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Opinión

Whitehousegate o El dueño de las mordazas

Hace algunas semanas el Nuevo Herald publicó en la sección Perspectiva una columna que titulé “Para Israel (y Trump) da lo mismo”. En el cierre incluí un párrafo que ahora transcribo:

“Insiste este columnista con lo que ya escribió el día 11 de noviembre pasado en este medio. Tan torpe será el planeamiento y ejecución de la política exterior que juega Trump (ya lo viene haciendo a minutos de jurar sobre una biblia) que atraerá sobre su país riesgos ciertos de inseguridad. Al punto, vale repetirlo, que se verá obligado (por los propios republicanos, además de los demócratas) a renunciar, a lo Nixon. Y esto podría ocurrir antes del próximo verano”.

Un comentario apareció al pie de mi nota. El de un lector que escribió: “Puedes hacer comentarios, pero en Argentina y de los argentinos. Acá sobras”. Al identificarme el Nuevo Herald como Columnista argentino posibilitó que ese lector hiciera la “recomendación”. Es probable que ese señor no tenga conciencia alguna de que el presidente de los Estados Unidos, lo es de la más poderosa nación en lo político, en lo económico y en lo militar. De una nación que –como ninguna otra en el planeta– posee más de 800 bases distribuidas en muchísimos países. Esa Nación que muchas veces ha intervenido –casi una marca de identidad de su política exterior– en los asuntos de otras naciones con la “diplomacia” de la metralla, de la invasión, de la ocupación. De una nación cuyo presidente acaba de manifestarse señalando que está relegada de armamento nuclear respecto a Rusia y que por ello pretende –lo anuncia decidido y con autosatisfacción– que ganará esa carrera porque planea tener más armas nucleares. Más que las que posee Rusia. Aunque a la vez, en una de sus típicas incoherencias, dijo que le encantaría un mundo sin esas armas.

Tan pragmático se muestra y tan brutal en sus aseveraciones que no le resulta difícil decir, por ejemplo: “¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra, algo?” Y proponer un nuevo paradigma (Gandhi y seguidores, abstenerse): “Creo en la paz a través de la fuerza”. No es extraño que tenga tanta empatía con los devotos de la Asociación del Rifle.

¿Sabe o tiene alguna idea Trump de que ningún enfrentamiento nuclear podría detenerse si alguno de los poseedores de esa porción del infierno diera el primer paso?

“El infierno tan temido”

“Una guerra nuclear general se originará automáticamente. Nada ni nadie podrá detenerla. Ni en medio del incendio y el invierno nuclear. La población se dispersará horrorizada y los sistemas gubernamentales colapsarán junto con los elementales servicios públicos, no se podrá hacer nada" (al decir de Carl Sagan, coautor del libro El frío y las tinieblas con científicos de todo el mundo, editado hace casi tres décadas). Se impone, hoy más que nunca, el necesario y tan postergado desarme nuclear. En esa dirección hace falta que se “dispare” el misil Gandhi con su carga enorme de humanismo y ejemplo de vida, al servicio de la convivencia en la paz. Su legado a casi siete décadas de su asesinato (el 30 de enero de 1948) no sólo es patrimonio de India sino de toda la humanidad que lo reconoce y lo honra, admirada por la fuerza de sus convicciones y por sus vivencias auténticas”. (De la columna que escribí en este medio bajo el título “El misil de Gandhi” (2 de febrero de 2015).

¡Tanto habla Trump! Tanto genera en precipitada gestión de gobierno “muy ejecutivo”, que no mira si puede tropezar. En todo caso salta los escollos y sigue su desenfrenada marcha multidireccional: el muro para impedir el acceso a los mexicanos; las deportaciones; las listas de inmigrantes aceptables; las medidas de Obama que quiere anular; el FBI; los elegidos y reprobados para la seguridad de USA; la carrera nuclear que quiere ganarle a Putin.

Lo más riesgoso

Para su gestión presidencial de aquí en más, hallará un vacío. Ha producido el desmoronamiento grotesco del derecho a la libertad de expresión, nada menos que consagrado en el portal de las enmiendas constitucionales, la primera de todas. Su pública reprobación a la prensa, su insólita mordaza a The New York Times, Político, la BBC, Los Ángeles Times y a la cadena CNN, entre otros, al estilo de los gobernantes de las dictaduras de cualquier pelaje. Podría ser su camino a la perdición. La Casa Blanca debería enrojecerse de vergüenza o ennegrecerse totalmente (o en forma alternada) para mostrar al mundo que en su interior se aposentó una programada irracionalidad política, lindante con un vendaval multidireccional de graves determinaciones. Su emblema de campaña puede trocar de “Make America Great Again”, a “Make America Insecure Again”. No están tan lejos el 11S: las torres de Manhattan, lo del Pentágono y lo de Pensilvania, no del todo explicado ni resuelto.

Nadie podrá suponer que Trump, ese Trump de la Casa Blanca, pueda interesar solamente a los de su país, Estados Unidos. La sola determinación de encarar resueltamente un crecimiento del armamentismo nuclear en claro desafío a quien posee, según él, más cabezas nucleares (Rusia) es, ahora mismo, una amenaza a quienes vivimos en Argentina, México, Italia, Estados Unidos, Israel, Malasia, Rusia o Sudáfrica... Razón más que suficiente como para que suscriba esta columna desde mi país, Argentina, víctima potencial como muchos otros, en el caso de una guerra nuclear.

Columnista argentino (Y ciudadano del mundo.)

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de marzo de 2017, 8:09 a. m. with the headline "Whitehousegate o El dueño de las mordazas."

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