Opinión

El origen de las tribulaciones del mundo

Los actuales males del mundo: terrorismo, despotismos, crimen internacional organizado, grandes oleadas migratorias, los peligros de un enfrentamiento nuclear o de un colapso medioambiental y la diferencia cada vez más abismal entre lo que percibe una exigua minoría y lo que gana la inmensa mayoría de la población mundial, forman el escenario de una gran tragedia planetaria.

¿Qué es lo que ha provocado todo esto? Algunos atribuyen el origen de los males al desarrollo tecnológico. Se dice que mueren por accidentes vehiculares más personas que el número de víctimas de cualquier guerra de la historia humana, a pesar de que ésta se puede contar mediante una interminable y perpetua sucesión de guerras cada vez más mortíferas en la medida en que se desarrolla esa tecnología. En 1945 el mundo conoció la capacidad de exterminio masivo de una nueva invención: la bomba atómica. Por entonces sólo un país contaba con este armamento. Hoy diez países poseen alrededor de 15,815 ojivas nucleares –además de otros doce en condiciones de desarrollar bombas atómicas–, de modo que si en una guerra estallaran todas las armas nucleares del planeta, probablemente no quedarían sobrevivientes sobre la faz de la Tierra. Hoy puede asegurarse con certeza, a pesar de que algunos siguen negándolo tozudamente, la responsabilidad del ser humano en el cambio climático, que podría dentro de algunas décadas hundir en el mar a grandes extensiones de superficie terrestre con numerosas ciudades y puertos importantes. Junto a todo esto, el descomunal poder económico del 1 por ciento de la población en contraste con el 99 restante viviendo en la miseria o con precariedades.

Pero todas estas tragedias son sólo las modalidades extremas que han tomado hoy los problemas milenarios de un mundo conflictivo plagado de guerras, opresión, despojos, éxodos, epidemias y hambrunas. De modo que puede afirmarse que la raíz de los problemas estaban ya latentes desde hace miles de años. Lo que ha hecho la tecnología es elevar el peligro de destrucción masiva a un nivel sin precedentes. Esto traslada el tema hacia un ámbito ético y religioso: al carácter naturalmente perverso del ser humano, o a la herencia, desde los orígenes del mundo, de un supuesto pecado original que ha mantenido al ser humano permanentemente en la miseria, la opresión, el crimen, las enfermedades y las guerras.

Pero actualmente comienza a conocerse, gracias a descubrimientos arqueológicos de las últimas décadas –como los de la lituana María Gimbutas y el griego Nicolás Platón–, que el mundo no siempre fue así, que hubo una época remota en que existían ya civilizaciones sin guerras, sin crímenes, sin miseria, sin opresión, incluso donde las enfermedades eran casos muy raros. Se trata de una era prehistórica que hemos conocido como matriarcado. ¿Qué se tenía entonces que ahora no tenemos? Pues una concepción del mundo y la vida muy diferente al nuestro. Se vivía mucho más cerca de la naturaleza, adorando a una diosa que había parido todo lo existente: cielos, mares y tierra, incluso a la humanidad misma, por lo cual todos nos considerábamos hermanos, donde el amor universal era un mandato divino. Y a pesar de que las mujeres tenían privilegios de los que carecían los hombres como el sacerdocio y la administración de las haciendas, todos disfrutaban por igual de los mismos bienes. Se disfrutaba un paraíso terrenal, o como lo diría una antigua leyenda griega, poseíamos una supuesta caja con todos los bienes y males del mundo. Esa “caja” era el alma humana, regida por el amor hacia todo lo viviente del universo.

¿Cómo terminó aquella sociedad? Aunque poco se sabe, es muy probable que se produjera a través de un antagonismo surgido de la primera división natural del trabajo: los cazadores terminaron imponiéndose a las agricultoras, y en consecuencia, un paradigma civilizatorio de muerte y depredación se impuso al paradigma de amor y vida existente hasta entonces. Así, la suprema madre de la paz y el amor fue sustituida por un dios padre guerrero, temible y vengativo, ya se llamara Zeus, Odín o Jehová, y en general, ese paradigma, una programación mental en los orígenes de la civilización patriarcal, se impuso como una maldición o pecado original, de una generación a otra.

El ser humano no es, pues, depravado por naturaleza, ni la tecnología, mala por sí misma. Lo que necesitamos es una reprogamación de la conciencia humana.

Escritor e historiador.

concordiaencuba@outlook.com

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