie, sino que trabajan duro para dar oportunidades a sus familias. Una vía a la residencia legal y a la posible ciudadanía estadounidense para esas personas permitiría a ICE (Inmigración y Control de Aduanas) dedicar recursos para arrestar a las “manzanas podridas” –delincuentes violentos y terroristas– en vez de perseguir a niñeras y empleados de restaurantes.

El gobierno sostiene que quiere implementar una revisión extrema para proteger a la población norteamericana. Vamos a alentarlo para que implemente las “revisiones extremas” que considere necesarias. Pero la revisión no debe dar espacio a la intolerancia xenofóbica ni al nativismo. Y el proceso tampoco debe tardar mucho, porque hay muchas vidas en peligro. Nuestro programa de reasentamiento de refugiados, desde hace tiempo un ejemplo de cooperación entre el gobierno y organizaciones religiosas, es un programa salvador para las personas más vulnerables del mundo.

Al mismo tiempo, el Congreso es el responsable de nuestro fallido sistema de inmigración y solo el Congreso lo puede arreglar. Se puede empezar por revivir la Ley Dream, que daría una vía a la ciudadanía a los que fueron traídos cuando eran niños. Esos “soñadores” están protegidos por DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), una acción temporal del presidente Obama cuando el Congreso no aprobó la Ley Dream. El presidente Trump ha dicho que los “soñadores” no tienen que temer: el Congreso debe tomarle la palabra y extender DACA inmediatamente con la Ley BRIDGE, mientras trabaja para llegar a una solución bipartidista, permanente e integral, a nuestro fallido sistema de inmigración.

Arzobispo de Miami.

information@theadom.org

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de febrero de 2017, 2:27 p. m. with the headline "La urgencia de una reforma migratoria."

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