Jesús martirizado
Este primer plano del Cristo del Retablo de la Crucifixión (1512 – 1516), de Matthias Grünewald, atrae miles de visitantes anualmente al Museo de Unterlinden, Francia. Si sabes algo de arte, quizás me digas que se trata de una de las piezas clave del más temprano arte impresionista. No te lo niego, pero hay mucho más.
Grünewald, si en algo no se equivocó en su vida, fue acerca de la gravedad y hondura del martirio de Jesús. Toda la pobreza, el desamparo y el pecado humano se asoman dramáticamente al rostro desfigurado de este Cristo. He querido traerlo ante ti este Viernes Mayor del 2017 para contrarrestar –si fuera posible– tanta predicación imperdonablemente desabrida e insustancial acerca del evento central de nuestra redención.
Al comenzar los Oficios de Viernes Santo los sacerdotes nos postramos rostro en tierra cuando largo somos ante el altar. Pero no estoy seguro de que se conmueva o estremezca nuestro corazón, ¡y no debiéramos atrevernos a predicar de Jesús Crucificado sin estremecernos! “El ciertamente cargó con nuestros dolores; fue herido por Dios debido a nuestras transgresiones y molido por nuestras iniquidades” (Isaías 53, 4 – 5).
Demasiados predicadores hoy rehuimos enfrentar el hecho de que nuestras transgresiones propias y ajenas continúan hiriendo el corazón de Cristo, abofeteando su rostro en los indefensos y traicionándole con nuestra impenitencia. ¿Impenitencia? Sí. Lo de que debemos “ser santos, porque nuestro Dios es Santo” (1 Pe 1, 16), sigue en pie, pero nosotros aducimos que Él ha muerto para salvarnos para seguir contemporizando y coqueteando con pecados propios y ajenos.
Pocos ignoran hoy la efectividad con que el presidente Trump viene denunciando conspiraciones mediáticas montadas a base de “fake news”, “noticias fatulas”. Cierto o falso, el mensaje va calando. Les comparto que no hace mucho descubrí a Paul Washer, un carismático predicador bautista de marcada impronta puritana. Pensamos diferente, pero le doy la razón cuando insiste en que cuando optamos por trivializar la santidad de Dios y la gravedad de tantos pecados, el resultado es un evangelio falso y descolorido que no convence a nadie, que socaba la integridad misma de la Iglesia de Cristo.
Jamás en la historia de este, ni de todos los universos posibles acontecerá algo más horrible que lo de aquel Viernes cuando nuestro Divino Maestro sucumbió bajo el peso de la podrida inmensidad de nuestro pecado. Jesús no cargó con nuestros pecados como se carga son un saco de papas, sino que “se hizo pecado” (2, Cor 5, 21), se dejó calar todo Él por nuestros crímenes. Washer denuncia continuamente que no podemos seguir clamando que hemos sido salvados por El, “sin aborrecer el pecado que Él aborrece y abrazar la rectitud que Él ama”.
No sólo me agrada su palabra incisiva, me agrada además su unción. No debemos tomar el nombre de Jesús en los labios sin que le acompañe nuestro corazón. Demasiado sé que no podemos emocionarnos siempre que predicamos, pero a quien predica no debe faltarle unción. El Evangelio en una Persona: Jesús. Sin amarle apasionadamente no podemos seguirlo ni imitarlo o predicar su nombre.
A la Capilla del Monasterio de Isemheim acudían multitud de enfermos impactados por virulentas plagas. La carne supurante, martirizada de su Cristo Crucificado debió predicarles admirablemente solidaridad, compasión, empatía. No sé por qué su rostro se me parece al de tanta gente enferma sin seguro de salud… Al de tanto maltrecho migrante que queremos echar porque dizque “atentan” contra nuestro próspero confort.
“Seamos amigos de la Cruz –predicaba padre Pío de Pietrelcina– no huyamos de ella, huiríamos de Jesús mismo ¡y nunca encontraríamos la felicidad!” Dado que él lo vivía, podía predicarlo. Yo solamente se los deseo, y me lo deseo. No hay otro modo de predicar limpiamente “a Jesús Crucificado” (1 Cor 1, 24).
Sacerdote jesuita
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de abril de 2017, 6:58 p. m. with the headline "Jesús martirizado."