Contra la putrefacción
La gangrena de la corrupción es alarmante porque impide tomar las decisiones correctas; desvía recursos destinados al bien público y erosiona la confianza de los ciudadanos en las autoridades y en las instituciones
“La corrupción es la gangrena de un pueblo”, dijo el Papa Francisco en 2015, durante una visita a Paraguay y dos años antes, el novelista Mario Vargas Llosa había utilizado la misma analogía pero agregándole localización geográfica, “La corrupción es una gangrena en Latinoamérica”.
Yo no sé si ya entonces Vargas Llosa se había enterado del escándalo Petrobras-Odebrecht en Brasil o si simplemente acudía a la experiencia histórica para documentar su pesimismo. El caso es que seis meses antes del discurso de Vargas Llosa en 2013, la policía brasileña había descubierto una operación de lavado de dinero en Curitiba, que en un principio daba la impresión de que no trascendería el nivel nacional.
La investigación policiaca reveló que el beneficiario de la operación de lavado de dinero era la poderosa empresa petrolera Petrobras, la mayor empresa de Brasil y la mayor empresa estatal de América Latina. Y el propósito de la operación era ocultar el dinero que ilegalmente recibía como soborno de las empresas de construcción e ingeniería que firmaban contratos con ella. Generalmente el soborno era un 3% del presupuesto de la obra y el botín, una vez blanqueado, se repartía entre los políticos y empresarios que participaban en el fraude. La policía investiga la posible colusión de cuatro ex presidentes de Brasil: Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inácio Lula da Silva, Fernando Collor de Melo y Dilma Rousseff.
La investigación rebasó el entorno brasileño cuando se descubrió que el magnate brasileño de la construcción Marcelo Odebrecht había pagado más de 30 millones de dólares a la petrolera a cambio de contratos de construcción, y que esta no era la única operación fraudulenta de su constructora porque su ámbito de operaciones era continental. Siguiendo el mismo esquema utilizado en Petrobras, la empresa de Odebrecht corrompía a funcionarios de nueve países latinoamericanos para obtener concesiones de obras multimillonarias. El negocio era redondo para los sinvergüenzas pues el dinero empleado para pagar el soborno se añadía al costo de la construcción, y así los corruptos salían siempre ganando mientras que los ciudadanos contribuyentes en cada uno de estos países salían perdiendo.
Al igual que sucedió en el caso de corrupción de la FIFA, el Departamento de Justicia estadounidense se involucró en el caso Odebrecht al descubrir que algunos de los empleados de la firma habían realizado sus operaciones fraudulentas en territorio estadounidense y en su investigación descubrió pagos de Odebrecht por 439 millones de dólares, obteniendo un beneficio de más de 1,400 millones.
En Colombia se presume que repartió alrededor de once millones de dólares durante los gobiernos de Alvaro Uribe y Juan Manuel Santos que podrían haberle generado ganancias por 50 millones, aunque la investigación en ese país sigue su curso. En Panamá habrá que esperar hasta finales de marzo para saber el verdadero alcance de las operaciones corruptas de Odebrecht y sus socios aunque se habla de unos 22 millones de dólares transferidos a cuentas de banco personales. En México la cifra de los sobornos ronda los 10 millones, que podrían haber generado ganancias por 39 millones durante el gobierno de Felipe Calderón. También siguen pendientes las investigaciones de la Operación en Argentina, Perú, República Dominicana, Ecuador, Guatemala y la joya de la corona: Venezuela, considerado hoy el país más corrupto del hemisferio por Transparencia Internacional.
La gangrena de la corrupción es alarmante porque impide tomar las decisiones correctas; desvía recursos destinados al bien público y erosiona la confianza en las autoridades y en las instituciones. Y la única forma de combatirla es fortaleciendo a la prensa libre y responsable para que vigile y exija transparencia gubernamental en el manejo de los fondos públicos; demandando la rendición de cuentas de los servidores públicos y el respeto a estrictos códigos de conducta. Modestas exigencias cívicas que, sin embargo, solo se dan en pueblos con altos niveles educativos donde existe la confianza social, se respeta la igualdad de género, se ensalza la ética de trabajo y el apego al estado de derecho. Son países donde la honradez es una virtud cotidiana. ¿Podremos aspirar a esto algún día en América Latina?
Periodista de Los Angeles. Escribe sobre temas políticos en varios periódicos en las Américas. Síguelo en Medium.com/@MunozBata
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de marzo de 2017, 5:26 a. m. with the headline "Contra la putrefacción."