De la libertad a la difamación
“La palabra no es para encubrir la verdad sino para decirla”.
José Martí
La jornada electoral estadounidense ha tenido un impacto sorprendente y se inscribe en su historia como insólita y con hondas repercusiones que lesionan el imperio de las normas elementales de cortesía y del buen decir. Me refiero a los persistentes ataques que viene recibiendo el presidente Donald Trump, cuando todavía no se tiene un expediente susceptible de evaluarse a la luz del éxito o el fracaso.
Lo que más llama la atención es el lenguaje que se viene utilizando para con dicho máximo representante del pueblo de EEUU, quien fue producto del ejercicio de un proceso electoral bien definido en la Constitución de este país y por el cual hay que estar y pasar, porque refleja el sistema democrático que ha regido desde que los Padres Fundadores adoptaron tal sistema, garante, en esencia, de las libertades del ciudadano, especialmente, el derecho de libre expresión, establecido en la Primera Enmienda.
Pero una cosa es que se garantice ese derecho en función de la libertad y otra es utilizarlo para incurrir en la difamación, según la cual el que impute a otro una conducta, un hecho o una característica contrarios al honor, que puedan dañar su reputación social, rebajarlo en la opinión pública o exponerlo a perder la confianza requerida para el desempeño de un cargo o función social. Por ejemplo, alguien que escriba que nuestro presidente es una persona inepta, mezquina y cruel o que nuestro presidente es el nuevo matón de la Casa Blanca, constituye una difamación, porque esas expresiones deben ser respaldadas por los hechos. Matón significa que alguien practica el homicidio o que ha cumplido sanción penal por ello.
Vivir en democracia es un privilegio como conocemos los que salimos de un país totalitario y arribar a esta bella nación forjada en los principios que constituye un modelo desde que en 1776 se enarbolaron tales principios en su Declaración de Independencia y más tarde recogidos en la prementada Primera Enmienda, los cuales no pueden ser tergiversados y convertirlos en una pancarta para que se escriban consignas inapropiadas y extemporáneas contra el nuevo presidente, quien obtuvo su victoria contra todos los vaticinios y encuestas que no reflejaron la realidad, es decir, todo un surtido de criterios equivocados y que al llegar al ejercicio del cargo continúa encontrando el vapuleo de consignas y diatribas, como las expuestas más arriba.
Obsérvese que el Presidente en su discurso de toma de posesión supo dejar sentado el motivo que lo lleva al ejercicio del cargo, esto es, devolverle al pueblo norteamericano ese ejercicio, como si quisiera rescatar la consigna de Lincoln en su discurso de Gettysburg: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, en correspondencia con el concepto de que la democracia es esencialmente un medio, un expediente utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual, de lo que se sigue es que no se debe reconocer la libertad para atentar contra la libertad, porque se cae en la esfera del daño socioeconómico como fueron los resultados de una de las marchas recientes en Washington y en California.
La doctrina sobre la libertad es clara cuando afirma los elementales derechos del ciudadano, y de ahí que hayan surgido, a través de la historia, documentos que definen tales derechos, entre ellos, los derechos individuales, porque la historia del hombre como sujeto de Derecho es la historia de la libertad del hombre, la que no puede ejercerse para el vilipendio y las ofensas, sino para expresar los hechos que limiten esos derechos u otras conductas de los funcionarios públicos que atenten contra la estabilidad, la paz o provoquen circunstancias adversas al curso normal y creativo de la sociedad. Y para esos menesteres la prensa no debe olvidar la regla de oro que postulara el exdirector de ese diario, Carlos M. Castañeda, según la cual “ser periodista exige honestidad profesional. Hay que empezar por despojarse de prejuicios personales o ideológicos. Despojarse de ideas preconcebidas. Oír y pensar en lo que dicen las partes. Hacer un esfuerzo por comprender hechos y opiniones dentro del contexto impuesto por el espacio y tiempo histórico en que se mueven los protagonistas y se producen los hechos”.
Abogado cubano. Reside en Miami.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de febrero de 2017, 6:57 p. m. with the headline "De la libertad a la difamación."