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Opinión

Es hora de quitarse los guantes

Detrás de una fila de policías con equipos antimotines, un hombre muestra su apoyo al presidente Donald Trump en una concentración en Olympia, en el estado de Washington, el 4 de marzo.
Detrás de una fila de policías con equipos antimotines, un hombre muestra su apoyo al presidente Donald Trump en una concentración en Olympia, en el estado de Washington, el 4 de marzo. Getty Images

La libertad nunca está más allá de una generación de su propia extinción. No la pasamos a nuestros hijos en la sangre. Debemos pelear por ella, protegerla y entregársela para que ellos hagan lo mismo.

Ronald Reagan

Comencemos por definir los términos. La izquierda se autodenominó “liberales” en este lado del Atlántico por muchos años hasta que, en la década de 1980, el liderazgo de Ronald Reagan ridiculizó el término. Fue entonces que la izquierda recurrió a otro término, “progressive”, que data del primer cuarto del siglo XX para identificarse. ¿Han notado los lectores que ningún izquierdista hoy se autodenomina “liberal”?

Yo no he sido, ni soy, fanático de Donald Trump y así lo expresé en estas columnas en la campaña presidencial, pero sí soy conservador y consideré a Trump la mejor alternativa el pasado 8 de noviembre. Y todavía pienso así. También creo que el mayor problema que confronta el país es la polarización política que se ha creado (por ambas partes) y la intolerancia de los opositores de la actual administración. Una intolerancia que yo nunca había experimentado en Estados Unidos.

La izquierda y la prensa (y valga la redundancia) han cerrado filas contra la derecha y la administración Trump y es solo cuestión de un breve tiempo que los que hoy sufren esa intolerancia se rebelen ante la falta de principios que esa intolerancia conlleva. Sería preferible, pero altamente improbable, que la izquierda se avergüence de sí misma. Por lo tanto, ¿qué debiera hacer la derecha?... resistir.

La resistencia comienza con el deseo de confrontar al adversario cara a cara. Esta es la actitud que caracterizó a la campaña de Donald Trump desde el principio. A diferencia de los liberales, los conservadores se autorrestringen, por temperamento y por preceptos, de participar en política como si fuera una forma de guerra aun cuando sus oponentes no vacilan en hacerlo. La renuencia a “ir por la yugular” y la posibilidad de la derrota pueden resultar en una profecía de autocumplimiento. Si estás renuente a pelear vas a ir directamente a la derrota cuando el otro lado es implacable y te desprecia. Son solamente los que persisten en la batalla y nunca se rinden los que pueden cambiar el resultado.

Antes de la entrada de Trump en las primarias presidenciales, no había un solo aspirante republicano que hubiera llamado a Hillary “deshonesta” y “mentirosa” (aunque ella es las dos cosas) en su propia cara. Antes de la entrada de Trump, ningún aspirante republicano se habría atrevido a ser tan políticamente incorrecto. Durante la campaña, los liberales – siempre listos para defenestrar un oponente– mostraron cuán crueles pueden ser cuando las apuestas son bien altas. Los atacantes liberales no eran meramente operativos del Partido Demócrata que han hecho un arte de la política de destrucción personal. Comparaciones ridículas a Hitler y Mussolini y conexiones fabricadas al Ku Klux Klan eran parte de la cuota diaria del mainstream press. Editores liberales sin principios se hicieron eco de historias que nunca probaron sobre mujeres que acusaban al candidato republicano de serias irrespetuosidades 10 o 20 años atrás. En otro contexto, esos mismos editores habrían sido despedidos de sus organizaciones por violación de conceptos periodísticos fundamentales.

Atacar a los demócratas cuando la prensa los presenta como los campeones de las minorías, las mujeres y los pobres no es para los débiles de corazón. Si te atacan como racista o te llaman obstruccionista y no estás preparado para rechazar esos cargos en sus caras, ya estás perdiendo la batalla. Si la primera respuesta es defenderte denegando el cargo, estás perdiendo la batalla. Para poder aspirar a ganar la batalla la primera acción debe ser atacar al adversario en forma igualmente fuerte.

El ex-campeón de boxeo Mike Tyson, en su cruda filosofía, observó: “Todo el mundo tiene un plan de pelea, hasta que reciben el primer puñetazo en la boca”. Para emparejar las batallas políticas que llevan perdiendo durante años, los conservadores deben emplear, sin violencia, la versión verbal del primer puñetazo en la boca.

Es hora de quitarse los guantes.

AGonzalez03@live.com

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de marzo de 2017, 7:58 p. m. with the headline "Es hora de quitarse los guantes."

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